Recordar encuentros con figuras memorables, para luego escribirlos, me sitúa en una especie de viaje apreciativo de mi propia vida, donde entrego el control a algo mayor que va guiando las memorias, formando un camino de relaciones que trascienden lo grande y lo pequeño, para destilar belleza esencial. La poesía es el alimento de la curaduría. Un ejercicio curatorial orgánico, de esencia sincera y alma vibrante, comienza en ese lugar. Así como en un salto al gran vacío de sí mismo, que nos lleva al mundo imaginal del que Henry Corbin habla, donde pasado, presente y futuro se unen. Desde aquí, la historia es un guía interno que organiza y divulga.
Las memorias atracan mi paisaje y ahora recuerdo la primera vez que vi a Amable López, figura imprescindible de la mitología del mundo del arte en el Caribe. Fue en la zona colonial, por supuesto, durante una de mis muchas visitas a Santo Domingo, cuando aún vivía entre Miami y Puerto Rico, hace más de 15 años. Amable llegaba al legendario café, el Palacio de la Esquizofrenia, donde yo me encontraba con Glaem Parls, poeta de la línea de la antipoesía de Nicanor Parra, quien me lo presentó. Fue ahí que inició el primer encuentro. Comencé a entender la maestría del espacio intermedio, que con misterio y soltura intelectual, como curador, habitaba Amable, desde Santo Domingo.
Hoy en día, habitando, sintiendo y reflexionando sobre mi propia práctica curatorial, y su llegada intrínseca casi 20 años atrás, tras un contundente llamado interno, desde el otro hemisferio, cerebral y geopolítico, diferente al que estaba habitando jurídicamente, redirigir estudios para conectar oralidades en un paradigma de acogida para ambos hemisferios… siguiendo el olor del formol de la morgue donde investigaba los cadáveres para entender el cuerpo del delito desde los rastros dentales, creando desde mi mundo imaginal, de nuevo, la mitología propia que me llevaría de la odontología expresada en la investigación en cirugía maxilofacial en New York Presbyterian Hospital de Cornell al estudio académico de la historia, la cultura visual, la política… en la Universidad de Miami, para dejarme atracar, sin defensa, por la maestra, poesía y trabajar con ella, desde la curaduría.
Parecerían varias vidas en una. Pero, todo esto para decir que cuando yo nací, Amable López ya estaba curando. Todo mi respeto y admiración por la vida vivida a conciencia y el empeño en su trayectoria.Me gusta entrar y entender en el mundo de quienes honran el valor de la poesía, se nutren de ella y la emanan en su oficio y en su vivir. Curadores en el Caribe, que trabajan, viven bajo su sol, miran de frente o de espaldas su mar, beben su lluvia mientras crean, gestan y articulan desde allí. Amable López fue poeta antes que curador. La poesía fue su raíz. Desde la década de 1970, en pleno Balaguerato, en un Santo Domingo extremadamente politizado. Polarizado entre izquierda y derecha. «Todos ocupábamos nuestra casilla política en uno de los extremos», me cuenta Amable. Él pasó fugazmente por los pasillos de humanidades, en la facultad de antropología de la UASD (Universidad Autónoma de Santo Domingo), pues al notar que todos sus amigos de los grupos de poesía, que formaban aquella «intelligentsia» de la que era parte, eran los profesores, decidió retirarse y entonces entró en la sala de redacción del Nuevo Diario. Escribió en el suplemento de sábado, donde también escribían la escritora Chiqui Vicioso, Mario Ledesma y Miguel D. Mena, entre otros. Ese fue su inicio en publicaciones de arte.
La columna en el periódico fue su escuela de organización y disciplina como escritor, en adición a nutrirse de sus lecturas de Clement Greenberg sobre las vanguardias. «Fui muy influenciado por sus textos», me reiteraba él mismo durante nuestra conversación. Posteriormente, Amable continuó escribiendo en medios como Listín Diario, Última Hora, Isla Abierta, Areíto. «Sin embargo, siempre dudaba de mí mismo», me confesaba al mismo tiempo que resaltaba la importancia que tuvo para él tener figuras como Danilo de los Santos y Manuel Rueda como consultores cercanos. Ellos fueron pilares de apoyo y sustento en el camino del curador. Además del sociólogo Tony de Moya, quien se convirtió en su mecenas desde el inicio de su carrera. Así, un curador entre mundos, multidisciplinario, de esos que veo en mi mundo interno y que me gusta encontrar como espejo. Durante mis años viviendo el Santo Domingo, también me nutrí de los cafés que tomé con Tony de Moya, a quien admiraba, respetaba y escuchaba mucho… Mis conversaciones con él sobre sociedad, arte, salud mental y diversidad en la isla me dieron una visión más cercana y aguda desde la voz experta de un sociólogo como Tony. Fuerzas en acción y una visión de pilar, mentoría y cuidado. Maravilloso recordar a este hombre en relación a este curador maravilla y su camino.
Pensando en la fuerza que traen los mentores en nuestros caminos de vida, Amable y yo continuamos hablando de esas fuerzas encarnadas que insinúan, crean y posibilitan nuevas realidades. El coleccionista Frank Marino Hernández fue otra figura determinante en el camino de Amable. «Él me enseñó a ser curador. Yo curé su propia colección de arte religioso y así me convertí en curador».
Soy estudiosa y me gusta escuchar a curadores experimentados reconociendo su origen y agradeciendo a las figuras fundamentales en su vida y su formación. Con Hernández, Amable se abrió al mundo, exploró casas de subasta internacionales, de la mano del agente más visionario y cosmopolita que tenía la República Dominicana en la época. «Cuando poníamos crédito del curador en algún proyecto, lo borraban porque no sabían lo que era eso», Amable me contaba.
López también pasó por la Universidad Católica, donde se especializó en estudios de Historia y Geografía del Caribe. Es a partir de esta realidad, la historia específica que Amable López comparte conmigo, que se me hace más evidente la importancia de los intersticios que los curadores habitamos y de los que nos llenamos, para crear nuevas maneras de ejercer el oficio, que es ya un oficio antiguo, no obstante profesionalizado hace, relativamente, poco tiempo. La imagen que construyo en ese espacio propio es una especie de descendencia de Hermes, apelando a la mitología griega, donde los curadores son hijos de los símbolos, de su interpretación, buscando un sentido profundo y oculto, para encontrar la maestría de la creación de un mensaje, una posición y su consecuente comunicación. Ahora, desde la mitología taína podría vincularse a la labor del Behique, chamán traductor de los mensajes de los dioses para los humanos.
Entender lo que es la experiencia de ser curador, desde el Caribe, necesita de muchas lupas, tantas como las formas, dialectos y palabras que existen en este territorio. Mi acercamiento, reflexionando con Amable, me lleva a un ejercicio profundo, fascinante y provocador que abre más cuestionamientos y posibilidades.
Ante la pregunta: ¿Qué es el Caribe? Amable responde:
«Pienso que los caribeños tienen sus propias ideas que surgen de su propia experiencia. Y ¿cómo es su experiencia, entonces? Es una cultura polisintetizante aglutinante», me responde para continuar elaborando: «es decir, la mayoría de las palabras de la lengua están formadas por palabras de otras lenguas». Y ahí Amable me habla del «Guatiao» —juego taíno donde dos personas intercambian nombres, que surge desde la negación del yo. Yo soy tú, tú eres yo. Yo no soy yo—. Y es a partir de ahí que Amable sitúa su visión: «Los dominicanos nos reafirmamos en la autonegación». «El dominicano, es, entonces, un ser dual. Un universo desbocado, reafirmándose perpetuamente en la autonegación». Y nos recuerda la frase de Tony de Moya «Somos y no somos», con la que resuelve el dilema de Hamlet, desde la isla.
Para Amable, la dominicanidad es una transnacionalidad, partiendo de la premisa psico-histórica donde la transnacionalidad de la media isla se basa en la manifestación del vaivén cosmopolita, es decir, del proceso de una experiencia psíquica, que se sitúa entre la fuga y el retorno. Donde se parte de un desbordar la isla pero con la voluntad expresa y manifiesta de volver. Recordemos que, dentro de la mitología contemporánea caribeña, existe un ser que representa ese vaivén en muchas dimensiones de la existencia, ese ser es el «sankipanki», que sería un acercamiento a la versión tropical dominicana del Puer Aeternus de Carl Jung, a quien Amable denomina el último de los fugitivos.
Mientras me reitera:
«El dominicano no se va, él no es diáspora, es transnacionalidad. El discurso de la diáspora es un discurso eufemizante para hacer valer políticas transposadas y responder al colonialismo».
Y me repite de manera casi dramática:
«Nosotros no somos diáspora. Nosotros somos fuga constante, que tiene un ideal. ¿Cuál ideal? Ostentar el oro, el triunfo de ese vaivén».
Y es aquí donde yo me pregunto: ¿No sería eso la curaduría, también? Una constante fuga a nuevos territorios, para conocer, ver y volver para luego integrar lo visto, lo vivido, lo leído en un «vademécum cultural» o repertorio curatorial esencial? Podría ser…Podríamos pensar que este ejercicio antiguo, de curar, sería una suerte de acción en construcción y un movimiento constante en curiosidad, conocimiento y experimentación, cuyas praxis y teoría están mudando y transformándose desde los múltiples prismas desde los que se origina. Y es aquí que propondríamos que ser curador se aprende viviendo, entrando en fisuras y saliendo de ellas, confrontando lo oculto, lo desconocido, dándole un valor y un lugar dentro de la belleza habitada por la que vivimos y sobre la que basamos la existencia del oficio. Viviendo desde la poesía, creando complicidad con los artistas, los espacios y poniéndolo en un palco para crear una relación con un público.
Escuchando a Amable y percibiendo su historia de vida, percibimos la dimensión de su participación en el «ser curador» en la República Dominicana, su profesionalización y su actuar como agente y testigo, frente a las instituciones de la modernidad dominicana, como el Museo de Arte Moderno. Y aún trabajando desde adentro, entendiendo la anatomía, fisiología y psicología de la institucionalidad moderna dominicana, siguiendo su compromiso con el diálogo entre contemporáneos.
Mucho más por decir, sin embargo por ahora vamos a agradecer a Amable y seguir entrando en fisuras provocadas por curadores atentos a la fuerza del arte como motor de acción, actitud y reflexión.
Asociación de palabras para Amable
¿Institución? Indigencia
¿Bienal? Una etapa gloriosa en peligro
¿Caribe? Ser y no ser
¿Oficio? Consagración
¿Curar? Contextualizar en la lucidez
¿Crear? Una verdad de vida
¿Palmera? Inmoralidad de oficio
¿Vida? Milagro
¿Muerte? La nada
¿Nacimiento? Milagro
¿Poesía? Razón de ser
¿Verdad? Vida
¿Arte? Salvación
¿Mecenas? Quimera
¿República Dominicana? Una ficción
¿Reconocimiento? Sin comentario
¿Tiempo? Luz
¿Femenino? Totalidad
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