«La justicia es ciega, pero no dicen que también huele el perfume de la traición, yo lo he olido». Mario Mendoza

¿Qué infierno es este, donde el verdugo tiene rostro de juez y el silencio es la sentencia más pesada? He sido promovido… misteriosamente. Juez titular, dicen con solemnidad, como si el título lavara la culpa o hiciera justicia por sí mismo. Pero yo… yo solo he cambiado de celda. Ahora, mi cárcel tiene escritorio, tiene toga, tiene sellos dorados y expedientes con olor a miedo.

Cada caso que me entregan es una piedra más en este costal invisible que llevo en el alma. Corrupción, impunidad, muerte disfrazada de protocolo. Y yo, en el centro de esa danza fúnebre, pretendiendo ser equilibrio, cuando en realidad, soy un equilibrista al borde del abismo.

Hoy visité a la viuda, o mejor dicho a la mujer a la que se le extravió el marido. Esa que se sienta cada noche a esperar una llamada que ya nunca llegará. Le llevé palabras vacías, un consuelo tan falso como la justicia que represento. Porque la verdad, la que grita dentro de mí con uñas de fuego, esa no la puedo decir.

¿Cómo le explico que su esposo fue cazado como una presa? Que lo siguieron, que lo entregaron, que lo sepultaron como si fuera estiércol en una finca olvidada. Murió no por error, sino por estorbo. Por levantar la voz, por querer proteger el río Yuna, como si la pureza del agua no mereciera más respeto que la codicia de los hombres.

Tres hombres. Tres sombras disfrazadas de tareas. Capuchas negras, armas bendecidas por la impunidad, y una orden nacida en la cloaca misma del poder. Fue un operativo quirúrgico… pero no cuentan del daño colateral. Un joven. Solo un muchacho que pidió un aventón y terminó enterrado en el mismo silencio.

Y ahora yo… aquí. Abrazando a la esposa, viendo en sus ojos la esperanza que ya no existe. Ella me miró y dijo: —Juez Mendoza, ¿usted cree que mi esposo aún esté con vida? Y yo… tragué la verdad como se traga veneno. La enterré junto a ese cuerpo que ya no puede hablar. ¿Cómo se juzga un crimen cuando el crimen es el sistema entero? ¿Cómo se castiga a los culpables, si los culpables me saludan cada mañana con trajes bien planchados y palabras dulces?

Estoy cansado. Cansado de fingir que esto es justicia.

Cansado de callar por miedo a perder lo poco que aún me queda de humanidad. He pensado en renunciar. He pensado en hablar. He pensado… en desaparecer. Pero cada noche, cuando cierro los ojos, escucho la voz del río. No la de los expedientes ni la de los hombres que matan con firmas. La del agua que aún corre. La de la verdad que aún canta, aunque la quieran enterrar. Y mientras ese río cante… seguiré aquí. Por él. Por el joven. Por la viuda que no sabe que lo es. Por mí. Aunque me cueste el alma.

De vuelta a mi despacho, hay oscuridad. Una lámpara tenue. Sobre el escritorio, el expediente que abro como un ataúd que susurra nombres y crímenes. Solo, leo en voz baja como si confesara ante el silencio mismo del universo. He aquí el expediente. Papel tras papel… tinta seca que no borra la podredumbre. Un nombre aparece una y otra vez como un espectro que no se cansa de pecar; El abogado. ¿Y qué es un abogado sino el custodio de la palabra sagrada de la ley? Un puente entre la justicia y el hombre común. Pero ¿qué ocurre cuando el puente se quiebra? Cuando es el propio arquitecto quien siembra dinamita entre sus vigas. Este hombre — el que me pidieron proteger como pago al favor de mi ascenso— no solo ha traicionado su toga, ha hecho del Derecho su burdel, de la Justicia su cómplice ciega. Falsedad documental. Ha inventado realidades con la tinta como puñal. Quizás no los escribió él… pero los usó, y lo sabía. Sabía. Y con saberlo, ya había delinquido.

Imagen creada por IA.

Revelación de secretos. Vendió la intimidad de sus clientes como si fueran baratijas en un mercado sucio. Palabras confiadas entre lágrimas… convertidas en moneda para su lucro. Estafa procesal. Y no una estafa cualquiera —¡no!

Una que se viste de toga, entra al tribunal y envenena al juez con pruebas falsas, manipula el proceso, y transforma la sala de justicia en un teatro de la mentira. ¿Dónde están los límites?

¿Quién se atreve a poner precio a la verdad?

Apropiación indebida. Costas que no eran suyas, indemnizaciones robadas…y todo bajo la sonrisa falsa del profesional que dice yo te represento. Delitos societarios, receptación, blanqueo. Ha sido abogado, administrador, lavador, encubridor. Un alquimista de la trampa.

Cohecho. Sí, también ha sobornado, como quien invita a cenar al verdugo para que olvide cómo usar el hacha. Tráfico de influencias. ¿Y quién podría negarlo? Su número está en los celulares de medio juzgado. Su apellido, es susurrado en pasillos como una contraseña para abrir puertas cerradas.

¿Y yo…? Yo, Mario Mendoza, el juez que fue nombrado no por méritos, sino por conveniencia, ¿debo ahora convertir mi toga en escudo de su impunidad? Me piden que lo ayude. Que archive, que dilate, que olvide. Como si mi conciencia tuviera precio. Encubrimiento, deslealtad, amenazas, coacciones… ¡Injurias a la justicia misma! Un desfile de crímenes con toga y sonrisa. ¡Y aun así quieren que lo justifique! Que diga que fue un error humano, un exceso de celo, una pasión mal entendida por el Derecho. No. ¡No! Este expediente no es un error. Es un epitafio. Una lápida escrita con leyes torcidas y principios pisoteados. Me pidieron lealtad. No sabían que primero debo lealtad a la ley. No a la red de favores. No a la impunidad que huele a vino caro y a papel moneda.

Yo no seré cómplice. No seré juez comprado. No seré sombra de otro hombre corrupto. Que este expediente camine a donde debe; a la fiscalía. Que hable la justicia. Y si me cuesta el cargo… que así sea. Prefiero perder el título, que perder el alma.

Esteban Tiburcio Gómez

Investigador y educador

El Dr. Esteban Tiburcio Gómez es miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Licenciado en Educación Mención Ciencias Sociales, con maestría en educación superior. Fue rector del Instituto Tecnológico del Cibao Oriental (ITECO), Doctor en Psicopedagogía en la Universidad del País Vasco (UPV), España. Doctor en Historia del Caribe en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), entre otras especializaciones académicas.

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