“Canta, oh musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante largo tiempo después de destruir la sagrada ciudad de Troya.”
Así comienza La Odisea, no con una afirmación, sino con una súplica. Homero no inaugura su relato desde la certeza, sino desde la necesidad. No proclama un origen, pide una voz. El poema nace, desde su primer aliento, como un acto de dependencia humana, alguien debe cantar para que la historia exista.
Después del verbo soberano del Génesis, ese “hágase” que funda el mundo desde la palabra, Homero propone otra forma de empezar. El poeta no crea, invoca. No ordena la realidad, solicita que le sea contada. El lenguaje deja de ser ley y se convierte en memoria. No desciende desde lo alto, asciende desde lo vivido. Ese desplazamiento, silencioso, pero decisivo, marca uno de los grandes giros de nuestra tradición literaria.
La palabra deja de ser absoluta y se vuelve mediada. El poeta reconoce que no es dueño del relato, que la historia no le pertenece. Necesita a la musa, figura ambigua que encarna la tradición, la voz colectiva, la herencia oral que precede al individuo y lo sobrevive. El origen del canto no está en el yo creador, sino en una memoria que lo antecede y lo sostiene. El poeta ya no funda, transmite.
Donde el Génesis afirma “al principio creó”, Homero dice “canta”. La diferencia no es solo estilística, es filosófica. El mundo ya existe. La tarea del lenguaje no es fundarlo, sino recordarlo. El verbo no crea el cosmos, reconstruye la experiencia humana dentro de él. El relato no explica el origen de las cosas, preserva el sentido de haberlas vivido.
Desde su primera línea, La Odisea presenta también a un héroe distinto. No es el guerrero invencible ni el elegido sin fisuras por los dioses. Es el hombre de muchos senderos, el que se extravía, el que aprende, el que regresa cambiado. El inicio no promete gloria, promete recorrido. No anuncia una conquista, anuncia un tránsito. El relato no se organiza alrededor del poder, sino del viaje.
Ese comienzo introduce, además, una nueva relación con el tiempo. El Génesis avanza hacia adelante, día tras día, construyendo el mundo. La Odisea, en cambio, se mueve en círculos. Regresa, recuerda, anticipa. El tiempo deja de ser lineal y se vuelve narrativo. Se pliega sobre sí mismo como la memoria humana, que nunca avanza en línea recta, sino que vuelve, insiste, corrige.
Desde el punto de vista literario, este inicio es plenamente consciente de su función. Homero no comienza en el origen cronológico de la historia, sino en su sentido. No explica quién es Ulises ni de dónde viene, nos dice qué lo define. No informa, caracteriza. Coloca al lector, desde el primer verso, ante una condición humana antes que ante una biografía.
Aquí el verbo ya no se impone al hombre como mandato divino, pero tampoco se subordina a él. El poeta habla sabiendo que su palabra es heredada. El lenguaje aparece como una fuerza que circula, que pasa de boca en boca, de generación en generación. Es libre, pero no individual. Pertenece a todos en la medida en que nadie lo posee por completo.
Este inicio funda una idea que atraviesa toda la literatura occidental, contar es recordar. Narrar es rescatar del olvido aquello que merece permanecer. La musa no crea historias nuevas, conserva las antiguas. El poeta no inventa el mundo, lo mantiene vivo mediante el canto.
Hay también una ética implícita en este comienzo. El héroe no es celebrado por su fuerza, sino por su capacidad de resistir, de aprender, de volver. La Odisea no glorifica la conquista, glorifica el regreso. Desde su primera línea, el poema anuncia que su centro no será la victoria, sino la experiencia acumulada en el camino.
En este sentido, el inicio homérico propone una noción profundamente humana del lenguaje. La palabra no domina la realidad, la acompaña. No impone orden, busca sentido. El verbo se humaniza. Se vuelve relato compartido, canto transmitido, memoria común.
Después del Génesis, donde el verbo crea al hombre, Homero sugiere lo contrario, el hombre necesita del verbo para no perderse. Sin canto, sin historia, sin memoria, el viaje se disuelve y el regreso se vuelve imposible. El héroe no vuelve solo por la fuerza de sus brazos, vuelve porque alguien recuerda su camino.
Por eso La Odisea comienza pidiendo que alguien cante. Porque el mundo, ya creado, necesita ser dicho una y otra vez para no desaparecer. Porque la experiencia humana solo existe plenamente cuando se convierte en relato. Con Homero, la literatura da un paso decisivo, el verbo deja de ser absoluto y se vuelve errante. Ya no manda desde lo alto, camina con el hombre, se cansa con él, recuerda con él. Desde entonces, escribir será, ante todo, una forma de regreso. Volver a nombrar lo vivido para no extraviarnos del todo en el camino.
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