En el año 2000, Tony Raful y yo participamos en "Coloquios 2000″, volumen editado por Orlando Díaz y publicado por la Comisión Permanente de la Feria del Libro. Dentro del apartado dedicado a grandes figuras del pensamiento y la política francesa aparecieron dos ponencias que, releídas hoy, parecen dialogar entre sí: “La herencia del hombre rebelde de Albert Camus”, de Tony Raful, y “Sartre, el filósofo de la libertad”, de mi autoría.
Tony Raful, reconocido poeta, ensayista e intelectual dominicano, es actualmente embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Dominicana ante el Reino de España.
Tengo interés en volver sobre esas dos ponencias porque hace 26 años, sin el contacto sospechoso con la IA, existían todavía en este país, como herencia de los años 70 y 80, verdaderos y apasionantes encuentros intelectuales, y porque esa polémica conserva una importante actualidad.
La discusión entre Camus, Francis Jeanson y Jean-Paul Sartre constituye uno de los debates intelectuales más conocidos del siglo XX, y hay que recordarlo porque a veces se habla simplemente de “la polémica Camus-Sartre”, cuando el episodio comenzó con la extensa reseña crítica que Francis Jeanson dedicó a El hombre rebelde en Les Temps modernes, revista de la que conservo con orgullo once ejemplares originales.
Camus respondió a la revista y a su director; Sartre intervino entonces con su conocida respuesta, y Jeanson volvió a contestar. La polémica desbordó una diferencia personal porque en ella se discutieron cuestiones que hoy siguen vigentes: hasta dónde llevar la rebelión, la violencia política, el marxismo, la revolución, la responsabilidad del intelectual y, especialmente, la posibilidad de combatir una injusticia sin producir otra.
Para situar documentalmente aquella controversia, conviene recordar que la edición española Polémica Sartre-Camus, publicada en Buenos Aires por El Escarabajo de Oro en 1964, reúne en sus 101 páginas cinco textos: “Albert Camus o el alma rebelde”, de Francis Jeanson; “Carta a Jean-Paul Sartre”, de Albert Camus; “Respuesta a Albert Camus”, de Jean-Paul Sartre; “Para decirlo todo”, de Francis Jeanson; y, como texto de cierre, “Albert Camus”, escrito posteriormente por Sartre. Los cuatro primeros constituyen propiamente el intercambio polémico; el último fue escrito por Sartre después de la muerte de Camus.
¿Qué decía entonces mi querido y admirado amigo el señor embajador?
Raful encuentra en El hombre rebelde una defensa de la rebelión sometida a límites. Camus no rechaza la rebelión contra la injusticia; rechaza que esta termine legitimando el crimen y el terror en nombre de una futura liberación. A Tony esa posición le parece “políticamente modesta, libre de todo mesianismo y de la nostalgia del paraíso en la tierra” (Raful, 2000, p. 175). La expresión resume claramente una idea central de Camus: ninguna promesa de una sociedad futura concede un derecho ilimitado sobre los seres humanos del presente. Camus diría que la rebelión significa un “no” frente a aquello que humilla al ser humano, pero, a la vez, estaría afirmando que, al rebelarme, reconozco un valor que considero digno de ser defendido no solamente en mí, sino también en los otros. De ahí la conocida formulación de Camus recogida por Raful: “Yo me rebelo, luego somos” (Camus, como se citó en Raful,2000, p. 180).
Ese paso del individuo al “nosotros” explica la importancia que adquieren en El hombre rebelde la solidaridad y el límite. El problema comienza cuando la rebelión, pretendiendo alcanzar una sociedad definitivamente justa, se concede sí misma el derecho de matar.
En la actualidad, este llamado de atención no puede ser subestimado y obliga a tomarlo con mucha seriedad debido a las experiencias totalitarias del siglo XX y a los crímenes cometidos bajo proyectos políticos que prometían la emancipación. Esto no significa que Camus resolviera todos los problemas que planteó, pero explica por qué El hombre rebelde, que todos y todas hemos leído, continúa siendo una obra políticamente incómoda y filosóficamente necesaria.
Raful frente a Sartre
Yo recuerdo nítidamente la pasión que mostraban nuestros rostros en las conversaciones de entonces al leer el texto correspondiente, y cómo la voz que recreaba la significación de El hombre rebelde absorbía toda mi atención, aislándome del entorno. La ponencia de Tony no se limita a exponer a Camus. Contiene también una interpretación crítica de Sartre. Y es precisamente aquí donde se abre el tema de la segunda parte de este artículo y donde, como los felinos, atentísima, puse las orejas en punta.
Tres importantes críticas a Sartre
Raful habló del “reduccionismo ideológico de Sartre” y consideró que este le impediría comprender adecuadamente la historia humana desde el hombre como sujeto (Raful, 2000, p. 176). Más adelante formula una afirmación que encuentro todavía más fuerte: “para Sartre hay un destino histórico, al cual se apuesta” (Raful, 2000, p. 179). Al contraponer a los dos pensadores, Tony afirma: “En Camus aparece el amor, imposible de traducir en Sartre, por lo menos en el sentido regenerador de la vida” (Raful, 2000, p. 179).
Esta tercera crítica a Sartre es sumamente importante, pero también a mí me resulta inquietante por la aparente o real carga negativa que contiene el aforismo de Sartre: “El infierno son los otros”. Responderé a esas afirmaciones la semana próxima.
Quise exponer con mucho respeto el núcleo de la lectura de Raful y señalar claramente dónde aparece su diferencia con Sartre.
En una segunda entrega regresaré a mi propia ponencia, “Sartre, el filósofo de la libertad”, una ponencia no construida para responder a Tony, pues, que yo recuerde, no me lo solicitaron, para preguntarme si el Sartre que yo presentaba en el año 2000 puede responder hoy a esas tres críticas.
Mi artículo siguió un recorrido que hoy resulta particularmente útil para esa tarea. Partía de la libertad sartreana y examinaba después su transformación ante la guerra y la experiencia histórica; abordaba el paso de la libertad individual hacia el compromiso social y político; sus relaciones, acercamientos y rupturas con el comunismo; la polémica con Camus; y, finalmente, su intento de pensar conjuntamente existencialismo, marxismo, libertad e historia.
Será desde esa estructura, y no desde una defensa incondicional de Sartre, que formularé mi respuesta.
Desde ahora quiero señalar que los temas del amor y la violencia en Sartre son bastante atemorizantes para ciertas almas sensibles, incluyéndome.
En la segunda parte hablaremos muy brevemente de ese Otro hegeliano que en Sartre es más conflictivo que en Simone de Beauvoir.
En cuanto a la violencia, de antemano expreso que Sartre justificó la violencia política en determinadas situaciones. No creo que yo hoy pueda acompañarlo en sus argumentaciones. Precisamente por eso la advertencia de Camus en la voz de mi amigo diplomático, conserva importancia.
Sin embargo, reconocer lo que Camus pudo ver con mayor claridad no impide preguntarnos si el Sartre presentado inteligentemente por Raful hace enteramente justicia al Sartre de sus obras. De eso, como he escrito, hablaré el próximo jueves, Dios mediante.
Referencias
Camus, A., Sartre, J.-P., & Jeanson, F. (1964). Polémica Sartre-Camus. El Escarabajo de Oro.
Díaz, O. (Ed.). (2000). Coloquios 2000. Comisión Permanente de la Feria del Libro.
Martínez, L. (2000). Sartre, el filósofo de la libertad. En O. Díaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 185–204). Comisión Permanente de la Feria del Libro.
Raful, T. (2000). La herencia del hombre rebelde de Albert Camus. En O. Diaz (Ed.), Coloquios 2000 (pp. 175–183). Comisión Permanente de la Feria del Libro.
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