Las huellas reclaman ¿cuánto se ha caminado? El cuerpo, ¿cuántas caricias ha recibido? La Fe, ¿cuánto llamado de auxilio al eterno? Lo mismo podría decirse de la mirada, del oír, del gusto, del tacto. Solo se piensa en el tiempo y la cotidianidad de las cosas con las que se conviven como un instante, que es la vez eterno, que le conviene a lo que se piensa. Pensar el tiempo es hacerlo con el cuerpo y a lo inverso, la conclusión es del deterioro. ¿Qué hay que comprender?

El cuerpo con lo que tiene dentro, ¿dentro? ¿Quién asegura que dentro del cuerpo existe el alma?, que es una forma de tiempo, ¿circular, lineal? Sin duda, que el pensamiento y pensar, por atrevimiento u osadía, posiblemente se lleve a cabo a partir de una idea y que lo cotidiano es lo más simple en lo que respecta al tiempo. De ahí que una idea, se represente con un bombillo, por supuesto que encendido, apagado como fruto de un apagón: una sucursal del infierno, partiendo del decir otrora, que una luz encendida vale por mil palabras. Detengamos la especulación.

Volviendo al cuerpo, que lo regula la cotidianidad y el tiempo, según un decir latino, de que cuerpo sano, mente sana. Para este tiempo donde todo puede ser negado, ni lo uno ni lo otro.

Hay una tendencia natural del hombre de querer trascender lo cotidiano para sustituirlo con la idea de que es algo importante, sin saber para qué. Donde el aliado más eficaz es el tiempo, o lo que se entiende por tiempo. Inmerso en una cotidianidad abrumadora clamamos por algo diferente sin saberse, a fondo, por qué del reclamo. Muchos reclamos al final se constituyen en una nada minusválida.

Esta cotidianidad con demasiada luz, en cualquier lugar que nos encontremos, es la nueva manera de sentirse, como andar en fila cuando se camina por una loma, o como el que ora al eterno en grupo.

En masa siempre hay manipulación de la alegría, de la congoja. En masa se nos despierta la necesidad del otro abrumadoramente, con sed insaciable.

La poesía ayuda para contrarrestar la necesidad de tener más ruido de la cuenta a la hora de la sed reclamar agua para saciarnos. Temo que no ayude para la fe hambrienta de la que se adolece cual dolor de espalda por esta cotidianidad de cuerpo físico, de empuja que te empuja, con la resistencia debida, pero para nada, al final se sale con la suya, con pique o sin pique. Lo que nos da alivio para seguir adelante es debido al tiempo que la cotidianidad nos la quita indiferente y qué quita pensar que riéndose.

Amable Mejia

Abogado y escritor

Amable Mejía, 1959. Abogado y escritor. Oriundo de Mons. Nouel, Bonao. Autor de novelas, cuentos y poesía.

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