"Durante poco más de cuatro décadas dejó una estela profunda en la comunidad a la que sirvió con desvelo ejemplar". (José Rafael Lantigua) 

 

Me resulta sorprendente que algunos dominicanos coloquen a la egregia educadora santiaguera Ercilia Pepín por encima de Aurora Tavárez Belliard. No pretendo, con esta afirmación, disminuir la indiscutible importancia histórica de Pepín, negar su patriotismo ni desconocer sus aportes al magisterio y a la cultura nacional. Su nombre ocupa legítimamente un lugar de honor en la historia de la educación dominicana. Sin embargo, cuando se examinan de manera integral la formación pedagógica, la amplitud humanística, la producción bibliográfica, la originalidad de los métodos de enseñanza y la permanencia del pensamiento de Aurora Tavárez Belliard, resulta difícil no reconocer en la "Seño", como cariñosamente se le llamaba porque se dedicó totalmente a la enseñanza, lectura, consultoría pedagógica y a la producción textual, una dimensión excepcional. Nacida en Guayubín, provincia de Montecristi, el 14 de abril de 1894, y fallecida en Moca el 31 de enero de 1972, Aurora no fue solamente una maestra consagrada, sino también ensayista, poeta, autora de libros escolares, promotora cultural, fundadora de instituciones educativas y defensora de los derechos civiles y políticos de la mujer. Su trayectoria constituye una de las expresiones más completas del magisterio dominicano del siglo XX, porque en ella la enseñanza dejó de ser un simple oficio para convertirse en una forma de pensamiento, una vocación de servicio y un proyecto de transformación humana. La "Seño" comprendió que educar no consistía únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar la conciencia, enriquecer la sensibilidad, fortalecer el carácter y preparar al individuo para vivir responsablemente dentro de la comunidad.  

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Aurora Tavárez Belliard.

Su magisterio no quedó limitado a las cuatro paredes del aula ni reducido a la enseñanza mecánica de contenidos escolares. Desde sus primeros años manifestó una vocación extraordinaria, capaz de sobreponerse a las precariedades materiales y a las adversidades políticas de su tiempo. Ejerció en zonas fronterizas y rurales, alfabetizó a niños de comunidades apartadas y, según los testimonios conservados, llegó a trasladarse a caballo hasta los lugares donde sus alumnos la esperaban debajo de un tamarindo. Antes de establecerse definitivamente en Moca había obtenido los títulos de Maestra Normal Práctica y Maestra Normal, lo que permite corregir la afirmación simplificadora de que fue solamente autodidacta: lo fue en sus comienzos, pero posteriormente alcanzó la formación profesional correspondiente a los grados superiores del magisterio de la época.   

Cuando llegó a Moca en 1928, llevaba consigo una experiencia forjada en el sacrificio, el estudio y la adversidad. Allí ejerció un apostolado educativo de aproximadamente cuarenta y cuatro años, trabajó en la Escuela Graduada Bolivia y fundó los colegios Sagrado Corazón de Jesús y Porfirio Morales, este aún funcionando en la actualidad en Moca como un legado más de su fecunda labor educativa. Este último centro educativo fue fundado en 1964 en pleno Triunvirato. Incluso después de haber sido jubilada por enfermedad en 1954, persistió en su labor y continuó educando hasta los últimos años de su vida. Esa constancia permite comprender que para Aurora la jubilación administrativa no podía significar el abandono de una vocación que se había convertido en la razón esencial de su existencia. José Rafael Lantigua la describe, con justicia, como una mujer "incesante en su ajetreo de batir alas al viento y de educar hasta la muerte" (“Preceptora de auroras”, Diario Libre, 3 de mayo de 2014).  

La producción bibliográfica de Aurora Tavárez Belliard demuestra, además, que no fue únicamente una maestra ejemplar, sino una verdadera intelectual de la educación. El Diccionario Cultural Dominicano afirma que "cultivó con acierto el ensayo didáctico, aportando varios libros de texto importantes a los programas de educación nacional y a la bibliografía dominicana". Entre sus obras se encuentran "Cartilla silabario" (1937), "El niño dominicano": tercer curso (1941), "Rayito de sol": libro de lectura (1943), "Historia patria": cuarto curso de lectura (1943), "Lecturas acerca de la historia de Santo Domingo" (1952), "Bronces de la raza" (1955) y "Lecciones de urbanidad y educación cívica" (1971). También se le atribuyen títulos como "Patria mía", "Lengua materna", "Moral y cívica", "Simientes en el camino" y "En el sendero de Kempis". Esta bibliografía abarca la alfabetización, la lengua, la historia, la moral, la educación cívica y la formación espiritual, lo cual revela una concepción integradora del conocimiento.   

Sus libros no fueron concebidos como depósitos de informaciones destinadas a la memorización, sino como instrumentos para formar al niño en todas las dimensiones de su personalidad. En "Rayito de sol", desde el simbolismo mismo del título, la lectura aparece vinculada con la claridad, la alegría y el descubrimiento; en "Historia patria" y "Bronces de la raza", el conocimiento histórico se enlaza con la identidad nacional y americana; mientras que en "Lecciones de urbanidad y educación cívica" se manifiesta su preocupación por el respeto, la convivencia, el comportamiento responsable y la formación de una ciudadanía moralmente consciente. De ahí que muchos de sus escritos conserven vigencia, actualidad y novedad, especialmente los ensayos recopilados en 1989 por Julio Jaime Julia, textos breves que constituyen verdaderos miniensayos de sabiduría didáctica y elevado pensamiento pedagógico.  

La recopilación preparada por Julio Jaime Julia contiene escritos cuyos títulos permiten apreciar la amplitud intelectual de la "Seño": “De una parábola”, “El hombre común”, “Evolución y feminismo”, “Feminismo y cultura cívica”, “Edúcate, hermana”, “Si eres maestro”, “Moral rutinaria y moral nueva”, “El gobierno del hogar y el gobierno de la escuela”, “La filosofía del ocio”, “Talento y vanidad” y “Una filosofía de la educación dominicana”, entre otros. No se trata de títulos circunstanciales, sino de núcleos temáticos que revelan una reflexión sostenida sobre la educación, la moral, la mujer, la familia, la ciudadanía y la condición humana. En “Evolución y feminismo”, publicado originalmente en el periódico La Opinión en julio de 1929, Aurora formuló un juicio sorprendentemente avanzado: "Yo no creo que el feminismo es el resultado caprichoso de la moda y la innovación, sino un fenómeno sociológico que se opera en todo elemento o colectividad cuando tiene preparación y aptitud para formar parte de la vida social en su manifestación más avanzada".   

La autenticidad de esta declaración está respaldada por la reproducción realizada por José Rafael Lantigua a partir del artículo de 1929. Aurora entendía, por consiguiente, que la emancipación femenina no era una concesión otorgada por el hombre ni una moda importada, sino una consecuencia histórica de la educación y del desarrollo de las capacidades de la mujer. Para ella, la preparación intelectual generaba inevitablemente conciencia, libertad y participación; por eso la educación femenina debía conducir al reconocimiento pleno de la mujer como ciudadana y como sujeto activo de la vida social.  

En ese mismo artículo anteriormente aludido, Aurora profundizó su razonamiento al afirmar: "El feminismo no es la evolución de una prerrogativa porque el derecho que ha asistido a la mujer para colaborar con el hombre en la vida pública ha sido igual en todas las épocas; el feminismo es el resultado de la evolución de la capacidad, por ello es irreprimible, porque implica un proceso de adelanto, el desarrollo de las aptitudes, cuya consecuencia inmediata en cualquier elemento, sea hombre o mujer, es la emancipación". La fuerza de este juicio reside en que vincula la liberación con el conocimiento y la capacidad adquirida: quien se educa alcanza una conciencia más amplia de su dignidad y no puede ser reducido nuevamente a una condición de dependencia.   

Todavía fue más categórica cuando escribió: "La ilustración es fuerza, es libertad, y pedirle a la mujer que decline las prerrogativas que concede la preparación es proclamar la inutilidad del talento" (“Evolución y feminismo”, La Opinión, julio de 1929; reproducido por José Rafael Lantigua en Diario Libre, 3 de mayo de 2014). Estas palabras sitúan a la "Seño" entre las precursoras del pensamiento feminista dominicano y demuestran que su pedagogía poseía una dimensión social y emancipadora. Su preocupación por la mujer no estaba separada de su concepción educativa: sabía que una sociedad que instruye a la mujer, pero le niega el derecho a participar plenamente en la vida pública, contradice los propios fines de la educación. Por ello, sus ideas desbordan el contexto escolar y se proyectan hacia una filosofía de la libertad, la ciudadanía y la igualdad humana.  

La dimensión humanística de Aurora también se manifestó en sus relaciones con el mundo intelectual hispanoamericano. Las fuentes consultadas confirman que viajó a Argentina, visitó allí a Gabriela Mistral y mantuvo correspondencia con la poeta chilena, primera persona latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura. Este vínculo no debe ser entendido como un simple dato anecdótico, sino como una expresión de la amplitud cultural de la "Seño" y de su identificación con una tradición continental en la que la poesía, la educación y la justicia social aparecen profundamente unidas.   

Aurora y Mistral compartían la idea de que el maestro debía educar con inteligencia, sensibilidad y amor, especialmente cuando trabajaba con niños procedentes de sectores humildes. Este solo hecho basta para mostrar que su horizonte intelectual trascendía las fronteras nacionales y que su pensamiento dialogaba con las grandes preocupaciones educativas y humanísticas de América Latina. La originalidad pedagógica de la "Seño" también está respaldada por quienes tuvieron el privilegio de ser sus alumnos. Ligia Minaya ofrece un testimonio especialmente revelador: recuerda que Aurora colocaba los mapas en el suelo, caminaba sobre ellos y preguntaba: "¿Dónde estoy? ¿Cuál es este océano? ¿Y esta frontera? ¿Qué país estoy pisando? ¿En qué mar me estoy bañando?".   

De esa manera conseguía que la geografía dejara de ser una lista abstracta de nombres y se transformara en una experiencia visual, corporal y memorable. Minaya explica que la maestra también hacía cantar a sus estudiantes, leer poemas, representar comedias, practicar la lectura en voz alta y reescribir las palabras incorrectas hasta dominar su ortografía. La antigua alumna sostuvo que su manera de enseñar "era distinta a las demás" y agregó una recomendación que constituye por sí sola un juicio crítico sobre su permanencia: "Yo los conservo con cariño y creo que los maestros de hoy deben leerlos para hacer algo más a favor de sus discípulos" (Ligia Minaya, “Aurora Tavárez Belliard, una maestra histórica”, Diario Libre, 7 de noviembre de 2015). Ese testimonio anterior muestra a una educadora adelantada a su tiempo, pues mucho antes de que se popularizaran conceptos como aprendizaje significativo, metodología activa, interdisciplinariedad y educación artística, Aurora ya los llevaba espontáneamente a la práctica.  

Pedro Gil Iturbides resumió su extraordinario crecimiento intelectual diciendo que "se levantó de la nada y de la nada construyó un mundo de conocimientos; José Rafael Lantigua destacó "su amplio apostolado educativo"; y Orlando López, alfabetizado por ella, la llamó "educadora excelsa". No son alabanzas vacías, sino juicios procedentes de intelectuales, periodistas y discípulos que estudiaron su trayectoria o recibieron directamente la influencia de su magisterio.

Por todo ello, la comparación entre Ercilia Pepín y Aurora Tavárez Belliard debe realizarse con equilibrio histórico, pero también con suficiente rigor crítico. Ercilia Pepín merece el reconocimiento que la nación le ha otorgado por su patriotismo, su defensa de la soberanía, sus innovaciones escolares y su entrega al magisterio. No obstante, cuando se valoran conjuntamente la amplitud de la obra escrita, la elaboración de numerosos libros escolares, la continuidad del pensamiento didáctico, la formación humanística, la preocupación por la infancia, la conciencia feminista, la fundación de instituciones educativas y la huella dejada en varias generaciones, Aurora adquiere una dimensión extraordinariamente abarcadora. La "Seño" no solo enseñó: pensó la educación, escribió para ella, creó métodos, elaboró materiales, fundó instituciones que garantizaran su continuidad y convirtió su propia vida en una lección moral.  

En conclusión, reivindicarla no significa promover una rivalidad estéril entre dos mujeres insignes, sino corregir una desproporción de nuestra memoria cultural. La historia dominicana tiene espacio suficiente para honrar a Ercilia Pepín y, al mismo tiempo, reconocer en Aurora Tavárez Belliard a una auténtica Maestra de maestros y a uno de los paradigmas más elevados de la educación nacional. Sus textos continúan hablándonos porque fueron concebidos desde una visión en la que educar era formar la inteligencia, disciplinar la voluntad, cultivar la sensibilidad, dignificar a la mujer y preparar al ser humano para la convivencia. Sus prácticas anticiparon metodologías participativas; sus libros integraron lengua, historia, civismo, moral y literatura; su pensamiento vinculó ilustración y libertad; y sus colegios prolongaron institucionalmente su apostolado, como es el caso específico en Moca del colegio Porfirio Morales, del cual -ya en sus últimos años de vida- salió del mismo para partir y estar al lado de nuestro Padre Celestial. La escuela dominicana mantiene con ella una deuda de memoria, estudio y gratitud: la deuda de reeditar sus libros, investigar rigurosamente sus ensayos, incorporarla a la historia del pensamiento pedagógico y devolverle plenamente el lugar que su obra y su vida conquistaron para siempre. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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