El “éxito” o “fracaso”, de la poesía, (para entrar de lleno en la provocación), del que garabatea palabras y metáforas y lo llama poesía, a diferencia de la novela o la narrativa en general, está en la elección del tema en cuestión, por la memoria afectiva para cantarle a la vida por vivir o vivida, cual sea el tema, amoroso, patriótico o de orden metafísico.
Temas como la ciudad, el amor, la muerte, si no están condenados al “fracaso” desde sus planteamientos, si no se cantan o se escriben con el misterio “desde dentro”, de la memoria en ebullición, terminan en actos fallidos.
Cual sea el tema tiene que llegar vía los cuatro elementos fundamentales del cosmos, el aire, el fuego, el agua y la tierra y la quinta estación que es la experiencia de la vida, que en el lenguaje se reafirman. Podría significar que no se crean esos elementos, sino que se perfeccionan en el mismo arte de escribir al evocarlos, moldearlos, darle forma a lo escrito con la pasión latente del tema ahogándonos. Para su logro definitivo tiene que llegar, en libertad, parafraseando al famoso título de la compilación de poemario de Octavio Paz, llamado Libertad bajo palabra (México, 1960) o una vida vivida intensamente a lo Pablo Neruda y su memoria póstuma (1974), Confieso que he vivido (Póstumo, 1974) o Defensa de la Poesía, donde P. B. Shelley (1821), “desnuda los tormentos de la creación poética.”
En cambio, en el ensayo el tema está íntimamente entrelazado a la elaboración del mismo, con una consciencia atroz. El cuento, la novela están muy cerca de la libertad que da la poesía al momento del “arrebato” ante la técnica de la creación y la temática a desarrollar y el que se embarca tiene que saber para donde va.
¿Dónde se gesta una novela, en qué realidad? ¿Lo mismo pasa con el cuento, el poema? Los caminos de la creación, además del misterio que le precede, son puro misterio consciente o inconsciente.
Desenredarlos en la cabeza es el reto, trabajarlos de acuerdo a los recursos expresivos de lo imaginario, la memoria y el dominio del lenguaje per se. Un punto medular en la creación de la obra literaria, es el agua donde se mueven las pasiones desbordantes o no al enfrentarse al vacío de las palabras. Significar, si es que se consigue, que la elaboración “consciente” de una obra literaria o cual sea, anda por caminos y voluntades, “sobre humanas”. Voluntad y talento, sobre todo, hasta para el que tiene más talento acumulado en la cabeza y no en las demás partes del cuerpo con cierta calidad.
La creación artística está llena de “mañas” que se aprenden con el oficio. ¿Oficio? ¿Nada de inspiración?, pero es tan hermosa esta última palabra, por qué no decirlo, también tiene que ver con la escritura, con el pintar, esculpir, danzar, en fin, con todo lo que proporcione un solaz para apartarse de lo cotidiano, para reasumirlo con más intensidad, que es la verdadera inspiración, como una especie de recreo del vivir consciente, llamado Arte. Oficio e inspiración van de la mano que no ve ni el mismo que elabora el texto. Oficio noventa por ciento. Inspiración de minotauro, diez, pero que vale por los cien, porque es el primer impulso. “Y vio Dios que la luz era buena, separando la luz de las tinieblas”, hermoso comienzo de un poema en prosa, místico de fe, o éste más terrenal: “Poeta, no le cantes a la rosa, hazla florecer en el poema”. ¿Quién tiene razón?
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