En el ecosistema bibliográfico hay libros que no se empinan hacia el lector con la intención de contar una historia ni de exhibir un repertorio de afortunadas imágenes; llegan como quien abre una puerta que conduce hacia el interior de otra puerta, invitándonos a sospechar que la realidad visible no es sino la superficie de un espejo cuya profundidad permanece intacta en los límites de los sentidos. Así ocurre
con Espejo ciego, de Ángel Concepción Lajara (Yeyé), un libro en el que la palabra parece haber renunciado al afán de nombrar definitivamente las cosas para convertirse en un acto de contemplación, de escucha y de despojamiento. Cada poema se aproxima al misterio sin violentarlo, como quien sabe que existen verdades cuya única forma de revelarse consiste en permanecer abiertas. El lector no avanza por estas páginas siguiendo un argumento; más bien atraviesa un territorio donde las imágenes se reflejan unas en otras (como espejos que se miran despacio entre sí), donde el cuerpo deja de ser una frontera, la sombra adquiere espesor metafísico, el vacío se vuelve fecundo y el espejo termina revelándose como una alegoría de la conciencia. En ese recorrido, la poesía de Ángel Concepción Lajara (Yeyé) no propone respuestas concluyentes, sino una experiencia de transformación interior en la que mirar equivale a ser mirado y comprender supone, antes que acumular certezas, aprender a habitar el asombro.
Y así, desde las primeras composiciones se percibe que el espejo no constituye un simple objeto simbólico. Su presencia atraviesa el libro como una dimensión en la que confluyen memoria, tiempo, identidad y Realidad Pura. No devuelve únicamente un rostro, sino que parece insinuar la existencia de una realidad mayor cuya plenitud apenas alcanza a reflejarse en el universo sensible. Esa intuición confiere unidad a toda la obra. Las cosas dejan de permanecer inmóviles dentro de sus definiciones habituales; comienzan a desplazarse hacia un centro invisible, como si el verdadero movimiento del mundo no consistiera en expandirse hacia afuera, sino en regresar incesantemente hacia aquello que lo sostiene. De ahí que el lector experimente la sensación de asistir a un viaje de interiorización donde cada imagen abandona su condición material para convertirse en resonancia de otra realidad imposible de apresar completamente mediante las palabras… Veamos como en “Da pena” (p. 29), se da testimonio de esta parte, citamos:
Da pena / lo que separa la sombra del cuerpo / un latido, un respiro, / Da pena ser sombra el cuerpo / y nadie le ha dicho que no sirve para nada. / Da pena el cuerpo, burlón, ignorante, cruel, / presumiendo de tener lo que el otro no tiene. / Da pena, / no saber que él será, / también sombra entre sombra, / infinita nada. / Da pena ser una gota en el espejo.
Aquí, el espejo respira en el fondo de cada imagen, como una presencia silenciosa que convierte la sombra en conciencia de sí misma. La primera secuencia, “Da pena / lo que separa la sombra del cuerpo / un latido, un respiro”, revela que la distancia entre el Ser y su reflejo no es espacial, sino existencial: basta un latido, un respiro, esa mínima vibración donde la vida se sostiene, para que la unidad se fracture y el espejo taocuántico deje de reproducir una identidad fija, mostrando, en cambio, la tensión entre lo visible y aquello que apenas logra permanecer unido a ello. En la segunda imagen, “Da pena ser sombra del cuerpo”, el poema invierte la jerarquía habitual: la sombra deja de ser una simple consecuencia de la materia para convertirse en un sujeto que experimenta su propia condición de desamparo; es la conciencia relegada al margen de aquello que le dio origen, el reflejo condenado a existir sin alcanzar nunca la plenitud del cuerpo que lo proyecta. Finalmente, el verso “y nadie le ha dicho que no sirve para nada” abre la dimensión más profundamente humana del poema, pues introduce la compasión como una fuerza reveladora: la sombra continúa acompañando al cuerpo porque ignora la inutilidad que el mundo podría atribuirle; su fidelidad nace de una inocencia esencial que el espejo rescata y dignifica. Así, el poema convierte al espejo, uno de los ejes cardinales de la poética de Ángel Concepción Lajara (Yeyé), en un espacio donde el Ser contempla la precariedad de sus desdoblamientos y descubre que incluso aquello que parece secundario, invisible o condenado a la insignificancia posee una forma secreta de existencia que sólo la mirada poética puede reconocer. Yeyé despoja la realidad de sus apariencias para revelar la fragilidad esencial de cuanto creemos permanente. La sombra y el cuerpo dejan de ser simples imágenes físicas y se convierten en símbolos de la ilusoria separación que sostiene la conciencia ordinaria: apenas un latido y un respiro bastan para evidenciar que la vida pende de un hilo imperceptible. La compasión que inaugura cada “pena" no nace del sentimentalismo, sino de la comprensión profunda de que el cuerpo, orgulloso de su aparente consistencia, desconoce su propio destino y se burla de aquello que, inevitablemente, habrá de ser. Desde una sensibilidad taocuántica, el poema nos conduce a percibir que cuerpo y sombra participan de la misma danza de lo transitorio, donde toda identidad termina diluyéndose en la infinitud del vacío creador. Mientras que la imagen final, "ser una gota en el espejo", alcanza una extraordinaria densidad poética: la gota no refleja únicamente la fugacidad de las apariencias como dato de lo sensorial, sino también la paradoja de una conciencia que se contempla a sí misma en el espejo del universo para descubrir que lo sólido y lo etéreo son manifestaciones de una misma frecuencia de lo inmanifiesto, de lo sin nombre. Así, el poeta transforma la pena en un umbral de lucidez, invitándonos a abandonar el orgullo de la forma para abrazar la unidad donde cuerpo, sombra, respiración y nada dejan de oponerse y regresan al misterio del que todo emerge y al que todo retorna.
En esa perspectiva reside uno de los mayores logros del libro. La poesía no intenta describir el misterio; procura conservarlo vivo. Allí donde otros discursos se apresuran a explicar, Ángel Concepción Lajara (Yeyé) prefiere sugerir. Allí donde la lógica reclama definiciones, el poema responde con transparencias, con silencios y con una delicada arquitectura de símbolos que nunca terminan de agotarse. Esto se revela en, “Condena” (p. 25), el cual citamos:
Hacía dentro, hacia sí mismo, / se están yendo las cosas, / la ventana, la mano, y el libro; / ventana abierta hacia dentro, / libro que se lee al revés. / Todo se va a lo incierto, / al lugar en donde todos hablan y nadie calla, / condena sin pena: espejo blanco: / espejo ciego.
Ha dicho el poeta: “Hacia dentro, hacia sí mismo, se están yendo las cosas”. El espejo, la sombra, la luz, el cuerpo, el vuelo, la isla o la lluvia dejan de ser elementos independientes para integrarse en una misma respiración poética. Todo parece formar parte de una única corriente de sentido donde las separaciones se disuelven lentamente y el universo recupera una antigua vocación de unidad. Y resulta especialmente admirable la naturalidad con que el poeta convierte conceptos de enorme densidad filosófica en imágenes de una sencillez casi cotidiana. Nada aparece revestido de solemnidad excesiva; por el contrario, el lenguaje fluye con limpieza, permitiendo que sea la propia imagen quien despliegue sus múltiples significados. Esa economía expresiva constituye una de las mayores virtudes de la obra. Cada palabra parece haber sido despojada de todo exceso hasta conservar únicamente aquello que resulta indispensable para que el lector recree la experiencia en su propia conciencia. El poema no se impone; acompaña. No clausura el sentido; lo abre.
Y algo que, ante toda luz meridiana, se evidencia en Ángel Concepción Lajara (Yeyé), es la favorable influencia de la fuerza del teatro latiendo en su poética, la pulsión de ese otro plano de la realidad coexiste en este. Entonces, no se trata únicamente de que el autor posea una reconocida sensibilidad teatral, sino de que cada poema parece organizado como una escena donde intervienen la luz, el movimiento, el silencio y la disposición del cuerpo dentro del espacio. Los símbolos entran y salen del poema como personajes cuya verdadera acción ocurre en el interior del lector. Cada imagen ocupa el lugar exacto que le corresponde dentro de una dramaturgia del espíritu, y esa disposición confiere a la lectura un ritmo visual extraordinariamente intenso. Los poemas no solo pueden leerse; también parecen representarse ante la imaginación, como si cada verso esperara la respiración de un actor capaz de devolverle su vibración originaria. Y, junto al teatro, aparece otra presencia igualmente decisiva: la música. No una música entendida como simple musicalidad verbal, sino como principio secreto de organización de su universo poético. En Espejo ciego todo parece sostenerse mediante un pulso interior semejante al de campanas lejanas cuya resonancia acompaña el desplazamiento de cada imagen. Hay versos que avanzan con la delicadeza de un adagio; otros irrumpen con la intensidad de una fuga; otros permanecen suspendidos como una nota prolongada cuya desaparición constituye también una forma de presencia. Esa respiración musical convierte el libro en una experiencia auditiva incluso cuando el lector permanece en silencio. Es como si el poema escuchara antes de hablar y, precisamente por eso, lograra devolverle al lenguaje en pureza. Quizá por ello la obra de Ángel Concepción Lajara (Yeyé) invita constantemente a mirar más allá de la apariencia inmediata de las cosas. El espejo deja de reflejar únicamente un rostro para convertirse en el umbral de una conciencia más amplia; la sombra deja de representar ausencia para transformarse en memoria de la luz; el vacío deja de sugerir carencia para revelarse como el lugar donde toda plenitud comienza. En esa inversión simbólica reside buena parte de la originalidad del libro. No se trata de negar la realidad visible, sino de recordar que toda realidad visible participa de otra más vasta, más profunda y más silenciosa, cuya presencia solo puede intuirse cuando la mirada aprende a desprenderse de la costumbre.
A medida que la lectura avanza, comienza a percibirse que la mayor originalidad de Espejo ciego no radica únicamente en la belleza de sus imágenes, sino en la manera en que cada una de ellas participa de una arquitectura espiritual donde nada permanece aislado. El espejo conversa con el cuerpo, el cuerpo con la sombra, la sombra con la luz y la luz con el vacío, hasta conformar una red de correspondencias que recuerda que toda existencia es relación. El lector termina comprendiendo que el verdadero protagonista del libro no es un personaje determinado, ni siquiera el propio poeta, sino la conciencia en permanente transformación, esa región del Ser donde cada pérdida anuncia un nacimiento y donde toda certeza acaba por convertirse en una pregunta más luminosa que la respuesta que parecía contener. Para asomarnos a esta certeza, citamos el texto, “Acorde” (p. 42), que sigue:
¿Adónde va uno cuando se pierde el cuerpo? / Vacío el mundo, ya sin alma / deshecho el Sol, aullando soledades, / ¿adónde vas cuando la nada es el cuerpo? / Cayendo en el vacío, ataúd sin sombra / grano que germina, resurrección en las cosecha, / abismo sin fondo / delicia del deslizarse sin lugar y sin dónde: hoja, gota, lluvia, / afuera y dentro, dibuja transparencias, / delicias de no saber: ¿Quién es él, que cae lleno de todo? / Arrecia la luz, resurrección de las semillas, / jardín en el espejo. / ¿Adónde va uno cuando pierde el cuerpo? / Acorde en el espejo.
En varios de los poemas sobresale una tensión constante entre lo visible y aquello que permanece oculto. Sin necesidad de desarrollar discursos filosóficos, Ángel Concepción Lajara (Yeyé) conduce la mirada hacia ese límite donde los sentidos comienzan a resultar insuficientes y la intuición adquiere una importancia decisiva. No se trata de rechazar el mundo material, sino de reconocer que la materia constituye apenas la superficie de una profundidad inagotable. De ahí que el lector tenga la impresión de encontrarse frente a una escritura que nunca agota el significado de sus símbolos. Cada nueva lectura desplaza el centro de gravedad del poema y revela matices que habían permanecido invisibles, como si las palabras también estuvieran sujetas a un movimiento continuo de expansión interior. Ese procedimiento alcanza una notable intensidad cuando el poeta reflexiona sobre el cuerpo. Lejos de reducirlo a su condición biológica, lo presenta como una realidad transitoria, una morada provisional cuya aparente solidez termina revelándose frágil frente a la continuidad de la conciencia. El cuerpo deja entonces de ocupar el lugar privilegiado que suele concederle la experiencia cotidiana y pasa a integrarse en un proceso mayor de transformación. No hay desprecio por la materia; hay una invitación permanente a no confundir el recipiente con aquello que lo anima. Esa delicada inversión de perspectivas constituye uno de los rasgos más sugestivos de la obra, pues devuelve al ser humano una dimensión de profundidad que muchas veces la vida contemporánea parece haber olvidado. En esa misma dirección se inscribe la constante presencia del vacío. Sin embargo, el vacío que habita estas páginas nunca aparece asociado a la desesperanza. Antes bien, adquiere el carácter de un espacio fértil, semejante al silencio que hace posible la música o al espacio en blanco que permite el nacimiento del poema. Lo aparentemente deshabitado termina revelándose como el lugar donde toda creación comienza. Quizás por eso el lector experimenta una extraña serenidad incluso cuando los poemas se aproximan a la muerte, a la pérdida o al desmoronamiento de las certezas. En lugar de clausurar la existencia, esos motivos parecen abrirla hacia una continuidad más amplia, donde la desaparición deja de ser un final para convertirse en transformación… “Adónde va uno cuando se pierde el cuerpo?”, comienza diciendo, para finalizar en: “Acorde en el espejo”. Es claro que estamos frentes a una interrogación retórica, la interrogación transita hacia una sabía respuesta: todo es vibración, música de cuerdas vibrantes que sostienen las apariencias, para retornar lo esencial (pero imperceptible a los sentidos) a la fuente de la que todo emana y a la que todo retorna.
Y así mismo, se observa en este uno de los aspectos más admirables del libro consistente en la forma en que el poeta convierte la naturaleza en un lenguaje de la conciencia. Los árboles, el viento, las aves, la lluvia, las piedras o los ríos no funcionan como simples elementos descriptivos del paisaje. Cada uno participa de una respiración común que termina integrando al ser humano dentro de un mismo organismo universal. La naturaleza deja de ser escenario para convertirse en interlocutora. Habla sin palabras, responde sin imponerse y acompaña al sujeto poético como si ambos compartieran una memoria anterior a cualquier separación. Y vemos así como el poeta transmuta todo, con la naturalidad de las realidades que se corresponden en singular relación. Veamos como, en el poema “Vuelo” (p. 119), se hace esta parte reconocible:
Del blanco al rojo, un pájaro pasa volando, / sombra de nube el cuerpo. / Un hombre duerme y todo vuelve a nacer, / se da vuelta en la cama y giran galaxias. / Pregunta alguien en dónde estamos, / y el viento contesta: en todas partes. / De lo opaco a lo translúcido, la noche pasa volando. / Desde el taxi al éxtasis, toda separación es irreal, ) perdido en la cópula se muere el poema. / Del blanco al rojo, / un pájaro pasa volando y se pierde en los espejos.
Nótese como el poeta convierte el vuelo en la metáfora de una conciencia que atraviesa los estados del Ser sin detenerse en ninguno. El paso “del blanco al rojo” no describe un simple tránsito cromático, sino la mutación de la energía vital que enlaza sueño, cuerpo, galaxias y viento en una misma respiración del universo. La pregunta por el lugar dónde estamos se disuelve en la respuesta del viento, “en todas partes”, revelando que la separación es apenas una ilusión de la mirada fragmentada. Cuando él pájaro termina perdiéndose en los espejos, el símbolo alcanza su mayor Hondura: el espejo, constante en la poética de Espejo ciego, deja de reflejar una identidad fija para convertirse en el espacio donde toda forma se multiplica, se desvanece y regresa al origen. Así, el vuelo no conduce a un destino, sino a la experiencia taocuántica de comprender que el Ser solo se encuentra cuando acepta perderse en el infinito reflejo de la unidad.
A todo dar, y sin dudas, a propósito de la transmutación como uno de los dominios o fuertes de Ángel Concepción Lajara (Yeyé), hallamos en el poema, “Amores escondidos” (p. 63) el corazón radiante de este poemario. Citémoslo a continuación:
Está isla me ofreció la nada y me compró entero. / Isla mía, querida mía, mujer mía, / soy parte de ti, / como un río, un árbol, una piedra, / como los caballos, las garzas y el viento. / Aquí en esta tierra, soy nuevo cada día… / el viejo que fui, se murió ayer cuando dormía. / Con espejos en los ojos y en las manos, / tengo la edad de todos. / Tan viejo y tan niño, ) jugador de dados al mediodía, / con las cartas marcadas / y haciendo trampas en los abismos, / besando niebla, enamorado de nada, / amarrándome el rostro para que no se vaya, / fijo los ojos para que no se vuelen. / Aquí y ahora cuando llega la muerte / con sus ojos violeta, / junto a los muertos amados que vuelven, / a besarte los senos y los labios, / enamorado de esta isla por la que dieron su sueño los mejore. / En este peligrosísimo instante, sueñan las aves / con ser ángeles, / el perro con ser hombre, / el hombre con ser dios / y el corazón sueña con ser la música / que besa tus labios. / Cuerpo de mujer hecho de montañas y llano, / cuerpo frutal, manantial y miel, cañada y árbol, / en tus muslos, querida mía / hay pequeños ríos, trillos, frutas, pájaros; / concédeme, isla mía / la gracia de besar tus piedras como si fueran labios, / y los árboles como si fueran carne, / tierna, isla, tempestad y calma; / ventana rota, en donde el ciclón se asoma, / penitente perdido en tus caderas, / penando penas en un palmar de penas, / y temblorosa llama. / Crucificado en tu dolor más hondo, / lloro por tu historia de muchacha ingenua, / isla tan tierna y rodeada de odio por todas partes. / Aquí estoy ante tus labios de palma y pena, / ahogado en lágrimas / antes de que llegue la mujer de ojos violeta / que en la puerta espera; / permíteme esconder mi amor en tu pecho roto, / mujer mía, querida mía, isla mía / muchacha mía, niña mía.
Aquí, Yeyé despliega una de las vetas más profundas de su creación poética: la disolución de la frontera entre el Ser, la isla, el amor y la muerte. Desde el primer verso, la aparente contradicción, “ Está isla me ofreció la nada y me compró entero”, revela que el vacío no es ausencia sino la fuerza primordial que despoja el yo de su antigua identidad para reintegrarlo a la totalidad. La isla deja de ser geografía para convertirse en mujer, madre, cuerpo y conciencia; es el gran espejo donde el poeta descubre que pertenece al río, al árbol, a la piedra, a los caballos, a los garzas, al viento, es decir, al tejido vivo del universo. Esa integración alcanza uno de sus núcleos simbólicos cuando afirma: “Con espejos en los ojos y en las manos”. En la poética de Espejo ciego, el espejo nunca devuelve una imagen fija; refleja el incesante movimiento del Ser, el instante en que todo nace y muere simultáneamente. Mirar y tocar se convierten en acto de conocimiento, porque tanto los ojos como las manos son superficie donde el universo se contempla a sí mismo. De ahí que el poeta pueda ser “tan viejo y tan niño”: el tiempo lineal se rompe y todos los tiempos convergen en el ahora. El poema se mueve luego hacia un territorio de paradojas, “besando niebla, haciendo trampas en los abismos, / enamorarse de la nada”. Aquí el afecto por la tierra natal trasciende el sentimiento patriótico convencional y se transforma en una experiencia casi corporal. La geografía parece respirar, sufrir, recordar y esperar junto con quienes la habitan. La isla deja de ser únicamente suelo para convertirse en presencia viva, capaz de recibir el amor, el dolor y la esperanza del poeta. Así, la ternura y la crítica conviven sin excluirse. Amar la tierra significa también asumir sus heridas, llorar sus fracturas y mantener intacta la confianza en su capacidad de renacer…
Todo ello explica que la dimensión ética de Espejo ciego nunca aparezca separada de su dimensión estética. La belleza no constituye un adorno añadido al pensamiento; es la forma misma en que el pensamiento respira. Cada imagen parece recordarnos que la transformación interior resulta inseparable de la manera en que contemplamos el mundo y nos relacionamos con los demás… La presencia del teatro vuelve a manifestarse aquí con especial claridad. No solo por la disposición escénica de muchas imágenes, sino porque los poemas parecen construidos desde una profunda comprensión del gesto humano. Cada silencio posee una función dramática; cada desplazamiento de la mirada modifica el sentido de la escena; cada símbolo entra en relación con los demás como si obedeciera a una coreografía invisible. El poeta demuestra que la experiencia teatral no abandona al creador cuando escribe poesía; por el contrario, enriquece su capacidad para organizar el espacio simbólico y dotar a cada palabra de una presencia casi física. El lector no contempla únicamente metáforas: contempla acciones interiores representándose en el escenario de la conciencia. Y, como un hilo invisible que enlaza todas estas dimensiones, permanece la música. No una música ornamental, sino una respiración que sostiene el ritmo profundo del pensamiento poético. Da la impresión de que los versos hubiesen sido escritos escuchando una melodía anterior a las palabras, una melodía donde el silencio posee tanto valor como el sonido y donde cada pausa prepara el nacimiento de una imagen nueva. Esa cualidad convierte la lectura en una experiencia cercana a la contemplación. El poema no apresura; acompasa. No empuja; invita. Y en esa invitación el lector descubre que también él forma parte de esa inmensa partitura donde el universo entero parece buscar su propia armonía.
La poética taocuántica que atraviesa estas páginas no pretende demostrar una teoría ni ilustrar un sistema filosófico previamente concebido. Su fuerza nace precisamente de la capacidad de convertir la intuición en lenguaje, de hacer visible aquello que normalmente permanece oculto bajo las formas habituales de la percepción. En ese sentido, la creación de Ángel Concepción Lajara no busca convencer al lector mediante conceptos, sino conducirlo hacia una experiencia en la que las certezas comienzan a disolverse para dar paso a una comprensión más amplia, más libre y más abierta del Ser. Lo que aparece constantemente es la conciencia de que la existencia constituye una red de relaciones en permanente transformación. Nada permanece inmóvil; todo participa de un movimiento incesante donde nacimiento y desaparición, presencia y ausencia, materia y vacío, memoria y olvido dejan de oponerse para integrarse en un mismo proceso creador. El poema se convierte entonces en el espacio donde esas aparentes contradicciones revelan su unidad profunda, recordándonos que la realidad es infinitamente más compleja y misteriosa que las categorías con las que intentamos apresarla… Y en esa perspectiva, el ser humano tampoco ocupa un lugar privilegiado por encima del universo. Es apenas una vibración más dentro del inmenso tejido de la existencia. Sin embargo, esa aparente pequeñez no disminuye su dignidad; al contrario, la engrandece. Porque al descubrirse parte inseparable del todo, el individuo deja de sentirse aislado y comienza a reconocerse como expresión singular de una totalidad inagotable. La conciencia individual ya no aparece encerrada en sí misma, sino abierta a una dimensión donde cada respiración participa del ritmo universal.
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