Barcelona. Julio del 1999. La ciudad al mediodía abriendo ventanas al mar y cientos de turistas de todo el mundo recorren La Rambla, el paseo obligado desde la Plaza Cataluña hasta el Puerto Marítimo. Mientras los hosteleros de raíces Estat Catalá cierran puertas a los turistas que reclaman habitaciones y restaurantes frente a la arrogante La Rambla, con el pecado capital de no hablar catalán.
En esa trulla de guiris caminantes sin rumbo estamos Magda y yo. Asombrados con las sentencias de los carteles Aquí no es parla Espanyol, Nos preguntamos ¿pero inglés sí?
Al lado de las prohibiciones de parlar castellano, en las ventanas de vidrios y puertas giratorias estaban las sendas etiquetas de Visa MasterCard y American Express. El capitalismo no se pierde ni pierde oportunidad, siempre su valor en oro encima de las tradiciones.
Entonces, y a falta de pan tomaca, casabe. Magda, mi valiente aragonesa y yo – y un chin anti catalana-, decidimos recorrer otra zona de Barcelona para comer y beber algo.
Pateamos la Rambla de Catalunya disfrutando de edificios y del tropel de turistas. Hasta fuimos testigos del arrebato de la cartera de una señora y de la super velocidad del ratero corriendo y saltando obstáculos como ratón con el queso entre los dientes antes de que le disparen. Obvio, seguimos nuestro andar en plan turista sin que nos toque los daños colaterales de la cotidianidad en cualquier lugar del planeta.
Llegamos la Diagonal, ese monstruo de asfalto de once kilómetros que cruza la Condal, Menos guiris y más local. Bares, restaurantes y teatros por todos lados.
Rubén, con su tumbao al caminar
Ante tanta restricción para comer, Nuestros estómagos tronaban y el mareo hacían presencia en nuestros ánimos, Magda y yo, como buenos flaneurs reiniciamos el maroteo gastronómico acompañados por dos humildes botellitas de agua.
Es verano y el calor es bipolar, húmedo y reseco a la vez. Cualquier ciudad que recorramos sentiremos a las hormigas lentas y pegajosas de sudor caminar por nuestras espaldas y el reclamo de las gargantas más secas que las hiedras en un patio de casa abandonada.
Caminando y caminando nos encontramos con el tumbao de Rubén Blades, sí, ese mismo, con sombrerito negro de Panamá y con el tumbao que tienen los guapos al caminar. Blades, muy lejos de la fama y del que quiere saborear una ciudad sin los estragos obsesivos y acaramelados de las grandes multitudes. Ni por asomo le pedimos autógrafos. Lo dejamos seguir su rumbo. Descansar del famoseo y la impostura. Comprendimos el afán de Rubencito de disfrutar de la Barcelona en paz.
A pocos pasos nos topamos con un restaurante que ofertaba comida colombiana denominada almuerzos corrientes o lo que en Santo Domingo llamaríamos plato del día: arroz, habichuelas rojas o negras, carnes y ensalada verde. La versión colombiana consistía en cerdo sudado/frito, arroz, frijoles y una bebida por tan solo 500 pesetas, Todavía el euro no acababa de llegar a las Españas.
-Negro de mi alma ya voy cansadita. Entra y eliges tú lo que sea. Voy a sentarme en este banco. Un beso, luego comemos juntos.
Al poner el primer pie en el lugar llamado La Paisa. una señora bien vestida y peinada como para ir a una boda frenó mi llegada.
-Aquí nos queremos moros ladrones. El atajo verbal cortante, la mirada fría y los brazos cruzados en señal de pare, stop, lárgate.
Sorprendido en territorio ajeno. Primero los catalás y ahora los niches opté por la retirada sin llamar a la caballería.
Reculé. De todos modos, la caballería llegó. Magda observaba la acción desde su banquito de madera y pies de hierro frente al comedor.
– Señora, joder , es mi novio. Se llama José y es dominicano, del Caribe, ¿sabe dónde queda? La profesora Magda, nada agresiva y relajada, pero poniendo las cosas en su justo lugar. Suena cliché. Era necesaria la aclaración.
La pimpinela dama cambia el rostro de arrogancia ante la embestida de la caballería aragonesa. Se transforma en toda sumisión, baja el fuego de los gestos y nos invita a pasar.
-¡Qué pena con ustedes! Me llamo María Camila y esta es La Paisa a su disposición. Es que me han asaltado dos veces y me tienen el mico montao. Pasen , pasen, no se hagan…
Magda, ató su temperamento regio y sacó de su mochila su camarita Kodak Instantánea para tomar varias fotos del local con vistosos carteles en sus paredes de las estrellas del futbol colombiano del momento: Carlos “el pibe”, Valderrama y Asprilla. Paisajes de Antioquia y un brazo de mar que no era otra cosa que el rio Magdalena…y la foto que ilustra esta historia, María Camila y yo frente a su negocito.
Nos hartamos saciando las viejas hambres del día y bebimos las Mahou y San Miguel al punto de que la Pimpinela quería brindarnos de gratis más cervezas y una bandeja paisa repleta de más de sesenta ingredientes.
Solo le aceptamos el café colombiano-demasiado fuerte, por cierto-. Nos apuramos para seguir nuestro camino.
Frente a un supermercado Mercadona nos topamos con Rubencito super diplomático firmando autógrafos a los clientes que salían del establecimiento.
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida…
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