Raphael, Raphael de España. Renuente a las despedidas, y después de superar crisis de salud que parecen no hacerle mella, el cantante ha emprendido gira con un nombre que lo pinta de cuerpo entero: Raphaelísimo. Hace unas semanas deslumbró en la Ciudad de México, donde vivo, y el próximo 6 de mayo seguramente hará lo mismo en el Teatro Nacional de Santo Domingo. A sus más de 80 años, sigue pisando escenarios con esa conjunción única de voz y presencia escénica que ha encantado y acompañado a públicos de múltiples generaciones.

Confieso que le había perdido la pista, pero a mis ojos llegó la publicidad de su concierto. Y esa sola imagen me ubicó en un tiempo añejo, en el Santo Domingo de finales de los años sesenta, cuando un Raphael veinteañero emprendía la conquista de Latinoamérica. Desde luego, una cosa llevó a la otra: el hilvanado de recuerdos entre una época nebulosa, una historia de amor y un cantante que, casi sesenta años después, llena auditorios en un lado y otro del Atlántico.

Es verdad que los recuerdos se construyen con un tanto de realidad y otro de deseo, pero intentaré partir de hechos constatables, como mis primeros pasos en La Fortuna, la finca de mis padres en San José de Ocoa, durante la guerra civil que asoló mi ciudad de Santo Domingo y dividió la población y la geografía del puerto en dos bandos: el constitucionalista, que pretendía regresar el poder arrebatado al presidente-escritor Juan Bosch, y los partidarios del llamado Gobierno de Reconstrucción Nacional, que saldría victorioso con la ayuda de 40,000 marines.

Pero no pienso referir ahora la historia convulsa de mi país en el siglo XX (podría usar el mismo adjetivo para varios periodos desde que el Almirante llegó a sus costas), sino un recuerdo de la infancia que se ubica poco después del regreso de la familia a la Capital ya exorcizada, por las armas, del peligro “comunista”; ya instalado en el poder el gobierno conservador de Joaquín Balaguer y de la Nunciatura Apostólica —no por casualidad colindaban, en la Avenida Máximo Gómez, la casa presidencial y la representación del Vaticano—. En ese entorno viví la primera de mis ensoñaciones.

La culpa fue de mi nana, a quien llamaré aquí Ada. O quizá de mi madre, que le encomendó mi cuidado. El caso es que ella —una joven de color moreno lavado y facciones blancas, pelo crespo acotado en un peinado precursor del afro (no desbordado, entiéndase, sino constreñido a un casco compacto sobre el cráneo), magra de carnes, enfundada en el recato— tenía debilidad por Raphael Martos, el Niño de Linares.

Como la astucia no riñe con la decencia, Ada encontró en sus labores cotidianas el pretexto y la manera de desfogar la pasión: cada semana, en un lapso que no podría precisar, me vestía de punta en blanco (faldita escocesa, sombrerito con arandela y zapatitos de charol), salía conmigo de la mano por la calle Las Carreras y enfilaba oronda por la Avenida Independencia. Unas cuadras recorridas hacia el oriente, ya pasados los Helados Cremita y el Cementerio, sus dedos apretaban mi mano regordeta y con la voz siempre excitada, siempre temerosa de que un rayo se atravesara entre ella y el ejército de arcángeles, me decía: “Llegamos. Vamos a ver a Raphael”.

El Cine Independencia era por esos días —o así lo recuerdo— un salón elegante: techos que desde mi estatura escasa percibía enormes; cortinas rojas, oropel aquí y allá, paredes pobladas de carteles con fotografías de los actores o cantantes de moda en el cine mexicano, argentino o español, y una menuda taquillera merecedora, ahora lo pienso, de mejores afanes. Ella nos vendía los tickets al paraíso.

Una vez sentadas en aquellas butacas de madera —no recuerdo comer nada, por lo que deduzco que la moda del popcorn no había tomado aún las salas de cine—, contentas las dos, la espera culminaba con la apertura del telón —rojo, por supuesto— que se deslizaba chirriante sobre la barra de sostén. Y en la oscuridad oíamos los acordes asordinados por el aire acondicionado, aparecían las letras que yo empezaba a descifrar y con ellas la magia: ahí estaba Él, hermoso, en primer plano, con sus ojos en los míos —y en los de Ada y en los de cada uno de los ilusos ocupantes de la sala—; Él, siempre inmerso en alguna entelequia amorosa que era el pretexto para que su voz —llena ella de gloria— desgranara con escasas pausas forzadas por el guion su digan lo que digan, su cierro mis ojos, su cuando tú no estás, su como yo te amo, su mi gran noche, su sin Laura  —esta canción me afectaba especialmente porque me parecía que alguna enfermedad separaba a los enamorados, lo cual desataba los sollozos de mi acompañante—.

Hay que acotar que aquella era una época amable para la industria musical y que éramos un público pleno de noble ingenuidad. Si no, no se explica cómo pudieron ser éxito de taquilla tantas versiones de la misma historia y con el mismo protagonista. En fin, que a partir de la visión recurrente de su filmografía, me aprendí todas las piezas del luego Divo de Linares e incorporé a mi repertorio de villancicos y éxitos de Marisol y Pili-y-Mili sus poses, sus caídas de ojos, el coqueteo con la cámara, el quiebre de muñeca andaluz. El  performance, que repetían muchas niñas (no sé si niños) de aquellos años, cosechó aplausos complacientes e hizo el deleite de propios y visitantes ante quienes me exhibía con salero en la sala de mi casa.

Raphael.

Pero ésta es una historia de amor y como tal no está exenta de tristeza: acompañé a Ada, solidaria en su dolor, tras el anuncio de la boda del cantante con una rival llamada Natalia, y mojamos de lágrimas mi jumper amarillo cuando, mientras me abrochaba los tirantes, me contó entre jipidos desconsolados que al pobre Raphael lo operarían de las cuerdas vocales —demás está decir que la operación fue un éxito—.

Tiempo después —no sabría decir cuánto—, Ada superó la infatuación o se resignó a la imposibilidad del amor. Yo, por mi parte, aprendí a vestirme sola, me mudé con la familia unas calles más al oeste, adquirí de las carmelitas el concepto de pecado original y doblé culposa mi gusto por el cantante; lo resguardé en el clóset y tuve el cuidado de cubrirlo con capas de disco, trova, reggae, rock-en-tu-idioma, rollingstones, polices, nirvanas, merengues, vallenatos, bachatas y worldmusics. Pero las vivencias tempranas —las sombras queridas de cada quién, diría Cortázar— tienen la gracia de aparecerse sin mucha provocación, y aún me sorprendo alguna vez susurrando ese cierro mis ojos que trae consigo el olor dulzón del demolido Cine Independencia.

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Sobre la autora

Carmina Estrada.

Carmina Estrada (Santo Domingo, República Dominicana) es editora. Realizó estudios de Arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y de Teatro en la UNAM y en el Núcleo de Estudios Teatrales. Vive en México. Se ha desempeñado como editora en las revistas Universidad de México y Punto de partida, y como jefa de redacción en Los Universitarios. Ha publicado las antologías Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes de México (UNAM, 2005) y Transfronterizas. 38 poetas latinoamericanas (UNAM, 2016); tradujo al español el libro A History of Architecture, de S. Gardiner (Trillas, 1994), es coautora del libro de arte Un lugar común. 50 fotógrafos y la Ciudad de México (A Punto Editorial/Gobierno de la CDMX, 2015). Actualmente está al frente de la Unidad de Revistas y Publicaciones y coordina el Proyecto Punto de Partida en la Dirección de Literatura de la UNAM. Publicaciones editadas por ella, tanto literarias como catálogos de arte, han recibido diversos reconocimientos de la Cámara de la Industria Editorial mexicana y el INAH.

Carmina Estrada

Editora y arquitecta

Carmina Estrada (Santo Domingo, República Dominicana) es editora. Realizó estudios de Arquitectura en la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña y de Teatro en la UNAM y en el Núcleo de Estudios Teatrales. Vive en México. Se ha desempeñado como editora en las revistas Universidad de México y Punto de partida, y como jefa de redacción en Los Universitarios. Ha publicado las antologías Un orbe más ancho. 40 poetas jóvenes de México (UNAM, 2005) y Transfronterizas. 38 poetas latinoamericanas (UNAM, 2016); tradujo al español el libro A History of Architecture, de S. Gardiner (Trillas, 1994), es coautora del libro de arte Un lugar común. 50 fotógrafos y la Ciudad de México (A Punto Editorial/Gobierno de la CDMX, 2015). Actualmente está al frente de la Unidad de Revistas y Publicaciones y coordina el Proyecto Punto de Partida en la Dirección de Literatura de la UNAM. Publicaciones editadas por ella, tanto literarias como catálogos de arte, han recibido diversos reconocimientos de la Cámara de la Industria Editorial mexicana y el INAH. carmina.estrada@gmail.com

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