Pensar el Caribe, imaginar el Caribe, se corresponde con una vieja idea. Es lo mismo que razonar sobre la ficción. Por eso, hablar de la obra de Alejo Carpentier (1904-1980), es hablar de un hombre que ha creado del Caribe una isla ampliamente expandida en la imaginación colectiva a uno y otro lado del océano. Quiérase o no, Carpentier es el gran novelista latinoamericano que trazó, más que ningún otro, los posibles signos imaginarios de la novela moderna y con ellos abrió el camino de la épica narrativa en el continente. Estableció la novela como plataforma fundamental para cuestionar la historia latinoamericana. Pero sobre todo, la novela como emblema de una cultura: como ceremonia ritual, como trampa verbal y como escenario de una cosmogonía incorporada a los grandes temas universales.
Y, hasta cierto punto, lo logró, porque creó escuela y ejerció un magisterio necesario en los escritores posteriores a su época, diríamos los escritores del Boom. En su periplo como intelectual y narrador, Carpentier logró desatar una ola de verdaderas hazañas conceptuales sobre el quehacer del novelista, sobre el papel de la novela y sobre la visión que esta debía tener para enganchar en el pensamiento, para moldear la conducta social y establecer una estética propia. Es necesario señalar que su papel fue imperecedero en su interés por convertir la novela en espejo de las grandes multitudes y de las inquietudes del hombre, en el afán de sus luchas políticas, en espejo de sus sueños y de sus utopías. Más bien, Carpentier impuso la razón de ser del novelista latinoamericano del siglo XX, cuando logró que comenzáramos a visualizarlo en una onda mucho más expansiva, en la inquietud por convertir nuestras necesidades culturales en necesidades espirituales, lo que salvó en cierta medida el acierto prospectivo del hombre latinoamericano.
El efecto fue que Carpentier nos liberó de ciertos complejos, nos salvó de los tabúes y de las taras intelectuales. Así, enalteció el deseo de ser de los latinoamericanos y abrió los campos inéditos de nuestra imaginación creadora. De repente se convirtió en signo y arma de la novela; en el emblema curtido de una poética narrativa, única e impaciente en su ritmo adelantado y cadencioso. El barroco caribeño de Carpentier es también el barroco de la melancolía, es el signo histórico de los atardeceres, en los patios, en las tabernas cargadas de son. El que refleja la pasión del hombre y su lucha por situar la cultura en un lugar ideal del universo como tal. Mackandal representa el fuero teológico del poder de una literatura, el fuero espiritual de una lucha ancestral. El poder que anuncia el rito primigenio de las almas caribeñas. Representa a su vez la determinación de una raza y la voluntad de poder de su gente; el grito, el llamado de los fantasmas venidos del más allá.
El Caribe también nació en la imaginación de Alejo Carpentier. Antonio Benítez Rojo lo define como la mágica luna de todas las geografías posibles, supérfluas e hiperbólicas, en la que la imaginación y los sueños se confabulan, se bifurcan en uno de los ejemplos más cercanos de la mejor expectativa borgeana. El Caribe es más que tierra y sol. Es enunciación, eco lejano del grito y de la mirada profunda que acicatea el dolor del esclavo cicatrizado en la piel.
Como gran novelista, Alejo Carpentier nos ayudó a construir los espacios caribeños, nos enseñó, entre otras cosas, a crear territorios imaginarios. Nos hizo ver con ojos de asombro la magia de la vegetación tropical: los pantanos, los bosques llenos de alimañas, la selva tupida de ramas, envuelta en huracanes y lluvia cristalina. También nos hizo imaginar los arroyos y los ríos profundos del paisaje telúrico, junto a los escandalosos papagayos. Trazó gráficamente la ruta del esclavo mientras este corría espantado de los azotes del verdugo colonialista y eso legitimó el ideal de defensa del hombre, en aras de abrazar el anhelo de libertad con el que soñaba. Si Mackandal representa la magia y la esperanza de una cultura milenaria y ancestral, Ti Noel, en cambio, es el diseñador y ejecutante verbal de la leyenda liberadora, aquella que aglutinó los mitos de la Revolución Haitiana del siglo XIX.
Con Alejo Carpentier terminó para siempre la época de los localismos y los lugares comunes en la narrativa. Amplió nuestro horizonte; abrió así el ángulo de la visión de la nueva novela latinoamericana. Incluso llegó a pensar que “en América el hombre puede crear un destino propio. Puede elegir su vida como los personajes de Rilke elegían su muerte”. Una idea que pudo calar en el espíritu y en el ámbito de la nueva literatura, de la que se hicieron eco García Márquez en el pueblo de Macondo y su mundo mágico; Juan Rulfo en la misteriosa Comala y Onetti con la solitaria Santa María. Sin embargo, Carpentier fue más allá. Pensar que “el hombre puede crear un destino propio” fue uno de los gérmenes que también cuajó en tantas utopías políticas y revoluciones armadas que hicieron de Centroamérica y el Caribe “la patria de las revoluciones”, las que constituían a su vez los sueños sociales y la esperanza de los hombres. Bajo ese concepto abrió campo la poesía social, cuya escuela se concretó para combatir los desmanes de tantos déspotas y tiranos en las voces de destacados poetas de nuestra América que hicieron de la poesía una marca de la protesta política y cultural.
En pocas palabras, Carpentier contribuyó como ningún otro escritor de la época a ensanchar el destino de una literatura, lo que significó un paso de avance para la consolidación de una cultura, poco después de que descubriera en París los moldes huecos del surrealismo francés, a los que calificó de “aburrida artimaña literaria al prolongarse como cierta literatura onírica ‘arreglada’ y a ciertos elogios de la locura”.
Carpentier siempre estuvo consciente de que “el arte americano fundamentalmente es un arte de revelación y ensoñación; un arte eminentemente apasionado que nos remite a lo epifánico”, un concepto ampliamente trabajado por Borges y por Cortázar en cuentos memorables como El milagro secreto, La casa de Asterión, Lejana, Grafitti y Los pasos en la huella.
Sus obras fundamentales responden en buena medida a esa idea de instalar un proyecto narrativo acorde con la evolución de la cultura, pero sobre todo que ayudó a legitimar el trabajo del hombre caribeño en su afán por construir una identidad propia que robusteciera los acordes de nuestra historia. Desde la música, la artesanía, la arquitectura, la pintura, las manifestaciones populares como el carnaval de nuestras islas hasta la literatura, sobre todo la poesía que en un principio sirvió como himno para afianzar las luchas políticas, hasta los simbolismos ideológicos, los que en definitiva sirvieron de plataforma a las viejas utopías.
Muy temprano, Carpentier entendió que lo real maravilloso debía ser una forma específica de instalar en el Caribe una literatura un tanto especulativa y en poco tiempo lo logró al fusionar el carácter histórico de la cultura con el carácter imaginario de la ficción novelesca, cuyo resultado fue la nueva dimensión de la novela latinoamericana, para colocarla muy sugestivamente por encima de una orda universal, desde un lenguaje barroco, apretado, cargado de signos y abundantes sugerencias de sentidos que contribuyeron a que la novela se convirtiera en un artefacto educativo y de orden didáctico, al proponer un nuevo método para enfrentar, visualizar y cuestionar la historia latinoamericana y al mismo tiempo lograr convertir la novela en un instrumento pedagógico para salvar la educación y la cultura continentales.
Desde muy joven, Carpentier fue un viajero incansable, un investigador acucioso y objetivo, quien estudió de manera minuciosa la música de todas las Antillas, especialmente la de Cuba y más allá. Desde México hasta Brasil; de Argentina a Chile, incluyendo a Venezuela, donde vivió por mucho tiempo. Precisamente allí, en ese Caribe “cargado de huracanes”, fue donde verificó a fondo un amplio programa de intermigración de ritmos y tradiciones orales que incorporó a la novela, acorde con un lenguaje acompasado, melodioso y sonoro, el cual quedó ampliamente demostrado en su bien sonada Concierto barroco.
La labor de Carpentier como intelectual orgánico de una cultura no dejó de ser un hecho valioso que generó estruendosas polémicas sobre el papel que debía jugar el intelectual latinoamericano, sobre todo en la época de la llamada Guerra Fría, donde los ejes políticos luchaban por consolidar sus hegemonías en el Caribe. Allí estuvo Carpentier, atento, presto a consolidar con sus ideas esa posición ética de intelectual independiente que tanta falta hizo en esa época y que hoy, varias décadas después, sigue siendo una tarea pendiente y necesaria en nuestra vida cultural.
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