Inspirado en la segunda carta de Cartas a Evelina (Francisco Eugenio Moscoso Puello, 1941)

10 de noviembre, 1941

Querido Francisco:

Tu carta me ha llegado en el mejor momento y me ha servido como un bálsamo para calmar el dolor que azota mi ser. Estoy tan exhausta de añorar, Francisco, que mi cuerpo ha desistido y ahora me encuentro en cama. Temo que he olvidado lo que es la felicidad, ya que nada más que las cartas que me escribes me alegran, tiñen mis días de amarillo y me dan fuerza para comer. Oh, Francisco, no sabes cuánto me duele.

Desde que abandoné nuestra tierra, he perdido el rumbo y leer como te refieres a ella como tuya me quema. Ella también es mía, yo también la amo, pero ya no se si me ama de vuelta. Ahora solo me encuentro a mí misma en una constante búsqueda por algo que sé jamás encontraré en este lugar. Tanto he soñado yo con su figura, su pelo y su olor que su sombra veo en todos lados. Mi espíritu se encuentra debilitado, Francisco, porque estoy demasiado lejos de casa.

¿De qué sirve caminar si no puedo sentirla? Por lo que me he encadenado a la cama blanda que este país extranjero me ha dado. Dices que tiene en común con el resto de los países del globo, el sol, la luna, las estrellas, pero sabes muy bien que mientes. ¿De qué sirve tomar el sol si no es el caribeño? Este que entra por mi ventana me drena la vitalidad y mi oscura piel aclarece. Aquí, todo es ajeno. No me siento segura ni amada. ¿Puedes creerlo? Yo no podría tender una hamaca en la cuchilla de monte y amanecer viva, Francisco. Aunque amenazada, allá era libre. Aquí la gente tiene miedo de quien duerme a su lado.

Este lugar me recibió, pero no puedo amarlo. El paisaje me parece muerto, los colores apagados y los gemidos del viento sombríos, tanto que antes de caer en cama, fingí durante mucho tiempo que había creado una vida aquí. Encontré un hombre, al cual no amo porque no es mi igual, y tuve hijos que solo he podido amar a la mitad, mí mitad. Lamento tanto que no puedan ver las montañas donde jugábamos y los ríos donde nos lavábamos el sudor. Sin embargo, querido, tus palabras han traído buenas memorias que puedo usar para mostrarles la verdadera belleza. Ellos aman este país, pero sé que amarían más nuestra tierra.

Este es un país rico que no fue abandonado por la conquista, pero la yuca, la batata, el ñame y el plátano me saben amargos. Aquí no se quema incienso para apartar los espíritus perniciosos ni son fieles a sus tradiciones. Aquí no curan los gusanos ni hacen abortar el ganado vacuno con una buena pócima de corteza de Juan Primero, como tampoco conservan todo el año una cruz hecha con cogollos de palma en la puerta del aposento o en la cabecera de la cama o del camastro. Aquí la vida no es sencilla y hay muchas necesidades absurdas impuestas por unos pocos.

No hay un solo día en que no sueñe en volver y sentirme completa de nuevo. Mi alma no ha perdido la esperanza de reencontrarme contigo y con los rostros que deje atrás. Mientras tanto, tus cartas son un alivio y me mantienen conectada profundamente con la tierra que es parte de mí.

Gracias, querido, por tus palabras que mantienen con vida este cascarón al que yo llamo cuerpo. Pese a lo anterior, deja de hablarme como si fuera una extranjera de una tierra lejana.  Yo no soy tonta. Yo sé quién es Juan Pablo Duarte. Yo soy dominicana y moriré siéndolo. Sé que me amas y quieres protegerme, pero yo no tengo miedo de que vengan por mí.

Deseando verte pronto, me despido.

-E

Gabriela Álvarez Hidalgo

Gabriela Álvarez Hidalgo es estudiante de la Licenciatura en Lengua y Literatura orientada a la Educación Secundaria en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM). gabrielaalvarez.edu@gmail.com

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