En ocasiones, los términos onomástica y antroponimia aparecen utilizados indistintamente, como si fueran sinónimos, sin considerar que una de las dos disciplinas forma parte de la otra.

Desde el punto de vista etimológico, el término onomástica (del gr. ὀνομαστικός, y este de la raíz ὀνομα [ónoma]: ‘nombre’) se refiere al estudio de los nombres, en general. Sin embargo, según la interpretación académica, el significado de la palabra se ha restringido para aludir de forma exclusiva a los nombres propios. En el diccionario de la Academia se registra, por un lado, la definición de ciencia que trata de la catalogación y estudio de los nombres propios; y por el otro, el vocablo aparece descrito como conjunto de nombres propios de un lugar o de un país. En este sentido, se puede investigar la onomástica dominicana o la indígena, por ejemplo, y para ello se deben examinar los nombres propios correspondientes, no solamente los de las personas (Pedro, Teresa, María, Caonabo), sino también los nombres geográficos: de los países (Haití, Cuba), de las ciudades (Santo Domingo, Baní, Santiago, Samaná), de los ríos (Ozama, Yaque del Norte, Yuna), las montañas (Pico Duarte, Cordillera Septentrional), etc.

En el empleo corriente de la lengua, el término delimita incluso más su sentido y se utiliza igualmente para hacer referencia al día en que una persona celebra su santo. En Hispanoamérica es usual con este significado la versión morfológica masculina onomástico: “El día 13 de junio celebran su onomástico quienes llevan el nombre Antonio”. En España, se prefiere en este contexto la forma femenina onomástica.

Por su parte, la antroponimia (del gr. ἀνθρωπο [ántropo]: ‘hombre’, y ὀνομα [ónoma]: ‘nombre’) aparece definida de manera específica como el estudio del origen y significación de los nombres propios de persona y, además, como el conjunto de nombres propios de persona. Del mismo modo, la toponimia (del gr. τόπος [tópos]: ‘lugar’, y ὀνομα [ónoma]: ‘nombre’) se describe como el estudio del origen y significación de los nombres propios de lugar, o el conjunto de los nombres propios de lugar de un país o de una región (ciudades, ríos, montañas, etc.).

Se puede concluir que la onomástica forma parte de la lexicografía, que es la rama de la Lingüística encargada de la colección y análisis de las palabras con miras a la composición de diccionarios. Se ocupa del estudio de los nombres propios, sean de la clase que sean. Y comprende, a su vez, varias subdisciplinas que se concentran en áreas específicas. Entre estas, sobresalen dos ramas principales: la antroponimia, encargada del análisis de los nombres propios de persona, a los que a veces se alude con la expresión nombres de pila, en referencia a la pila bautismal; y la toponimia, que tiene la encomienda de investigar los nombres propios geográficos. De acuerdo con lo expuesto, la antroponimia es una rama particular que forma parte de la onomástica.

De forma esquemática, para representar la relación existente entre las distintas disciplinas a las que se acaba de hacer referencia, sirve trazar una secuencia semánticamente descendente en la que cada término es un hipónimo del anterior:

Lingüística > lexicografía > onomástica > antroponimia

Tal como sucede en otras áreas, no es mucho lo que se conoce con objetividad en el campo de los nombres propios de persona utilizados en la República Dominicana. En la primera mitad del siglo XX, Henríquez Ureña reunió algunos materiales sobre el tema acudiendo, como siempre, a su aguda capacidad de observación y a la búsqueda de información bibliográfica. Sus datos le permitieron afirmar que, durante los primeros siglos coloniales, los antropónimos en el país eran principalmente españoles: Agustín, Antonio, Beatriz, Domingo, Felipe, Félix, Francisco, Isabel, Joaquín, Juan, Lucía, Luis, Margarita, María, Miguel, Pedro, Teresa. Añade que la costumbre de utilizar el almanaque para poner el nombre del santo del día, parece que comienza en el siglo XVIII. Esta práctica trajo como consecuencia entre personas de niveles sociales bajos ciertas confusiones. Algunas definiciones de actividades de los santos se convirtieron en nombres propios, como Confesor y Evangelista. Por otra parte, se popularizaron combinaciones de influjo religioso, al estilo de Jesús María, José María, José de Jesús, Francisco de la Cruz, y nombres femeninos relativos a advocaciones de la Virgen: Altagracia, Mercedes, Amparo, Esperanza. No han faltado tampoco nombres de la antigüedad clásica, como Arístides y Héctor; germánicos, como Alberto, Ricardo; geográficos, del tipo Argentina, Grecia, Italia; y, aunque son menos frecuentes, algunos de origen indígena, como Anacaona, Hatuey, Caonabo, Guarionex.

Fue necesario esperar hasta inicios del siglo XXI para encontrar el primer estudio formal realizado sobre el tema de la antroponimia dominicana. Se trata de una importante investigación de María J. Rincón (2002), quien trabaja con un corpus compuesto por 10,404 nombres de mujeres dominicanas nacidas entre los años 1945 y 1995. Los datos fueron extraídos, según las palabras de la autora, ‘directamente del pasaporte de cada una de ellas, cuya información es tomada del acta de nacimiento original’. Siguiendo el criterio utilizado por Boyd-Bowman (1970), la investigadora clasifica el corpus en tres categorías según se trate de un nombre simple, formado por un solo elemento (Juana, Altagracia); de un nombre doble, con dos elementos (Ana María, María Elena); o de un nombre múltiple, compuesto por tres o más palabras (Ana María Mercedes). El análisis cualitativo del material le permite descubrir las fuentes principales de la antroponimia femenina dominicana. En primer lugar, aparece el santoral católico, que aporta los nombres más frecuentes de todo el corpus: María, Altagracia, Carmen, Mercedes, Margarita, Josefina, Isabel, Juana, Ramona, Francisca. Otras fuentes, que pueden ser consideradas secundarias por su menor aportación cuantitativa, son la toponimia y la flora. Dentro de estas categorías aparecen nombres geográficos, como Argentina, Francia, Venecia, Argelia; y de flores, como Magnolia, Orquídea.

En la actualidad, los antropónimos despiertan mucho interés entre los dominicanos. Así hace pensar el hecho de que, si es verdad que la escasez de análisis objetivos producto de una metodología rigurosa resulta innegable, también es cierto que con relativa frecuencia se publican sobre el tema reportes de prensa, reseñas periodísticas, comentarios de cibernautas. Y en el plano oral, son muy frecuentes las conversaciones informales en las que se expresan las más diversas consideraciones anecdóticas, casi siempre para destacar la extravagancia de los nombres usados en el país. Con este fin, se indican en plan jocoso ejemplos como Expreso Cotidiano, Bienvenido al Mundo, Disney Landia de Jesús, James Bond Cero Cero Siete, Lluvia de Oro.

Algunas personas piensan que la práctica de imponer nombres raros a sus hijos revela un afán de los dominicanos por destacarse de los demás. Pero esta rápida conclusión se apoya, entre otros, en dos presupuestos fundamentales que habría que confirmar. En primer lugar, se supone que el uso de nombres extraños es una conducta exclusiva de la República Dominicana y, por otro lado, se da por sentado que se trata de un fenómeno generalizado y muy habitual en el país. La verdad o la falsedad de la primera suposición no pueden ser demostradas aquí. Para ello habría que realizar el mismo estudio en los demás países. De cualquier manera, nunca conviene olvidar que en todas partes se cuecen habas. En Cuba, por ejemplo, se sabe que en las últimas décadas se han difundido nombres de pila extraños, como Odlanier, Aledmys, Usnavi, Olnavi, Disami. Uno de los trabajos en este campo es el de Camacho Barreiro (2003). Recientemente, la investigadora declaró, en una entrevista publicada en el periódico oficial Juventud Rebelde (4 de mayo del 2012), que «la antigua tendencia de consultar el santoral se ha olvidado». En la actualidad, «hay cierta preferencia por generar nombres únicos, poco comunes». Se han popularizado, agrega la autora, nombres tales como Mayren o Noslen. El primero es un híbrido a partir de la contracción de Mayra y René; el otro es Nelson invertido. De acuerdo con el proceso de contracción, Greydel proviene de Gretel y Delma; Lenia, de Alejandro y Tania. El otro procedimiento permite formar Airam, de María al revés; Leunam, de Manuel. También ha sido constante durante varias generaciones la moda de los nombres iniciados con la consonante ye. Son ahora tradicionales en Cuba: Yamisel, Yanisey, Yadel, Yander, Yirmara, Yoanni, Yosbel, Yolaide, Yoelkis, Yohendry, Yumilsis, Yumara, Yulieski, Yuset.

En cuanto al segundo postulado, de que el uso de nombres raros es muy abundante en la República Dominicana, habría que comprobar si tales denominaciones representan una realidad habitual o constituyen un hecho esporádico que no autoriza la formulación de generalizaciones gratuitas sin fundamento objetivo. En todo caso, sea cual sea la dimensión de esta tendencia a elegir nombres no convencionales, el fenómeno resulta fácil de entender. No hay dudas de que el antropónimo constituye una de las marcas primordiales de la identidad personal y social de un individuo. Y el vínculo tan estrecho que se establece entre la persona y su nombre permite deducir que la elección de formas originales es probablemente consecuencia de un intento, de parte de algunos padres, de que el apelativo asignado a sus hijos sea irrepetible, exclusivo. De esa manera, esperan contribuir tal vez a perfilar la identidad individual, única, de sus descendientes.

Los resultados generales de una investigación recogida en mi libro Nombres Propios de Persona en la República Dominicana (2013) indican que, en las tres generaciones estudiadas, María es el nombre femenino más frecuente y José lo es entre los masculinos. A María le siguen Ana y Carmen; y a José, Juan y Rafael. En este aspecto, la semejanza con la realidad española no puede ser mayor. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicados en la edición digital de El Mundo (23 de mayo, 2013), los tres nombres que más se repiten entre las mujeres de España son María, Carmen y Ana; entre los hombres, José, Antonio y Juan.

En el caso del segundo elemento de nombres compuestos, María permanece como la elección preferida en los antropónimos femeninos dominicanos (Lidia María, Rosa María). Sin embargo, entre los de hombres, José desciende a la posición número cuatro y Antonio se convierte en la opción más frecuente (José Antonio, Juan Antonio, Ramón Antonio).

La siguiente conclusión a la que conducen los resultados de este estudio es que muchas de las informaciones que han circulado hasta ahora presentan una imagen distorsionada de la realidad de los antropónimos utilizados en la República Dominicana. En dichas observaciones se exagera la presencia de nombres extravagantes y extraños. Cuando se maneja un corpus amplio de datos recopilados por medio de encuestas directas y no seleccionados intencionalmente, se descubre que los nombres utilizados con mayor frecuencia son los tradicionales, los provenientes del santoral católico: María, Ana, Carmen, Altagracia, Mercedes, Rosa, José, Juan, Rafael, Luis, Francisco, Manuel, Antonio. No se puede negar que existen casos chocantes, por raros y sorprendentes, como Rhadaisis, Rysol Yanyrys, Tárcida Iluminada, Urbano Enrique, Ausencio Expedito. Pero, dentro del conjunto global, estos constituyen casos esporádicos sin relevancia estadística.

En lo que respecta a la influencia del factor sociocultural en la antroponimia dominicana, se puede concluir que su efecto es mayor en las nuevas generaciones que en las mayores. En este sentido, aunque con distinto grado de fuerza, en los tres grupos socioculturales de mujeres jóvenes se transparenta la huella anglosajona: Emily, Katherine, Jennifer, Nathaly, Wendy. Sin embargo, el grupo social bajo refleja también la presencia del santoral católico a través de algunos nombres tradicionales como Juana, Carmen y Mercedes. La situación es ligeramente diferente cuando se trata de los nombres masculinos de la tercera generación, que muestran mayor afinidad que los femeninos entre los diferentes grupos sociales y tienen mayor presencia de elementos procedentes del santoral. A pesar de todo, sin embargo, los tres nombres masculinos exclusivos del grupo alto (Erik, Iván, Ruddy), señalan un punto de contacto con los femeninos correspondientes ya que tampoco provienen de la fuente tradicional religiosa.

Como conclusión final es razonable afirmar que las prácticas antroponímicas dominicanas han sido afectadas de manera significativa por el proceso de secularización y por la progresiva influencia norteamericana que ha experimentado y sigue experimentando la sociedad desde hace décadas. Y, por distintas razones, parece que la intensidad con que actúan esos factores aumenta en la medida en que se asciende en la escala sociocultural.

Para mayor información sobre el tema, se puede acceder al libro citado, que cuenta ya con más de 54,000 descargas, haciendo clic en este enlace https://scholarsarchive.byu.edu/books/6/.

Orlando Alba

Linguista

Orlando Alba es un lingüista dominicano, socio de Honor de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina, ALFAL, miembro de la Academia de Ciencias de la República Dominicana y académico correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua. Fue condecorado por el Estado dominicano con la Orden de Duarte, Sánchez y Mella, en el grado de Comendador. Ha sido catedrático de la PUCMM y de Brigham Young University. Su bibliografía incluye numerosos artículos en revistas especializadas y más de una docena de libros que analizan, principalmente, temas relativos al español dominicano. Con motivo de su jubilación, un grupo de colegas reconoció su carrera académica de más de 40 años con la publicación del libro ‘Estudios de lengua y lingüística españolas – Homenaje a Orlando Alba’ (Ed. Peter Lang SA).

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