Hay películas que utilizan una profesión como simple adorno. Un médico que podría ser abogado, un escritor que nunca escribe y un músico cuya relación con la música resulta tan superficial que uno termina preguntándose por qué no lo hicieron vendedor de seguros. El afinador no comete ese error. Su protagonista no es afinador de pianos por casualidad: la película piensa, respira y construye buena parte de su universo a partir de la idea de la afinación.
Y eso importa.
Porque afinar no significa simplemente corregir un sonido. Afinar supone encontrar el orden dentro de una serie de frecuencias, conseguir que elementos distintos entren en armonía y detectar, con precisión casi obsesiva, aquello que está fuera de lugar. En El afinador, dirigida por Daniel Roher, esa idea termina convirtiéndose en una metáfora de la vida de Niki, un joven músico cuya extraordinaria capacidad auditiva y su sensibilidad extrema al sonido han transformado aquello que debería ser un don en una especie de condena.
Niki escucha demasiado. Ese es, en esencia, su problema.
Y también es su oportunidad.
La película parte de una premisa que, sobre el papel, podría resultar ridícula: un afinador de pianos descubre que su oído excepcional puede permitirle descifrar los mecanismos de una caja fuerte. Hollywood ha convertido en héroes a personas que dominan la velocidad, la puntería, la informática o el arte de recibir golpes sin ir al hospital, así que no hay que escandalizarse demasiado. Lo interesante aquí es que la película intenta desarrollar esa habilidad desde una dimensión sensorial y humana. Niki no posee un superpoder; posee una sensibilidad que le impide relacionarse con el mundo como los demás.
Lo que otros consideran ruido, para él puede ser dolor. Lo que para los demás es un simple sonido mecánico, para Niki es información.
Ahí comienza el verdadero atractivo de El afinador. No tanto en el argumento criminal, sino en la manera en que la película intenta construir una experiencia cinematográfica desde la escucha.
En una industria audiovisual que suele obsesionarse con la imagen, el sonido continúa siendo, paradójicamente, uno de los grandes subestimados del cine. A veces parece que una película puede sobrevivir con un guion mediocre, una fotografía bonita y tres canciones conocidas puestas en los momentos adecuados. El sonido, mientras tanto, suele permanecer como un empleado silencioso del espectáculo: si hace bien su trabajo, nadie habla de él; si lo hace mal, el espectador sale diciendo que “había algo raro”.
El afinador entiende que el sonido puede ser mucho más que acompañamiento. Puede convertirse en narración.
Los mecanismos de las cajas fuertes, el piano, el tráfico urbano, las conversaciones y los silencios dejan de ser elementos secundarios para convertirse en parte de la percepción de Niki. La película intenta hacernos escuchar como él. Esa es una de sus decisiones formales más inteligentes. El thriller no depende exclusivamente de persecuciones, armas o personajes hablando por teléfono mientras alguien, misteriosamente, dice: “No tenemos mucho tiempo”. A veces la tensión consiste simplemente en escuchar.
Y escuchar, en esta película, puede ser peligroso.
La hiperacusia de Niki funciona también como una condición existencial. El personaje vive atrapado en una contradicción: posee una relación privilegiada con el sonido, pero esa misma sensibilidad le produce sufrimiento. Ama aquello que puede destruirlo. Es músico, pero la música no siempre es refugio. Es afinador, pero parece incapaz de afinar su propia vida.
Leo Woodall sostiene al personaje con una combinación efectiva de vulnerabilidad y ambición. Niki nunca termina de convertirse en un héroe convencional, y eso es un acierto. Hay algo frágil en él, pero también algo oportunista. Es un personaje capaz de despertar empatía y sospecha al mismo tiempo. La película no lo idealiza por su talento. Tener un oído extraordinario no convierte automáticamente a nadie en una buena persona. Tampoco tocar Bach evita que uno tome decisiones estúpidas. La historia del arte está llena de pruebas.
La relación con Harry, interpretado por Dustin Hoffman, introduce uno de los mejores registros de la película. El vínculo entre ambos permite que el relato respire y que la tensión criminal no devore por completo la dimensión humana. Harry funciona como mentor, figura afectiva y contrapunto generacional. Hoffman, incluso cuando no tiene que hacer demasiado, posee esa capacidad de llenar la escena con una especie de energía acumulada. No necesita recordar constantemente que es Dustin Hoffman; el público ya lo sabe y, afortunadamente, él también parece haberlo olvidado lo suficiente como para interpretar.
La película encuentra en esa relación momentos de auténtica calidez. Antes de convertirse plenamente en un thriller, El afinador parece interesada en la soledad, la vocación, la música y la búsqueda de un lugar en el mundo. Esa primera parte posee una personalidad particular. El relato criminal todavía no ha impuesto todas sus reglas y el filme puede moverse entre distintos tonos con relativa libertad.
Luego aparece el otro gran problema de la película: quiere ser varias cosas al mismo tiempo.
Quiere ser un drama sobre la frustración artística. Quiere hablar sobre una condición sensorial extrema. Quiere construir una historia de aprendizaje y amistad. Quiere desarrollar una relación romántica. Quiere ser una película de atracos. Quiere ser un thriller sobre el crimen organizado. Y quiere, además, conservar cierta reflexión sobre la música y la percepción.
Todo eso cabe dentro de una película. El problema es que no siempre cabe dentro de la misma película.
La transición hacia el thriller criminal funciona, pero tiene un costo. A medida que los robos y las amenazas comienzan a dominar la historia, El afinador se vuelve más convencional. La premisa inicial, tan singular, empieza a competir con elementos que hemos visto muchas veces: delincuentes peligrosos, operaciones arriesgadas, personajes que deben tomar decisiones imposibles y un protagonista que descubre, demasiado tarde, que meterse con cierta gente puede tener consecuencias. Nadie lo vio venir. Nadie, excepto toda la filmografía del cine negro.
La película no pierde interés, pero sí parte de su identidad.
Ese es quizás el principal reproche que merece Daniel Roher. Por momentos parece haber encontrado una película mucho más interesante de la que finalmente decidió realizar. La historia de un músico hipersensible que intenta transformar su percepción auditiva en una forma de supervivencia era, por sí sola, suficientemente poderosa. El thriller podía existir, desde luego, pero no necesariamente tenía que absorber la película.
El cine comercial suele tener un miedo casi patológico al vacío. Cuando encuentra una idea interesante, inmediatamente intenta añadirle otra. Y luego otra. Y otra más, por si acaso el espectador se distrae durante tres minutos y decide consultar Instagram.
El afinador no llega a cometer semejante desastre, pero sí padece cierta ansiedad narrativa. El guion confía demasiado poco en algunos de sus mejores elementos y demasiado en las convenciones del thriller.
El tercer acto es donde esa irregularidad se hace más evidente. Algunos conflictos se resuelven con una rapidez que contrasta con la paciencia del desarrollo anterior. Determinadas coincidencias y simplificaciones dramáticas resultan difíciles de aceptar en una película que había construido su identidad sobre la precisión. Hay escenas donde el mecanismo narrativo funciona con la exactitud de un reloj suizo y otras donde parece haber sido reparado por alguien que encontró el manual después de empezar.
Eso no arruina la película, pero sí disminuye su impacto.
Daniel Roher, procedente del documental, demuestra sin embargo una notable capacidad para construir ficción. Su puesta en escena es sobria y no necesita demostrar constantemente que está haciendo “cine de autor”. Y eso, en los tiempos actuales, ya es una virtud considerable. La película posee una elegancia visual que acompaña el estado mental de su protagonista sin convertir cada plano en una postal para redes sociales.
La ciudad tampoco aparece como simple decoración. Nueva York tiene una larga tradición de ser utilizada en el cine como personaje, escenario, símbolo, souvenir o fondo de pantalla. El afinador consigue integrarla al universo sonoro de Niki. La ciudad es un organismo ruidoso. Un conjunto de frecuencias, motores, pasos, conversaciones y mecanismos. Para la mayoría de sus habitantes, todo eso constituye el paisaje habitual. Para Niki, es una agresión constante.
El tratamiento musical también merece reconocimiento. La película comprende que la música no necesita ser utilizada como un subrayador emocional permanente. El piano no aparece simplemente para anunciar que estamos ante un personaje sensible y profundo. Gracias a Dios, porque el cine tiene suficientes pianistas torturados mirando por la ventana. La música forma parte del conflicto central: es refugio, trabajo, obsesión y lenguaje.
En ese sentido, la película tiene una idea de fondo más poderosa que su propia trama criminal. El afinador trata sobre alguien que intenta convertir una sensibilidad que lo aísla en una herramienta para sobrevivir. Niki escucha lo que los demás no escuchan. Pero esa ventaja tiene un precio. Saber más, percibir más o escuchar más no siempre nos protege del mundo. A veces, simplemente nos permite darnos cuenta antes de que estamos metidos en problemas.
Ese podría ser el verdadero corazón de la película.
No estamos ante una obra maestra ni ante una película que reinventará el thriller contemporáneo. Sería absurdo pedirle eso. Pero El afinador tiene algo cada vez más escaso en el cine actual: una idea cinematográfica genuina. No una premisa diseñada para convertirse en una franquicia, sino un concepto que afecta directamente la forma de narrar.
Su mejor virtud es haber comprendido que el cine no necesita mostrarlo todo.
Puede ocultar. Puede sugerir. Puede construir tensión desde aquello que permanece fuera del encuadre.
Y, sobre todo, puede escuchar.
Quizá ese sea el mayor mérito de El afinador: recordarnos que el sonido no es lo que queda cuando terminamos de mirar una película. El sonido también construye el mundo. También define al personaje. También organiza el miedo.
Niki intenta afinar pianos. Intenta descifrar cajas fuertes. Intenta encontrar una frecuencia que le permita vivir sin que el ruido termine por destruirlo.
No siempre lo consigue.
La película tampoco.
Pero incluso con sus desafinaciones, El afinador consigue que uno salga con la sensación de haber escuchado algo diferente. Y eso, en un cine cada vez más ruidoso, ya es bastante.
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