Recuerdo vívidamente el momento en que se me empezó a caer el cabello.
Estaba arrodillada frente a la bañera, lavándome el pelo en la habitación de un hotel un sábado por la noche, preparándome para la celebración del 40 cumpleaños de mi amiga.
Diecisiete días antes, había recibido la primera de seis sesiones de quimioterapia para tratar mi cáncer de mama, pero habían pasado días sin que se me cayera un pelo.
Me había convencido de que quizás era una de las afortunadas.
Pero mientras sostenía la ducha sobre mi cabeza, de repente el chorro de agua se oscureció, y largos mechones de cabello castaño empezaron a acumularse alrededor del desagüe, justo delante de mis ojos. Y no había nada que pudiera hacer para detenerlo.
"¡Oh, vaya!", me dije, porque sinceramente no me lo esperaba.
Durante la quimioterapia, había estado usando un gorro refrigerante, el casco de congelación diseñado para ayudar a conservar el cabello durante el tratamiento. Me dijeron que no funcionaba para todas.
Puede sonar dramático, pero para mí, perder el cabello fue incluso peor que perder un seno por una mastectomía. ¿Por qué? Porque sin mi cabello, no era yo misma.
No tenía ni idea, hasta que empecé a perderlo, de que mi cabello era parte de mi identidad.
Ahora, científicos en Japón creen estar un paso más cerca de cambiar la realidad de la caída del cabello para millones de personas.
En lo que los investigadores denominan un "gran avance", un equipo, liderado por el profesor Takashi Tsuji, afirma haber logrado recrear el ciclo completo de crecimiento del cabello en ratones; es decir, el cabello puede crecer, caerse y volver a crecer de forma natural.
Si bien el cabello trasplantado ya puede crecer, recrear folículos que se comporten como el natural dentro del cuerpo —creciendo, cayendo y volviendo a crecer repetidamente con el tiempo— resulta mucho más difícil.
Para las mujeres que viven con la caída del cabello —ya sea por tratamiento contra el cáncer, alopecia o envejecimiento—, avances como este sugieren algo que antes se creía imposible: que la caída del cabello se puede revertir.
La condición afecta a millones de personas en todo el mundo, y los estudios sugieren que alrededor de un tercio de las mujeres experimentarán caída del cabello en algún momento de su vida.
¿Por qué se suele subestimar el impacto emocional de la caída del cabello y qué revela nuestra reacción ante ella sobre nuestra identidad, nuestro sentido de control y nuestra autoimagen?
El cabello a lo largo de la historia
A lo largo de la historia, el cabello rara vez ha sido simplemente cabello.
En el Antiguo Egipto, los faraones y las mujeres nobles lucían elaboradas pelucas trenzadas para demostrar su poder, y en la Edad Media, el cabello largo de las mujeres se asoció con la feminidad y la virtud.
En el siglo XVII, los hombres usaban la "periwig" —largos y voluminosos rizos artificiales— para denotar riqueza y un alto estatus social.
Y en la década de 1920, las mujeres con el cabello corto llegaron a representar la independencia y la rebeldía femenina.
"El cabello moldea nuestra identidad", afirma la psiquiatra Sylvia Karasu.
"Es un marcador biológico, fisiológico y social de las etapas de nuestra vida", agrega.
Y, por supuesto, puede ser lo primero que notamos en otras personas.
"Es una forma de distinguir el género, la raza y la religión. Está tan ligado a la identidad que termina siendo muy significativo en la manera en que categorizamos a las personas", explica.
El cabello también está vinculado a nuestra dignidad.
La depilación forzosa se ha utilizado a menudo para despojar a los judíos de su identidad y humanidad. En los campos de concentración alemanes, a los judíos les rapaban la cabeza y les cambiaban la ropa por uniformes de prisión.
Tras la liberación de Francia en 1944, a miles de mujeres acusadas de colaborar con los ocupantes alemanes les raparon la cabeza públicamente como castigo y humillación.
Una de las imágenes más famosas, "La mujer rapada de Chartres" de Robert Capa, muestra a una joven madre caminando entre una multitud que la abuchea con una esvástica pintada en la frente.
Si el cabello puede tener tanto significado social y emocional, no sorprende que los científicos hayan dedicado años a intentar comprender por qué su pérdida puede resultar tan devastadora y si algún día será reversible.
"No es cuestión de vanidad"
He entrevistado a mujeres sobre su relación con su cabello para mi pódcast con la organización benéfica Future Dreams And Then Came Breast Cancer ("Y entonces vino el cáncer de mama").
Una y otra vez, las mujeres me dijeron lo mismo: no tenía nada que ver con la vanidad.
Nicky Elkington, peluquera, me contó que estaba decidida a no perder el cabello durante la quimioterapia.
"No es cuestión de vanidad… y creo que la gente piensa eso, pero es tu identidad y no quería parecer que tenía cáncer", dice.
Para ella, lo peor que alguien podía decirle era: "Es solo cabello, no te preocupes".
Natasha Anderson, enfermera escolar y madre de dos hijos, dijo que le encantaba jugar con su cabello cuando era niña: "Una semana con un gran afro, y al siguiente con extensiones", recuerda.
"No era solo cabello, era mi cultura", apunta.
Ante la posibilidad de perderlo por la quimioterapia, la mujer le pidió a su hermano que se lo afeitara.
"Me sentí liberada cuando me raparon la cabeza", dice.
"Había tomado el control de la situación… era más doloroso y perturbador ver cómo simplemente se caía", agrega.
Una de las partes más difíciles del cáncer es la poca capacidad de control que se tiene sobre todo ello: el diagnóstico, el tratamiento o los efectos secundarios.
Para algunas mujeres, raparse el cabello antes de que se les caiga se convierte en una forma de recuperar cierto control sobre sus vidas.
Lo que me sorprendió durante mi tratamiento fue la frecuencia con la que se desestimaba la preocupación por la caída del cabello como algo superficial.
"¿Por qué te preocupa tu pelo? Estás viva". Es una pregunta legítima. Y sí, tuve suerte de sobrevivir. Pero sobrevivir a una enfermedad y lamentar la pérdida de parte de tu identidad no son cosas incompatibles.
Como me dijo Sylvia Karasu, para muchas de nosotras, perder el cabello es un "signo de estar enferma".
La peluca
Entre el 50% y el 75% de mi cabello se cayó durante la quimioterapia.
Fue increíblemente desalentador. Recuerdo estar sentada en una peluquería de Richmond mientras la dueña, Amy Holt, me cepillaba suavemente el cabello enredado que se me caía a mechones. Me eché a llorar.
Según Diane Trusson, investigadora médica de la Universidad de Nottingham (Reino Unido), la pérdida de cabello sumada a un diagnóstico de cáncer es un golpe doble.
"Te dicen que tienes cáncer, empiezas el tratamiento y luego te ocurre algo tan duro que cambia la forma en que la gente te ve. Es una carga adicional, además de la cirugía y los tratamientos tan duros", explica.
Para mí, usar una peluca era importante. Podía seguir presentando un programa diario de noticias en televisión. No quería que los telespectadores se distrajeran de las noticias porque yo estuviera calva o con un pañuelo. Una peluca era la mejor opción.
Amy me hizo una con cabello natural de mujeres que lo donaron o vendieron. Ver la peluca por primera vez fue surrealista.
Se parecía muchísimo a mi propio cabello: el color, el corte, el largo. En mi mente reinaba la incredulidad, y mis emociones eran volátiles: un momento lloraba, al siguiente me sentía eufórica porque me permitiría retomar mi rutina diaria.
¿Por qué la ciencia aún tiene dificultades?
Los científicos siguen sin comprender del todo la biología de la caída del cabello.
Según Claire Higgins, profesora de ingeniería de tejidos en el Imperial College de Londres, los estudios han tenido dificultades durante muchos años para obtener financiación y atención, especialmente en lo que respecta a las mujeres.
"El ámbito femenino está claramente poco investigado", afirma.
Explica que gran parte del trabajo se ha centrado en la caída del cabello en hombres, en parte porque los hombres son más propensos a someterse a trasplantes capilares, lo que ha facilitado el acceso de los científicos a muestras del cuero cabelludo.
"A menudo se trata a hombres y mujeres de la misma manera porque se asume que es igual, pero no creo que deba ser así", declara.
Señala los grandes estudios genéticos sobre la alopecia androgénica masculina, que se caracteriza por la retracción de la línea del cabello y el adelgazamiento en la coronilla, conocidos como estudios de asociación del genoma completo, que identificaron varios genes relacionados con esta afección.
Pero todos los estudios se realizaron en hombres.
Más recientemente, investigadores en Alemania han estudiado la genética de la alopecia femenina, que generalmente implica la pérdida de cabello en la parte superior de la cabeza.
Los científicos esperaban encontrar al menos cierta coincidencia en los genes implicados.
"Pero no la hubo", afirma Higgins.
Los hallazgos mostraron que la alopecia masculina y la femenina pueden deberse a causas diferentes (aunque los científicos aún no están del todo seguros de cuáles son).
"Sabemos que se pierden células en los folículos, pero no sabemos si mueren o simplemente migran. Sabemos muy poco sobre el mecanismo por el cual se produce la alopecia", admite.
Una nueva esperanza para la alopecia
Por eso es importante el trabajo del profesor Tsuji en Japón. Él y su equipo creen haber encontrado una pieza clave del rompecabezas.
Durante mucho tiempo, los científicos creyeron que existían dos tipos principales de células responsables del crecimiento del cabello: las células madre epiteliales, que crean el folículo piloso, y las células de la papila dérmica, que le indican al cabello cuándo crecer.
Dichas células no pueden generar cabello en un laboratorio, solo cuando se trasplantan a la piel y se conectan con el tejido subyacente.
Pero Tsuji afirma que su estudio identificó un "nuevo tercer tipo de célula", llamada célula de soporte regenerativa del folículo piloso.
Y, lo que es crucial, esta nueva célula podría acercar a los científicos a la posibilidad de cultivar cabello en un laboratorio.
"En pocas palabras nuestro estudio identificó una célula que favorece el desarrollo, el crecimiento y la regeneración de los folículos pilosos", dice Tsuji.
Tsuji afirma que los hallazgos representan "un gran avance" y un posible punto de inflexión en el tratamiento de la alopecia.
Claire Higgins, quien no participó en el estudio, coincide en que el hallazgo es significativo.
Explica que investigaciones anteriores solo habían logrado crear folículos pilosos parciales en el laboratorio.
"Nadie había logrado obtener folículos pilosos con un ciclo completo como estos antes. Es un gran paso", afirma.
En otras palabras, los folículos fueron capaces de crecer, caerse y regenerar cabello repetidamente, como lo hace el cabello natural.
El estudio se realizó únicamente en ratones, principalmente mediante células extraídas de sus bigotes.
Trasladar los hallazgos a humanos sigue siendo difícil, ya que el crecimiento del cabello humano es mucho más complejo.
Aun así, Tsuji se muestra optimista.
"Creemos que ahora estamos mucho más cerca que antes", dice.
Una señal de esperanza
El año pasado, vi una publicación en redes sociales con una foto de primer plano de Catalina, la princesa de Gales, en un evento. El texto simplemente decía: "Qué peluca tan fea". Me pareció particularmente cruel e hiriente.
Nadie sabe qué tratamiento contra el cáncer recibió, si perdió el cabello o si usó peluca.
Si alguien me hubiera dicho eso durante la quimioterapia, probablemente habría querido esconderme en casa.
De hecho, la pérdida de cabello por enfermedad no es algo que nadie elija. Es algo que se nos impone, y por eso fue tan difícil, al menos para mí, aceptarlo.
Y eso importa, porque el cabello nunca es solo cabello.
Para muchos de nosotros, el cabello es nuestra identidad, nuestra privacidad, nuestra forma de sentirnos en control y seguros de nosotros mismos.
Por eso, perdonen que diga que es tan importante.
Crédito de la imagen principal: Getty Images
Información adicional: Florence Freeman
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