Desde novelas canceladas hasta multas legales, la magnitud de los errores cometidos apenas a mitad de año sugiere lo contrario.
El otro día me llamó la atención un documento empresarial que debería haber sido tan increíblemente aburrido que casi nadie lo leería.
Sin embargo, la declaración de gobernanza corporativa de una empresa canadiense de exploración de litio —antes de su debut en la bolsa australiana— fue muy leída el mes pasado, ya que una de sus frases decía lo siguiente:
"Tú cambiarás de acciones; han sido todos eyaculadas de tu útil problema de novia les preguntó ella a los consejos responsables".
Envié un correo electrónico a la empresa de litio, Li-FT Power, para preguntar si la inteligencia artificial (IA) era culpable y, de no ser así, cómo se produjo tal desastre. Pero, al cierre de esta edición, no había recibido respuesta.
Resulta difícil pensar en otro culpable que no sea lo que muchos llaman ahora "Chat", lo cual me ha hecho replantear un plan que se me ocurrió en enero: escribir una columna en diciembre repasando un año de errores relacionados con la IA.
Parece más seguro hacer un análisis semestral, ya que apenas estamos en junio y la "galería de la vergüenza" de la IA ya está llena de ejemplos.
Todo esto me hace recordar algo que me dijo un director ejecutivo del sector tecnológico a principios de año sobre los grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés): las empresas están compitiendo por utilizar una tecnología que no fue diseñada principalmente para uso empresarial.
Y las empresas no son las únicas.
Casi no ha pasado una semana este año sin que un político, periodista o autor haya sido desenmascarado, despedido, cuestionado o ridiculizado a causa de la IA. La resistencia ha sido más o menos inútil.
Matt Goodwin, excandidato del partido Reform UK, insistió en que las múltiples afirmaciones de que la IA había escrito partes de su libro sobre inmigración, Suicide of a Nation (El suicidio de una nación), eran categóricamente falsas. Esto no impidió que se ganara un apodo del que, estoy segura, le costará deshacerse: MattGPT.
El diputado laborista Mike Reader sigue siendo conocido como ChatG-MP meses después de que se informara de que fue visto en un tren utilizando Chat para responder a sus electores.
Podría haber sido peor. En marzo, la editorial canceló el lanzamiento en EE. UU. de una novela de terror, Shy Girl (Chica tímida), por temor a que se hubiera utilizado IA para ayudar a escribirla.
Mientras tanto, entre febrero y abril surgieron noticias —desde Nueva York hasta los Países Bajos— sobre periodistas que perdieron su empleo o fueron suspendidos debido al uso de la IA. Mayo trajo consigo un acontecimiento aún más sorprendente.
El empresario de medios estadounidense Steven Rosenbaum reconoció que la IA había inventado varias citas falsas o atribuidas erróneamente en un libro repleto de elogios, titulado —irónicamente— The Future of Truth: How AI Reshapes Reality (El futuro de la verdad: cómo la IA remodela la realidad).
Resulta fácil imaginar cómo un escritor o un político presionado por el tiempo podría ser atraído por el irresistible atractivo de la IA. Sin embargo, sigue causando consternación la creciente presencia de basura generada por IA en las citas jurídicas de los tribunales, así como la cantidad de multas que los jueces frustrados están imponiendo a consecuencia de ello.
En marzo surgió la historia de unos abogados que, tras haber citado múltiples casos inexistentes en un litigio familiar sobre una bodega de Oregón, habían sido condenados a pagar 110 000 dólares estadounidenses en sanciones.
"En el universo, en rápida expansión, de casos que implican sanciones por el uso indebido de la inteligencia artificial, este caso constituye una excepción notoria tanto por su gravedad como por su volumen", escribió el juez magistrado Mark D. Clarke.
Damien Charlotin, abogado y académico francés de 34 años que mantiene una base de datos sobre el uso indebido de la IA en el ámbito jurídico desde 2023, me comentó que las sanciones del caso de la bodega eran las más elevadas que él había visto hasta la fecha.
Dudo que sean las últimas. Desde el auge de la IA, el porcentaje de litigantes que se presentan a los tribunales civiles federales de EE. UU. sin representación legal ha aumentado del 11 por ciento al 17 por ciento. Estoy convencida de que esto incrementará el atasco judicial, así como la base de datos de Charlotin: en diciembre registraba menos de 700 casos, pero esta semana ya superaba los 1500.
La cifra no es tan elevada en el cómputo global, señala Charlotin, quien imparte clases sobre automatización, escribe su propio código informático y valora el tiempo extra que la IA le proporciona para centrarse en los aspectos humanos de su trabajo.
No obstante, también comprende que, como él mismo afirma, "los grandes modelos de lenguaje alucinan por defecto". Requieren un manejo cuidadoso y, en muchos casos, deben limitarse a tareas específicas. En otras palabras, no basta con que los humanos participen en el proceso; deben mantener un control firme sobre él.
Con el tiempo, es posible que esto resulte más evidente de lo que parece hoy en día. Mientras tanto, debemos vivir en un mundo donde abunda el uso excesivo y descuidado de la IA y se deposita una confianza excesiva en ella por parte de demasiadas personas que deberían ser más sensatas al respecto.
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