La investigadora en folklore y cultura popular Xiomarita Pérez planteó la necesidad de una reflexión profunda sobre la música del carnaval dominicano, al considerar que, aunque esta fiesta popular convoca multitudes y expresa alegría y colorido, aún no ha logrado consolidar una identidad sonora claramente reconocible a nivel nacional e internacional.
“El carnaval dominicano, esa explosión de color, ritmo y alegría que recorre nuestras calles cada año, es mucho más que una fiesta: es el pulso vivo de nuestra identidad cultural”, expresó Pérez al analizar los rasgos musicales de esta celebración que se desarrolla en gran parte del país durante esta época.
La especialista sostuvo que el público suele dejarse llevar por el gancho rítmico y los estribillos contagiosos que invitan a brincar y marchar al compás de las bandas, sin detenerse en el contenido de las letras. Como ejemplo citó el tema Baila en la calle, considerado un ícono del carnaval desde 1984 y popularizado por Fernandito Villalona.
Pérez recordó que ritmos como los alibabá y expresiones tradicionales como los guloyas han marcado históricamente el territorio carnavalesco, junto a personajes emblemáticos como Califé, Se me muere Rebeca o Robalagallina, acompañados de güira, tambora y coros espontáneos. A esto se suma —señaló— la sonoridad creada por los diablos cojuelos, con cencerros, cascabeles y espejos, que conforman una “sinfonía improvisada” propia de la fiesta.
A su juicio, el valor educativo de las letras carnavalescas suele pasar desapercibido fuera de las aulas, pese a que estas narran la historia y las vivencias de los personajes tradicionales. “Nos hablan de los diablos cojuelos, los trajes de los danzantes, los indios o los guloyas, tejiendo la trama de nuestra identidad mestiza”, afirmó, al destacar su utilidad como herramienta pedagógica para acercar a los estudiantes a la tradición popular.
La investigadora comparó la situación dominicana con otros países del Caribe y América Latina, donde los carnavales poseen una identidad musical claramente definida, como la samba en Brasil, la cumbia carnavalera en Barranquilla o el calipso en Trinidad y Tobago. En contraste —dijo—, si se eliminan las letras de muchas canciones carnavalescas dominicanas, “lo que queda es un merengue popular genérico”.
Pérez abogó por la creación de fusiones que integren ritmos autóctonos como los alibabá, el gagá local, los palos y los atabales, citando como ejemplo el tema Mambo Alibabá, de Los Reyes del Carnaval, que demuestra cómo un ritmo identificado puede encender la celebración incluso sin letras elaboradas. No obstante, lamentó que algunas producciones diluyan la esencia nacional al incorporar influencias externas, como ocurre —según señaló— en Esto se encendió, de Diómedes y el Grupo Mío, o Cómprate tu careta, de Johnny Ventura.
“En tiempos de globalización estos préstamos suenan bien, pero promueven identidades ajenas”, advirtió, al exhortar a compositores y músicos a defender ritmos que identifiquen claramente al país y acompañen la marcha festiva del carnaval.
Finalmente, la especialista concluyó que el carnaval dominicano merece una música que no solo invite a bailar, sino que identifique a la nación con la misma fuerza que otros carnavales caribeños. Sus reflexiones fueron compartidas en la víspera del Día Nacional del Folklore, que se celebra cada 10 de febrero.
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