Este sábado 29 de agosto, la Iglesia Católica conmemora una de las fechas más solemnes del calendario litúrgico: el martirio del profeta que anunció a Cristo. Junto a él, una noble romana convertida por su esclava, y una joven campesina italiana que murió defendiendo su dignidad en plena Segunda Guerra Mundial.

Martirio de San Juan Bautista

La memoria litúrgica del 29 de agosto se remonta al siglo IV, cuando se veneraba la cabeza del Bautista.

La figura central del día es San Juan Bautista, y la conmemoración de hoy no es su nacimiento —que la Iglesia celebra el 24 de junio— sino su muerte violenta a manos de Herodes Antipas.

Juan era primo de Jesús. Hijo de Isabel y Zacarías, sacerdote del Templo, nació seis meses antes que el Mesías cuyo camino vino a preparar. Vivió en el desierto, predicó la conversión y bautizó en el Jordán a quienes acudían en masa a escucharlo. Cuando Jesús se presentó ante él, Juan lo señaló con una frase que quedó grabada en la historia del cristianismo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".

Su muerte llegó por denunciar lo que nadie quería oír. Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, vivía con Herodías, la mujer de su hermano Felipe. Juan lo reprendió públicamente, y Herodes lo encarceló en la fortaleza de Maqueronte, al este del Mar Muerto. Herodías esperó su momento.

En el banquete de cumpleaños del tetrarca, la hija de Herodías —identificada por el historiador Josefo como Salomé— bailó ante los invitados. Herodes, complacido, le prometió lo que pidiera. La joven consultó a su madre y volvió con el pedido: la cabeza de Juan Bautista en una bandeja. Herodes, aunque a disgusto, cumplió su promesa. Los discípulos del Bautista recogieron el cuerpo y lo enterraron.

La memoria litúrgica del 29 de agosto se remonta al siglo IV, cuando se veneraba la cabeza del Bautista en una cripta de Sebaste, en Samaria. En el siglo XII, el papa Inocencio II trasladó la reliquia a la iglesia de San Silvestre in Capite, en Roma. San Juan Bautista es el único santo al que la Iglesia celebra tanto su nacimiento como su muerte.

Sobre los cimientos de esa casa se levantó, en el siglo V, la Basílica de Santa Sabina —una de las iglesias más antiguas de Roma y una de las mejor conservadas del rito romano primitivo. La basílica alberga hoy las reliquias de San Alejandro de Roma y otros mártires, y es la sede titular de la Orden de Predicadores desde el siglo XIII.

Santa Sabina de Roma

Santa Sabina fue una noble viuda romana que abrazó el cristianismo gracias al testimonio de Serapia, una esclava cristiana de origen sirio que vivía en su casa. La conversión de Sabina no fue un gesto intelectual: implicó renunciar a la seguridad que le daba su posición en la sociedad romana del siglo II.

Serapia fue arrestada y martirizada antes que su señora. Sabina recogió sus restos con piedad y continuó practicando la fe en secreto. Poco después, las autoridades la detuvieron. Confesó ser cristiana y fue decapitada en su propia villa, sobre la colina del Aventino.

Santa Teresa Bracco, virgen y mártir

Teresa Bracco nació el 24 de febrero de 1924 en Santa Giulia, una pequeña aldea del Piamonte, en el norte de Italia. Creció en una familia campesina y devota, y desde joven mostró una fe sencilla y firme.

Murió el 29 de agosto de 1944, a los 20 años, mientras trabajaba en el campo. Un soldado la atacó. Teresa resistió y defendió su castidad. Las heridas que recibió le costaron la vida.

Su muerte ocurrió en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, cuando el norte de Italia vivía bajo la ocupación alemana y la violencia contra la población civil era cotidiana. El papa Juan Pablo II la beatificó el 24 de mayo de 1998, en una ceremonia en la que también fueron beatificados otros mártires del siglo XX. Su festividad se fijó el 29 de agosto, día de su muerte.

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