Cada 16 de febrero, el calendario litúrgico de la Iglesia católica recuerda a figuras que, desde distintos contextos históricos, marcaron la vida religiosa por su testimonio de fe, servicio pastoral y labor misionera.
Entre ellas destaca Santa Juliana de Nicomedia, virgen y mártir del siglo IV. Según la tradición, Juliana nació en una familia pagana acomodada y se convirtió al cristianismo en secreto. Su padre la comprometió con Eleusio, un senador romano. Ella impuso como condición para casarse que él se hiciera cristiano, lo que provocó su furia y persecución. Durante el reinado del emperador Maximiano, Juliana fue encarcelada y torturada: fue azotada, expuesta al fuego y sumergida en aceite hirviendo, sin renunciar a su fe. Finalmente, fue decapitada el 16 de febrero de 304, a los 18 años. Su figura se convirtió en símbolo de firmeza espiritual y fidelidad a las convicciones religiosas.
El santoral del día también incluye a la Beata Filipa Mareri, religiosa italiana del siglo XIII y discípula de San Francisco de Asís. Fundó un monasterio de clarisas en la región de Rieti, donde promovió una vida centrada en la pobreza, la oración y la contemplación, siguiendo el carisma franciscano.
El 16 de febrero se recuerda al Beato Nicolás Paglia, fraile dominico que jugó un papel importante en la expansión de la Orden de Predicadores en Italia durante sus primeras décadas, conocido por su ferviente misión de predicar. Nacido en el siglo XIII, recibió el hábito directamente de Santo Domingo, fundador de la orden. Su labor estuvo vinculada a la organización y consolidación de comunidades religiosas.
Más cercano en el tiempo figura el Beato José Allamano (1851-1926), sacerdote italiano y fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Impulsó el trabajo evangelizador fuera de Europa, especialmente en África, promoviendo la formación misionera y el compromiso social de sus congregaciones.
El listado del 16 de febrero se completa con San Maruta, obispo del siglo V en Mesopotamia, reconocido por su labor diplomática y por recopilar las actas de los mártires persas. Su gestión contribuyó al fortalecimiento de la Iglesia en una región marcada por tensiones políticas y religiosas. Lideró el concilio de Seleucia y reconstruyó iglesias después de la persecución del rey Sapor.
Estas personalidades reflejan la diversidad de épocas y realidades en las que se desarrolló el cristianismo: desde las persecuciones del Imperio romano hasta la organización de comunidades religiosas medievales y el impulso misionero hacia otros continentes.
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