Desde cualquier punto de vista o definición, yo he vivido el sueño estadounidense. Mis abuelos paternos crecieron en pueblos en las montañas a las afueras de Trabzon, en Turquía, sin instalaciones sanitarias en el interior de sus casas. Mi abuelo materno era un huérfano sueco, y su esposa, mi abuela, era la novena hija de un minero de carbón de Lancashire, Inglaterra.

Y, sin embargo, debido a que mi madre creció en EE. UU. y mi padre emigró allí en una época en que el sueño estadounidense aún estaba vivo y en pleno apogeo, ahora yo tengo la suerte de trabajar con, y escribir para, algunas de las personas mejor educadas y más privilegiadas del mundo.

El sueño estadounidense ha sido el sistema de creencias que ha impulsado a mi país. Si los estadounidenses creemos que nos puede ir mejor que a nuestros padres, estamos dispuestos a tolerar casi cualquier cosa: una grotesca desigualdad de riqueza, una inexistente red de seguridad social e incluso la creciente concienciación de que nuestro país se está convirtiendo en una república bananera con un aspirante a autócrata ávido de poder al mando. No es de extrañar que la corrupción se haya convertido en un tema clave en las próximas elecciones de mitad de período.

Pero yo creo que la clase social es un tema aún más importante; es el telón de fondo de todo, desde el nacionalismo económico de los republicanos hasta el enfoque de los demócratas en la crisis del costo de vida y el poder corporativo concentrado, así como de iniciativas estatales específicas como el impuesto a los multimillonarios de California por el que se votará a principios de noviembre.

La idea de que las 100 personas más ricas del país paguen por la atención médica de los más pobres no es solo una idea descabellada respaldada por socialistas millennials; la semana pasada, Scott Kirby, director ejecutivo de United Airlines, calificó la desigualdad de riqueza como un "peligro para la sociedad" y abogó por un impuesto nacional sobre la riqueza y las sucesiones que, en algunos casos, podría llegar al 100 %.

Kirby ahora está siendo objeto de duras críticas por parte de los conservadores. Pero deberían tener cuidado: ponerse del lado de los multimillonarios podría no resultar muy acertado políticamente, dado que las más recientes cifras de las encuestas de opinión pública del Centro de Investigación Pew muestran que más del 60 % de los estadounidenses ahora se consideran parte de la clase trabajadora, un aumento de seis puntos porcentuales más que hace dos años.

Apelar a la clase trabajadora les ha traído éxito electoral a los republicanos en los últimos años. Las guerras inflacionarias de Donald Trump (tanto comerciales como bélicas) han socavado ese atractivo en cierta medida. Los demócratas están descubriendo que el populismo económico es más relevante que la política de identidad. Por lo tanto, ambos partidos se encuentran ahora enfrascados en una lucha interna y existencial entre el liderazgo, los donantes clave (que no quieren ni aranceles ni aumentos de impuestos) y la realidad política, mientras intentan jugar la carta de la clase social.

Para hacerlo con éxito, se requiere una comprensión adecuada de cómo funciona la clase social en EE. UU., un tema a la vez nebuloso y omnicomprensivo.

Algunas personas se autodefinen como "clase trabajadora" porque no tienen estudios universitarios o porque realizan trabajos manuales (este es el argumento que Graham Platner —el excandidato demócrata al Senado por Maine y ostricultor— intentó aprovechar antes de verse afectado por acusaciones de agresión sexual, las cuales él niega).

Otros lo hacen debido a la inseguridad económica. Esto lleva a que muchos trabajadores de oficina subempleados o desempleados, y amenazados por la inteligencia artificial (IA), se sumen a la "clase trabajadora" dado que, en EE. UU., los planes de salud y de jubilación están vinculados al empleo. La mitad de los graduados universitarios y de los adultos de ingresos altos actualmente se consideran a sí mismos parte de la "clase trabajadora".

Además, hay más republicanos que demócratas que se autodefinen de esta manera, lo cual dice mucho sobre cómo la izquierda se ha visto asociada con la riqueza. En términos generales, hay más personas de raza blanca que de raza negra que se autodenominan clase trabajadora, lo que reafirma la idea central de la economía conductual de que una pérdida (en este caso, de estatus económico relativo) es más dolorosa que lo placentera que resulta una ganancia.

A los sindicatos les gustaría que cualquier persona que viva de un salario se identifique como de clase trabajadora —de ahí que el United Auto Workers (UAW) esté organizando a los profesores adjuntos—, lo que subraya que la riqueza, más que los ingresos, podría ser el verdadero divisor de clases en EE. UU. Las cifras de Pew muestran que la riqueza mediana de los hogares de ingresos altos es hoy 49 veces mayor que la de los de ingresos bajos, en comparación con 31 veces en 2022. Esos hogares de ingresos altos impulsan la inflación en áreas clave como la vivienda y la educación.

Es evidente que el concepto de clase es políticamente relevante. Los republicanos han tratado de destacar temas como la reindustrialización y la exención fiscal de las propinas como soluciones a los retos que enfrenta la clase trabajadora. Los demócratas, por su parte, están haciendo hincapié en el poder corporativo, en las protecciones laborales y en la ayuda para los trabajadores.

Pero el reto de la movilidad socioeconómica —un aspecto que analizó el trascendental trabajo del profesor de Harvard Raj Chetty, que reveló que el 90 % de los niños ganaban más que sus padres si habían nacido en la década de 1940, frente al 50 % si habían nacido en la década de 1980— requerirá soluciones de ambos lados del espectro político. El reto está vinculado tanto a la necesidad de un mayor crecimiento del producto interno bruto (PIB) —estimado en un increíble 6 % anual para enderezar el rumbo— como a una mejor distribución de ese crecimiento.

En última instancia, señala Jennifer Harris, directora de la iniciativa de economía y sociedad de la Fundación Hewlett —la cual financia investigación económica y actividades de promoción tanto de izquierda como de derecha—, "pertenecer a la clase trabajadora tal vez tenga menos que ver con un nivel de ingresos que con un credo o un conjunto de ideas sobre lo que la democracia en EE. UU. necesita en este momento"; para empezar, tiene que funcionar. (Las elecciones de mitad de período, así como cualquier negativa por parte de la Casa Blanca a aceptar los resultados, nos dirán mucho al respecto).

Es más, la democracia y la movilidad socioeconómica están profundamente entrelazadas. Las investigaciones muestran que la creencia en un futuro mejor está relacionada con la satisfacción con el sistema político. Y tener voz en la política depende de las oportunidades económicas. El sueño estadounidense no es barato.

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