El Gobierno dominicano ha convertido la educación en el argumento central de su promesa de duplicar el PIB real para 2036. Pero entre el anuncio y la ejecución hay una brecha que el académico Radhamés Mejía se encarga de medir con precisión quirúrgica: sin aprendizajes fundamentales, sin docentes empoderados, sin equidad y sin una visión humanista que trascienda la lógica del capital humano, la Meta RD 2036 corre el riesgo de ser un ejercicio de crecimiento sin desarrollo.

Un decreto con nombre ambicioso, una realidad que no acompaña

La Meta RD 2036 nació con el Decreto 337-24, que creó una comisión para identificar las reformas necesarias para duplicar el PIB real dominicano en articulación con la Estrategia Nacional de Desarrollo y la Estrategia Nacional de Competitividad. En su discurso ante la Asamblea Nacional del 27 de febrero, el presidente Luis Abinader vinculó explícitamente esa meta con una reforma legislativa y curricular del sistema educativo. El ministro de Educación Superior, Rafael Santos Badía, recogió el guante y dejó claro que no se trata de fusionar instituciones, sino de construir un nuevo sistema educativo dominicano articulado en torno a una reforma profunda e integral.

El problema, advierte Mejía, es que esa narrativa puede sonar convincente en los foros internacionales —como la reciente presentación de la estrategia ante la OCDE y la CEPAL— y resultar vacía en las aulas de los barrios populares de Santo Domingo, Santiago o San Juan de la Maguana.

La trampa de reducir la educación a una variable económica

El primer punto crítico del análisis de Mejía es conceptual, pero tiene consecuencias prácticas enormes: la educación no puede ser tratada como una simple fábrica de capital humano al servicio del crecimiento. Si la Meta RD 2036 se limita a producir técnicos y profesionales para sectores de mayor valor agregado, habrá ganado en competitividad y perdido en ciudadanía.

Esta advertencia no es retórica. El informe Foundations for Growth and Competitiveness 2026 de la OCDE señala que muchas economías enfrentan una desaceleración de la productividad laboral asociada al debilitamiento de la acumulación de capital humano. Dicho en criollo: cuando los sistemas educativos no desarrollan las competencias que la sociedad necesita, el crecimiento potencial se reduce. Y la República Dominicana, con sus persistentes brechas en lectura, matemáticas y ciencias, está en zona de riesgo.

Ocho ejes que el Gobierno debe demostrar que puede cumplir

Mejía propone una arquitectura de ocho ejes estratégicos para que la transformación educativa sea real. Cada uno de ellos es, al mismo tiempo, una pregunta incómoda para el Ejecutivo:

1. Aprendizajes fundamentales: el piso que sigue roto

Ningún país construye una economía del conocimiento si sus niños no aprenden a leer comprensivamente ni a razonar matemáticamente. Las evaluaciones recientes muestran avances en cobertura e infraestructura, pero los déficits en aprendizajes básicos persisten. Un estudio reciente revela que la deserción escolar en RD comienza dentro del aula, con una brecha de hasta 30 puntos entre las notas del aula y las Pruebas Nacionales. Eso no es un detalle técnico; es una señal estructural de un sistema que promueve sin enseñar.

2. Secundaria: el nivel más débil del sistema

La educación secundaria dominicana sigue siendo, en palabras de Mejía, "un nivel débil, disperso y poco conectado con los proyectos de vida de los jóvenes". Convertirla en una etapa de consolidación de competencias, orientación vocacional y ciudadanía democrática requiere mucho más que una reforma curricular en papel.

3. Educación técnico-profesional: ¿dignificación o adiestramiento barato?

El riesgo aquí es concreto: que la formación técnica se convierta en una vía de segunda categoría para los jóvenes pobres, mientras las élites acceden a la educación universitaria de calidad. Mejía es categórico: la educación técnico-profesional debe ser una vía de desarrollo humano y movilidad social, no un simple engranaje del mercado laboral.

4. Articulación del sistema: los subsistemas que no se hablan

Educación preuniversitaria, superior, técnico-profesional, capacitación laboral y certificación de competencias funcionan en silos. Sin un Marco Nacional de Cualificaciones que los articule, la promesa de un sistema integrado de formación a lo largo de la vida seguirá siendo un enunciado en un decreto.

5. Universidades: ¿productoras de diplomas o de conocimiento?

La propuesta de reforma educativa integral que circula en el Senado apunta en la dirección correcta, pero las universidades dominicanas tienen una deuda histórica con la investigación, la innovación y la vinculación con el sector productivo. Duplicar el PIB exige universidades que generen ciencia y tecnología, no solo profesionales.

6. Docentes: el eslabón que el discurso oficial subestima

El Gobierno anunció la formación STEAM de miles de docentes. Mejía reconoce que puede ser una iniciativa importante, pero la condiciona: esa formación debe insertarse en una estrategia más amplia de fortalecimiento del capital profesional docente. El docente no es un técnico del aprendizaje; es un formador de personas y un actor central en la construcción de ciudadanía. Sin esa dimensión, la formación STEAM es una foto para el informe de gestión.

7. Equidad: la condición que no es negociable

Cada niño que no aprende, cada joven que abandona la escuela, cada estudiante pobre que recibe educación de baja calidad representa una pérdida humana, social y económica. El debate sobre el 4% del PIB destinado a educación sigue abierto: la distancia entre lo que se autoriza en los presupuestos y lo que llega a los centros educativos es, en sí misma, una forma de exclusión. Un país que desperdicia talento no puede duplicar de forma sostenible su economía.

8. Inteligencia artificial: oportunidad y riesgo en simultáneo

La OCDE advierte que la IA puede abrir una nueva ola de productividad, pero sus beneficios dependen de las políticas públicas y del nivel de las capacidades humanas. Preparar a los estudiantes dominicanos para comprender, evaluar y crear con tecnología —y no solo usarla— exige una visión educativa que forme criterio, responsabilidad y conciencia ética. Sin eso, la brecha digital se convierte en una nueva forma de desigualdad.

El riesgo real: crecer sin desarrollarse

La pregunta que subyace al análisis de Mejía es la más incómoda para el Gobierno: ¿puede la República Dominicana duplicar su PIB y seguir siendo un país con déficits profundos en aprendizaje, ciudadanía y cohesión social? La respuesta histórica de otros países sugiere que sí, al menos por un tiempo. Pero ese crecimiento sin desarrollo humano es frágil, desigual y políticamente explosivo.

La Meta RD 2036 tiene el mérito de poner un horizonte claro y de vincular explícitamente la educación con el desarrollo económico. Pero si esa vinculación se reduce a producir capital humano para sectores de exportación, el país habrá ganado puntos de PIB y perdido la oportunidad histórica de construir una sociedad más justa, más culta y más democrática.

El académico Radhamés Mejía le pone nombre a ese riesgo. Ahora le toca al Gobierno demostrar, con hechos y no con decretos, que la transformación educativa que anuncia es una política de Estado y no un argumento de campaña con fecha de vencimiento en 2028.

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