Entre carpas, filas para recibir alimentos, brigadas médicas internacionales y niños que se resisten a dejar de jugar, cerca de un centenar de familias intenta reconstruir la normalidad en uno de los principales campamentos levantados tras el doblete sísmico que sacudió Venezuela.

El ruido es lo primero que se percibe al llegar al estadio César Nieves.

No hay silbatos, aplausos ni competencias deportivas. El sonido que domina ahora es el de una emergencia que sigue viva: conversaciones superpuestas, niños corriendo entre las carpas, motores de vehículos oficiales, altavoces que anuncian instrucciones y el constante ir y venir de quienes intentan reorganizar la vida después del desastre.

Donde antes hubo deporte, hoy hay refugio.

Las gradas observan una escena completamente distinta. Sobre el terreno se levantan decenas de carpas que albergan a cerca de un centenar de familias afectadas por el doblete sísmico que sacudió Venezuela. Son estructuras temporales, algunas más resistentes que otras, convertidas en hogares improvisados para personas que, en cuestión de minutos, tuvieron que abandonar todo lo que conocían.

Cada carpa guarda una historia de pérdidas.

A la entrada de una de ellas descansan varias maletas. En otra, una mujer organiza ropa sobre una lona extendida en el suelo. Más adelante, una familia comparte el almuerzo sentada sobre cajas de cartón. Las pertenencias son pocas, pero suficientes para recordar que detrás de cada refugio hay una vida que quedó suspendida entre el antes y el después del terremoto.

Los adultos mayores parecen cargar el peso más visible de la espera. Sentados en sillas plásticas, bajo la sombra que ofrecen algunas estructuras, observan el movimiento del campamento sin apartar la mirada. Hablan poco. Algunos sostienen botellas de agua; otros simplemente permanecen en silencio, como si todavía intentaran comprender la magnitud de lo ocurrido.

A pocos metros, los niños se resisten a que la tragedia les robe la infancia.

Corren entre los pasillos improvisados, persiguen pelotas, inventan juegos y ríen con una naturalidad que contrasta con el escenario que los rodea. Entre las carpas y los vehículos de emergencia construyen pequeños espacios de normalidad, como si el juego fuera una forma de resistencia.

También están los animales.

Perros acostados junto a las entradas de las tiendas de campaña, gatos que buscan refugio bajo la sombra y mascotas que permanecen cerca de las familias que decidieron no abandonarlas durante la evacuación. Son compañeros silenciosos de un desplazamiento que nadie esperaba vivir.

La ayuda humanitaria intenta abrirse paso entre las necesidades más urgentes.

Personal de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) recorre el campamento ofreciendo asistencia sanitaria y acompañamiento a los afectados. Muy cerca de allí, trabajadores ultiman los detalles para la instalación de una unidad hospitalaria móvil que será operada por médicos dominicanos llegados este sábado como parte de la misión humanitaria enviada por República Dominicana.

Las batas blancas se mezclan con uniformes militares, chalecos de organismos internacionales y voluntarios que transportan cajas con suministros. Es una escena en la que convergen distintos acentos, distintas banderas y un mismo objetivo: ayudar.

Las filas para recibir alimentos se forman varias veces durante el día. Aparecen con rapidez. Hombres, mujeres y niños esperan bajo el calor sosteniendo recipientes vacíos o pequeñas fundas para llevar la comida hasta sus carpas. La rutina del campamento gira en torno a esas distribuciones, las consultas médicas y las noticias que llegan desde las zonas más afectadas.

Mientras tanto, efectivos de los cuerpos de seguridad venezolanos recorren constantemente el estadio. Con armas largas al hombro, cruzan los pasillos de tierra y vigilan los accesos. Su presencia es permanente y recuerda que la emergencia sigue siendo una operación en desarrollo.

Cuando cae la tarde, el movimiento disminuye apenas un poco. Algunas familias se reúnen frente a las carpas; otras observan el horizonte en silencio. Los niños continúan jugando hasta que la luz comienza a desaparecer.

En el estadio César Nieves nadie sabe con certeza cuándo podrá regresar a casa.

Por ahora, este espacio prestado es refugio, comedor, centro médico, patio de juegos y lugar de espera. Un sitio donde conviven el cansancio, el miedo y la esperanza. Un lugar donde cerca de un centenar de familias intenta reconstruir una rutina mientras el país todavía cuenta los daños que dejó la tierra al sacudirse.

Karla Alcántara

Abanderada por los viajes, postres y animales. Ha cursado diplomados sobre periodismo económico impartido por el Banco Central, periodismo de investigación por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo, finanzas por el Ministerio de Hacienda y turismo gastronómico por la Organización Internacional Italo-Dominicano.

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