La frase "a mí me dieron y aquí estoy" ha servido durante décadas para justificar los golpes como una forma válida de corregir a los hijos. En muchos hogares dominicanos, la "pela", el chancletazo o la correa todavía son vistos como herramientas de disciplina, pese a la evidencia científica que demuestra los efectos negativos del castigo físico sobre el desarrollo infantil.
La psicóloga clínica y comunicadora, Eileen Glass Ángeles, señala que esta práctica no se mantiene porque la mayoría de los padres esté convencida de que es la mejor forma de educar, sino porque responde a un patrón aprendido que se transmite de generación en generación.
"La pela se sostiene porque se ha heredado culturalmente a través de los años por las mismas familias que fueron criadas de esta manera", explica.
¿Por qué la violencia sigue presente en la crianza?
Según Glass, muchas personas crecieron asociando los golpes con el respeto, la obediencia y la formación del carácter. Esa experiencia hace que, al convertirse en madres o padres, recurran a las mismas estrategias que conocieron durante su infancia.
"No saben que es posible hacerlo de otra manera. Piensan que criar sin pelas es criar sin reglas, porque creen que es blanco o negro", señala.
Los datos respaldan esa contradicción. La Encuesta Nacional de Hogares de Propósitos Múltiples y la Encuesta de Indicadores Múltiples por Conglomerados (ENHOGAR-MICS 2019) revela que el 63.5 % de los niños, niñas y adolescentes dominicanos experimenta algún tipo de disciplina violenta. Sin embargo, solo el 8.8 % de los adultos afirma estar de acuerdo con el castigo físico.
Para la especialista, esa diferencia demuestra que muchas familias no golpean porque realmente crean que sea correcto, sino porque repiten el modelo con el que fueron educadas.
"A mí me dieron y salí bien"
Glass considera que esa frase resume uno de los principales mitos sobre la crianza.
"Muchos padres dicen 'a mí me dieron y aquí estoy', pero suelen medir ese 'estar bien' por tener trabajo, una familia o estabilidad económica, sin detenerse a pensar en el costo emocional que pudo dejar esa experiencia", explica.
Añade que las personas pocas veces cuestionan el trato recibido durante su infancia porque existe un fuerte vínculo afectivo con sus padres, incluso cuando hubo maltrato.
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