Seis décadas después de que los viajeros espaciales de Star Trek se aventuraron audazmente donde nadie había llegado antes, el viaje a la órbita ya es una ruta muy transitada.

Los satélites proliferan en la órbita terrestre baja y más allá, y la inversión acompaña este auge: en los primeros ocho meses de este año, las adquisiciones y la captación de capital por deuda, acciones y capital riesgo sumaron casi US$180 mil millones, según S&P Capital IQ; una cifra que ya casi duplica el total del año anterior.

El gigante de la galaxia es, por supuesto, SpaceX —de Elon Musk— que por sí sola recaudó US$86 mil millones en su oferta pública inicial (OPI). Sin embargo, no faltan competidores que siguen su estela. Rocket Lab completó en septiembre una emisión de acciones valorada en cerca de US$2 mil millones. En Europa, el gigante aeroespacial Airbus piensa unir fuerzas con la empresa italiana Leonardo y el grupo francés Thales para combinar sus actividades espaciales —
incluyendo la fabricación de satélites— y mejorar así su competitividad.

Esta nueva etapa de la carrera espacial responde en parte a motivos políticos: Europa no quiere
perder su soberanía espacial frente a Musk. Este hecho impulsó a Francia y al Reino Unido a inyectar capital en Eutelsat el año pasado, como parte de una ronda de financiación de €1.5 mil millones. Los gobiernos apoyan esta iniciativa paneuropea. Según estimaciones de analistas recopiladas por Visible Alpha, el segmento de Eutelsat que más crecerá hasta 2030 será el de los
ingresos derivados de la prestación de servicios gubernamentales.

No obstante, las empresas también ven una oportunidad comercial más amplia. Gracias a Musk, los costos de lanzamiento representan apenas una vigésima parte de lo que eran hace solo dos décadas, cuando operaba el transbordador espacial de la NASA. Se pueden obtener ahorros adicionales mediante el uso de cohetes reutilizables y la reducción del tamaño de los satélites.

Como resultado, cada vez más sectores muestran interés en utilizar satélites, ya sea para la previsión meteorológica, las comunicaciones, los centros de datos o fines militares.

Sin embargo, existen dos posibles escollos. El primero es que el sector espacial —o al menos los
ingresos generados por los satélites— podría no crecer tan rápidamente como se espera. No todas las aplicaciones resultarán revolucionarias: el entusiasmo por las comunicaciones directas a dispositivos, por ejemplo, se limita en realidad a zonas montañosas remotas y otras áreas sin cobertura.

El segundo es la competencia. El espacio es inmenso, pero actualmente Starlink acapara por mucho la mayor parte de los 16 000 satélites activos que orbitan la Tierra, según SatFleet, una plataforma de seguimiento espacial y de satélites. Hay más en camino: el gigante estadounidense está buscando aprobación regulatoria para desplegar una constelación destinada a centros de datos que podría llegar a contar con hasta un millón de satélites.

Ciertamente, hay espacio para múltiples actores; pocos Estados, por ejemplo, optarán por depender de un único operador para sus comunicaciones por satélite. Empresas emergentes como la polaco-finlandesa Iceye cuentan con modelos de negocio más sólidos que sus predecesoras europeas: es rentable, presume de una cartera de contratos superior a €1.5 mil millones y está aprovechando esta situación para ampliar su producción. La carrera espacial de antaño giraba en torno a los 'campeones nacionales'; en esta ocasión, sin embargo, las capacidades y habilidades comerciales determinarán quiénes obtendrán la victoria.

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