Una investigación de UNICEF advierte que las normas de género y los métodos violentos de disciplina pueden condicionar el desarrollo de las niñas desde sus primeros años de vida.
Los datos de ENHOGAR-MICS 2025 indican que el 54.9 % de la población infantil de entre 1 y 14 años ha experimentado castigos físicos o agresiones psicológicas, una realidad que plantea desafíos para la crianza y la protección de los derechos de la niñez.
El problema no se limita a los golpes. También puede manifestarse en las exigencias sobre la apariencia física, las restricciones a la movilidad y la asignación desigual de responsabilidades domésticas, prácticas que, cuando se imponen mediante el miedo o el castigo, reducen las posibilidades de las niñas de decidir sobre su propio cuerpo y su futuro.
El cabello como expresión de control sobre el cuerpo
La historia de María Almonte, nombre ficticio utilizado para proteger su identidad, ilustra cómo una práctica de cuidado personal puede convertirse en una experiencia de violencia. A los seis años, los jalones y el uso de una tenaza caliente durante el peinado le provocaron dolor y miedo.
El caso expone una contradicción: actividades asociadas con la higiene y la presentación personal pueden convertirse en mecanismos de imposición cuando se realizan mediante golpes, amenazas o humillaciones.
En el caso del cabello afro y rizado, las exigencias estéticas también pueden estar relacionadas con prejuicios sociales sobre la apariencia. No se trata de cuestionar la libertad de elegir un peinado, sino de advertir sobre las presiones que llevan a algunas niñas a sentir que su cabello natural debe modificarse para ser aceptado.
La presión social contra las niñas y mujeres que llevan el cabello afro natural, una problemática que también alcanza los espacios educativos.
Las tareas domésticas y la movilidad, bajo la lupa
Las desigualdades de género no se limitan a la apariencia física. También pueden manifestarse en las responsabilidades asignadas dentro del hogar y en las restricciones que enfrentan las niñas para desplazarse, relacionarse y participar en actividades comunitarias.
La colaboración en las tareas domésticas forma parte de la convivencia familiar. Sin embargo, cuando cocinar, limpiar o cuidar a hermanos menores recae principalmente sobre las niñas, mientras los varones quedan exentos de esas obligaciones, se refuerza una distribución desigual del trabajo de cuidados.
La situación se agrava cuando el incumplimiento de esas tareas conlleva castigos para ellas, pero no para sus hermanos. En esas circunstancias, la disciplina deja de responder a criterios iguales para todos y reproduce expectativas basadas en el género.
Algo parecido sucede cuando las restricciones a la movilidad se justifican exclusivamente como protección. Aunque la seguridad infantil requiere supervisión y medidas preventivas, estas no deberían traducirse en limitaciones desproporcionadas que impidan a las niñas desarrollar su autonomía.
La disciplina violenta afecta también a los más pequeños
Los datos de ENHOGAR-MICS 2025 citados por UNICEF indican que el 54.9 % de los niños y niñas de entre 1 y 14 años en República Dominicana ha experimentado métodos violentos de disciplina, incluidos el castigo físico y la agresión psicológica. Entre los menores de 3 y 4 años, el porcentaje asciende al 61.4 %.
Las cifras sitúan el problema antes de la adolescencia, etapa en la que muchas de las expectativas sociales sobre el comportamiento femenino ya pueden haberse incorporado a la vida cotidiana.
De acuerdo con el análisis de UNICEF, las normas restrictivas de género también están vinculadas con riesgos como las uniones tempranas y el embarazo adolescente. Estas situaciones requieren respuestas que combinen prevención de la violencia, protección de derechos, acceso a la educación y oportunidades para que las niñas puedan tomar decisiones informadas sobre sus vidas.
El representante de UNICEF en República Dominicana, Carlos Carrera, sostuvo que las niñas deben crecer libres de violencia y de estereotipos que condicionen su apariencia, sus decisiones y sus aspiraciones.
La autonomía no empieza a los 18 años
La prevención de la violencia infantil requiere cambios en la crianza, la educación y las prácticas comunitarias, además de políticas públicas y servicios de protección que garanticen el cumplimiento de los derechos de la niñez.
Esto implica revisar costumbres que suelen transmitirse entre generaciones sin cuestionar sus consecuencias: desde los castigos físicos hasta la imposición de determinados estándares de belleza y la distribución desigual de las responsabilidades familiares.
La autonomía se desarrolla desde la infancia, cuando las niñas pueden expresar sus opiniones, participar en las decisiones que les conciernen, aprender en condiciones de igualdad y crecer sin temor a sufrir violencia por su apariencia o comportamiento.
El caso de María recuerda que la protección no debe confundirse con el control. Una crianza respetuosa debe permitir que las niñas desarrollen su identidad y sus capacidades sin que las expectativas asociadas a su género determinen de antemano sus posibilidades.
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