En la década de 1920, dos sociólogos —Robert Staughton Lynd y Helen Merrell Lynd— se propusieron estudiar «las tendencias entrelazadas que conforman la vida de una pequeña ciudad estadounidense» en una época de rápidos cambios. En su libro Middletown, sobre el pueblo de Muncie, en el estado de Indiana, publicado posteriormente, escribieron que la comunidad estaba dividida tanto por el tiempo como por la clase social. A las 6 de la mañana, las luces se encendían en los hogares de la clase trabajadora porque sus trabajos generalmente comenzaban entre las 6:15 y las 7:30 de la mañana (cuando no tenían turnos nocturnos), mientras que las familias de la «clase empresarial» seguían durmiendo durante más o menos una hora adicional.

Estos diferentes ritmos laborales adquirieron un carácter político en 1925, cuando surgió un punto de estancamiento en cuanto a si la ciudad debería adoptar el «horario de verano», lo que significaría tener más luz en las tardes de verano. Los madrugadores de clase trabajadora argumentaban que perderían horas de sueño, mientras que los empresarios instaron al cambio «debido al golf» y la necesidad de lidiar con negocios en la costa este.

Las exigencias contrapuestas del ocio y los negocios, por un lado, y de nuestros relojes biológicos, por el otro, no han desaparecido a lo largo del siglo transcurrido desde entonces. Pero los científicos han aprendido mucho más sobre lo que le sucede a nuestra salud cuando priorizamos lo primero sobre lo segundo.

En resumen: nada bueno. Numerosos investigadores actualmente concuerdan en que el horario de verano puede alterar nuestros ritmos circadianos. Pero hay formas mucho más peligrosas de interferir con nuestros relojes biológicos, y la peor de ellas es trabajar de noche.

Es un mito que los trabajadores del turno nocturno puedan volverse nocturnos con el tiempo. Según el libro Life Time (Ritmo de vida), del profesor de neurociencia circadiana Russell Foster, los estudios sugieren que el 97 por ciento de los trabajadores del turno nocturno permanecen sincronizados con el día, lo cual significa que tienen que dormir cuando sus cuerpos están preparados para estar despiertos, y viceversa. Esto conlleva consecuencias para la presión arterial y el sistema inmunológico. Las correlaciones con el cáncer son tan claras que el trabajo nocturno ha sido clasificado como «probablemente cancerígeno para los seres humanos» por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC, por sus siglas en inglés) de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Incluso si no trabajas de noche, la evidencia sugiere que el simple hecho de trabajar en contra de tu «cronotipo» puede ser perjudicial para tu salud. Un reciente estudio realizado en Finlandia analizó qué les había sucedido a las personas que, en 2012, proporcionaron información sobre si eran madrugadores o noctámbulos cuando estaban en la mitad de sus cuarenta años. Durante los siguientes 12 años, quienes tenían cronotipos nocturnos tuvieron más probabilidades de terminar recibiendo una pensión por discapacidad, incluso después de ajustar los resultados en función de factores socioeconómicos. Una posibilidad, según los investigadores, es que «los horarios de trabajo tradicionales interferían significativamente con las preferencias de sueño de los cronotipos nocturnos, lo que provoca un desfase horario social».

Pero, aunque la prevalencia del trabajo nocturno ha disminuido gradualmente en EE. UU. desde que se escribió Middletown, sigue existiendo una brecha de clase cuando de trabajos que alteran el reloj biológico se trata. Según una investigación publicada este año, la mayoría de los trabajadores nocturnos estadounidenses no tienen más que estudios de bachillerato.

En términos más generales, el cambio hacia el trabajo a distancia impulsado por la pandemia ha representado una mayor ventaja para los trabajadores de oficina (quienes ya contaban con mayor flexibilidad en sus horarios) que para cualquier otro grupo.

En Europa, por ejemplo, los gerentes cuentan con los niveles más altos de autonomía según la vasta Encuesta Europea sobre Condiciones Laborales de 2024, con el 40 por ciento pudiendo adaptar sus horarios de trabajo dentro de ciertos límites, y el 19 por ciento teniendo control total sobre sus horarios. Por el contrario, los trabajadores en el extremo inferior de la escala salarial siguen teniendo poco control: casi el 80 por ciento tiene horarios establecidos íntegramente por sus empleadores.

Es posible que los avances en automatización acaben por eliminar la necesidad de que los seres humanos trabajen en contra de sus relojes biológicos. Algunas compañías de logística ya están comenzando a experimentar con «turnos nocturnos sin personal», en los que los robots trabajan solos durante la noche, dejando de lado aquellos pedidos que requieran asistencia humana hasta que llega el turno de la mañana. Los camiones autónomos, por su parte, podrían recorrer largos tramos de autopista durante la noche, dejando «las entregas de último kilómetro» para que las realicen conductores humanos durante el día.

Una transición de este tipo representaría un reto económico para los trabajadores —sobre todo porque el trabajo durante turnos nocturnos suele estar mejor remunerado—, pero podría tener enormes beneficios para la salud humana. Esta transición requeriría una cuidadosa gestión por parte de los legisladores, quienes deben tener en cuenta la ciencia, la desigualdad y el futuro.

Sin embargo, Donald Trump suena más bien como una voz del pasado. Su más reciente propuesta implica una intervención en la «política del tiempo». El presidente estadounidense está presionando para que el horario de verano sea permanente, argumentando que sería bueno para las personas a quienes «les gustaría jugar un poco al golf sin tener que correr a casa después de 14 hoyos».

Sarah O’Connor. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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