El pasado miércoles 9 de septiembre, el padre Pablo Mella, S.J., director de la revista Estudios Sociales y miembro del Equipo Jesuita Latinoamericano de Reflexión Filosófica, abrió el año académico 2026-2027 de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) con una conferencia que cruzó teología, pedagogía y filosofía política para interpelar a la institución desde adentro.
La cátedra, titulada "La encíclica Magnifica humanitas y la cultura universitaria", se celebró en el Auditorio de Ciencias de la Salud del campus de Santiago, en la autopista Duarte km 1½, a las 5:30 de la tarde. El acto formó parte de los festejos por el 64.º aniversario de fundación de la PUCMM.
Una pregunta que no admite respuesta protocolar
Mella, egresado de la entonces llamada UCMAIMA, regresó a su alma máter no para celebrar logros sino para formular una interrogante crítica: ¿Qué tendría que cambiar en la universidad si se cree realmente que ningún adelanto tecnológico puede realizarse a expensas de una pérdida de humanidad?
"Los documentos papales pueden ser admirados sin ser recibidos, y las palabras más nobles pueden convivir con rutinas que las contradicen", advirtió el jesuita, en referencia directa a la encíclica Magnifica humanitas del papa León XIV, el primer documento magisterial centrado en los desafíos de la inteligencia artificial.
La conferencia recorrió cuatro momentos: la definición de cultura universitaria, los desafíos educativos que señala la encíclica, la imagen de universidad católica que de allí se desprende, y una propuesta conclusiva articulada en torno al concepto de sinodalidad, que puede resumirse en "caminar juntos", como forma de gobierno y espiritualidad institucional.
El currículo oculto como diagnóstico
Mella propuso entender la cultura universitaria como "el entramado de conocimientos, prácticas, valores, relaciones, símbolos y reglas mediante el cual una comunidad de educación superior organiza su búsqueda de la verdad y pauta su convivencia cotidiana". Desde esa definición, señaló que una universidad educa incluso cuando no imparte clases: educa por lo que premia, por lo que tolera y por sus silencios.
"Una universidad puede elogiar el pensamiento crítico y castigar la pregunta", dijo. A ese aprendizaje indirecto lo llamó currículo oculto: el conjunto de mensajes que una institución transmite sin haberlos escrito en ningún programa.
Tres desafíos de la encíclica para el aula
A partir de Magnifica humanitas, el conferencista identificó tres desafíos educativos urgentes.
El primero es sociopolítico: las desigualdades en el acceso a la educación no terminan con la matrícula. El acceso real incluye permanencia, conectividad, orientación y la posibilidad de participar sin sentirse intruso.
El segundo es pedagógico: los sistemas educativos tienen dificultades para actualizarse sin sacrificar el crecimiento integral. Sobre la inteligencia artificial generativa, Mella fue preciso: "Un estudiante puede imprimir una síntesis impecable sin distinguir la idea central". La solución no es prohibir la herramienta sino diseñar procesos —borradores, defensa oral, lectura de fuentes— que hagan visible el aprendizaje real.
El tercero es sapiencial: el flujo incesante de información puede sustituir la reflexión. Mella defendió lo que la encíclica llama una "higiene de la atención" (ritmos académicos que incluyan silencio, lectura y estudio reflexivo) y rechazó la idea de que esperar equivale a ser lento: "Si eliminamos toda espera, quizá obtengamos más respuestas operativas, pero menos personas capaces de reconocer cuál pregunta importa".
Una universidad con las puertas abiertas
En la parte conclusiva, Mella recurrió a dos imágenes bíblicas que la encíclica toma de San Agustín: Nehemías, el constructor que reconstruye Jerusalén en medio de resistencias, y la nueva Jerusalén del Apocalipsis, ciudad cuyas puertas permanecen abiertas a todas las naciones.
"Las murallas que vale la pena reconstruir son la confianza en la palabra, la integridad de la investigación, la libertad académica responsable, la justicia de los procedimientos y el cuidado de las personas vulnerables", afirmó. "No sirven para impedir que el mundo entre, sino para acogerlo y pensarlo con libertad".
La propuesta final fue la de una universidad católica sinodal, organizada en torno a tres palabras: comunión, participación y misión. Comunión de saberes frente a la fragmentación disciplinar; participación que obligue a la autoridad a escuchar y rendir cuentas; misión que impida el encierro institucional y ponga el conocimiento al servicio de la sociedad.
"La transformación cultural de una universidad rara vez se anuncia con estrépito", cerró Mella. "Se reconoce cuando alguien descubre que vale la pena formular una objeción, pedir ayuda o proponer algo nuevo porque existe una posibilidad real de ser escuchado".
Obispo de San Francisco de Macorís
La Misa de Acción de Gracias que precedió al acto académico fue presidida por monseñor Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, obispo de la Diócesis de San Francisco de Macorís y presidente de la Conferencia del Episcopado Dominicano (CED), con la presencia del arzobispo metropolitano de Santiago, monseñor Héctor Rafael Rodríguez, Gran Canciller y presidente de la Junta de Directores de la PUCMM.
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