El 8 de abril de 2025 no terminó cuando se apagaron los gritos ni cuando se contaron los cuerpos. Para Ana María Ramírez, sobreviviente y creadora del Movimiento Justicia por Jet Set, esa fecha “aún duele y seguirá doliendo”. Pero, sobre todo, se convirtió en un punto de quiebre: el momento en que decidió que la tragedia no podía cerrarse con silencio, ni con olvido, ni con una lista.

En su testimonio ofrecido en la primera de dos misas para recordar a las 236 personas fallecidas por el colapso del techo de la discoteca Jet Set, Ramírez describe el impacto íntimo del desastre. Habla de cómo, en medio del shock, vio a su entorno quebrarse: “Me doy cuenta de lo que pasaba a mi alrededor y cómo mis familiares y amistades se descomponían… y se desmoronaban ante tan gran tragedia”. Con el tiempo, dice, entendió algo que la empuja hasta hoy: no todas las familias tuvieron la misma suerte.

Por eso dirige su mensaje también a quienes quedaron con vida. Les habla sin eufemismos: los sobrevivientes —dice— son pocos, incluso menos que quienes murieron. Y, con esa constatación, introduce una pregunta que atraviesa su decisión de organizarse: ¿qué significa seguir vivo cuando tantos ya no están?

“Quiero que todos los sobrevivientes que están aquí sepan lo afortunados que son”, afirma. Pero esa “fortuna” no es un consuelo automático: para ella carga con una responsabilidad. Los que quedaron, sostiene, deben comprender “cuál es ese propósito… de que ellos estén en este mundo y los demás estén en el cielo”. La idea aparece como un mandato moral: si la vida continuó, no puede ser para pasar página como si nada.

Jiménez cuenta que, desde entonces, hay una frase que le repiten una y otra vez: “¿Por qué tú sigues? Dale gracias a Dios que tú estás viva todos los días”. Ella responde con una posibilidad que le resultó insoportable: “Pude haber sido yo”. Y empuja el razonamiento más allá: “¿Y si hubiera sido lo contrario?”. En su relato, esa inversión del destino se vuelve el combustible de su lucha.

En ese punto, su voz deja de hablar solo de sí misma. Nombra a personas que murieron y a quienes hubiera querido ver liderando la pelea por justicia: “A mí me hubiera gustado que Nélfis Sánchez peleara por mí, que Melissa Tejeda Sosa peleara por mí, que Alexandra Grullón peleara por mí”. La lista, incompleta a propósito, tiene un efecto: rescata identidades del anonimato y rechaza la lógica de la estadística.

Ella misma lo resume con crudeza al imaginarse entre las víctimas: no quería “haber sido un número más en una lista de doscientos treinta y seis”. La cifra aparece como símbolo de lo que el movimiento busca combatir: que el duelo se convierta en trámite y que la tragedia quede reducida a un conteo.

Ramírez agradece estar viva —“será siempre mi agradecimiento eterno hacia Dios”— y menciona a su familia como ancla: sus hijos, su esposo, su madre. Pero su gratitud no se presenta como cierre sino como impulso: está aquí, dice, para que los suyos no tengan que vivir lo que han vivido “tantas familias… de tantos fallecidos”.

En su explicación, la justicia no es solo castigo: es memoria y aprendizaje social. Por eso recurre a una figura histórica que funciona como espejo del reclamo: Minerva Mirabal. La cita elegida condensa su tesis: “Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte”. Luego plantea la razón por la cual esa fuerza persiste: “Porque como país decidimos no olvidarla, siempre recordarla y honrar su memoria”.

Con esa comparación, Jiménez enmarca la tragedia del Jet Set en un desafío colectivo: “En el Jet Set mataron a más de doscientas personas que ahora levantan las manos de su tumba y nos tocan”. Para ella, lo que sigue depende de los vivos: “A nosotros nos toca hacerlos más fuertes. Entonces, no podemos olvidarlos”.

La exigencia no se limita a recordar. También apunta a causas y responsabilidades. Martínez pide “aprender de los errores cometidos que propiciaron que esta tragedia tan grande ocurriera”. Y cierra con un llamado que define el sentido del movimiento que creó: “Gracias por acompañarnos y no dejarnos solos. Esta lucha es de todos”.

En esta misa, oficiada por el padre Rogelio Cruz, integrantes del Movimiento Justicia por Jet Set fueron reconocieron la labor de Ana María Ramírez.