En un congreso de taquígrafos celebrado en Cincinnati hace casi 150 años, una taquígrafa llamada Helen T. Pierson subió al escenario para rebatir las crecientes protestas de los empleados varones, quienes afirmaban que la llegada de mujeres amenazaba la estabilidad de sus empleos. Ella se opuso, en particular, al argumento misógino de que las mujeres estaban rebajando los salarios de los hombres porque estaban dispuestas a trabajar por un sueldo menor.

"La injusticia de pagarles menos a las mujeres es tan flagrante y palpable que parece imposible que tal injusticia siga existiendo", dijo Pierson ante una audiencia compuesta principalmente por hombres. "Es extremadamente difícil e injusto que una mujer reciba un salario más bajo simplemente por ser mujer, y no sólo es injusto, sino que está calculado para causar mucho daño".

Al igual que ocurre hoy en día con el software y la inteligencia artificial (IA), la adopción masiva de la taquigrafía y la mecanografía cambió los hábitos y los roles laborales. Pero no todos los trabajadores se beneficiaron. A medida que las nuevas tecnologías barren los últimos vestigios de estas antiguas herramientas de productividad de oficina, ¿qué podemos aprender de sus usos y sus malos usos?

La primera lección: trata de no ser demasiado optimista.

Para la década de 1880, impulsadas por la rápida expansión del trabajo de oficina, la máquina de escribir y la taquigrafía — una técnica de 2,000 años de antigüedad que utiliza símbolos escritos para agilizar el registro y la transcripción del habla — habían abierto nuevas oportunidades laborales para muchas mujeres.

Antes de que el trabajo de oficina se expandiera en EEUU y Europa, las normas sociales confinaban a la mayoría de las mujeres a los "roles femeninos" tradicionales, como la enseñanza o el servicio doméstico. Pero la taquigrafía y, especialmente, la mecanografía se promocionaban como actividades particularmente adecuadas para la mentalidad y el físico femeninos. Para 1900, tres cuartas partes de los taquimecanógrafos de EEUU eran mujeres, de ahí el malestar de los empleados de oficina varones. Sus protestas fueron en vano. Para 1930, el 95 por ciento de quienes ejercían esa profesión en EEUU eran mujeres.

Sin embargo, la taquigrafía y la mecanografía fueron un arma de doble filo. Al tener la oportunidad de incorporarse al mercado laboral, algunas mujeres prosperaron. Por ejemplo, muchas sufragistas estadounidenses y sufragistas británicas eran mecanógrafas expertas que utilizaron sus habilidades de oficina como herramientas de emancipación, por ejemplo, para preparar, imprimir y distribuir folletos.

Las destrezas secretariales también ayudaron a las primeras corredoras de bolsa, periodistas y editoras a abrirse camino en sus profesiones. Otras disfrutaban del trabajo secretarial simplemente por la flexibilidad y el dinero que les proporcionaba para desarrollar otras trayectorias profesionales.

Pero muchas taquígrafas y mecanógrafas quedaron atrapadas bajo un techo de cristal muy bajo, muy lejos de las expectativas optimistas de las pioneras de finales del siglo XIX. La determinación y los sacrificios necesarios para progresar en un trabajo remunerado de tiempo completo a veces eran demasiado grandes.

La segunda lección es que la intervención de consultores agresivos que venden tecnología en nombre de la eficiencia suele perjudicar a quienes deben trabajar directamente con ella.

Para la década de 1910, los "gerentes científicos", inspirados por el afán mecanicista del consultor Frederick Winslow Taylor por aumentar la eficiencia de la producción industrial, instalaban contadores de velocidad en las máquinas de escribir para evaluar la productividad. William Henry Leffingwell, discípulo de Taylor y autor de Scientific Office Management (1917), se obsesionó con determinar la mejor manera de organizar el escritorio de una secretaria ("guardar los artículos de papelería en los cajones del escritorio es una fuente de movimientos innecesarios"), cuánto tiempo debería tardar en insertar una hoja de papel en una máquina de escribir (tres centésimas de minuto) y si valía la pena quitar los clips de la correspondencia antes de archivarla (depende: se tarda 10 minutos en quitar una libra de clips, calculó).

Leffingwell era, naturalmente, un gran defensor del equipo de mecanografía, que concentraba a los taquimecanógrafos en un sólo lugar, en vez de depender de "pequeños grupos de taquígrafos sin supervisión repartidos por toda la oficina, que dedican sólo parte de su tiempo a redactar cartas y el resto a diversas tareas administrativas y que, como suele ocurrir, permanecen completamente inactivos durante el tiempo restante".

La historiadora Lucienne Boyce, quien trabajó como secretaria temporal en la década de 1970, dice: "La imagen general del equipo de mecanógrafos era la de una fábrica, y las mujeres se convertían en instrumentos; era como mantener sometidos a los trabajadores de una fábrica asignándoles una tarea insignificante". Boyce se convirtió más tarde en asesora profesional y observó cuán poco habitual era que se orientara a los hombres hacia la carrera de secretariado.

Era un mundo en el que "los jefes, casi siempre hombres, literalmente dictaban órdenes a las empleadas administrativas", como lo ha expresado la académica Catherine Rankovic. A medida que avanzaba el siglo, la combinación de control absoluto, un enfoque rígido en la eficiencia y un estatus inferior le arrebató a la oficina la poca autonomía y satisfacción que las mujeres esperaban encontrar en ella. Esto creó lo que la socióloga Margery Davies denominó un "proletariado secretarial".

Entre los obstáculos que se interponían en el camino de estas mujeres se encontraban las restricciones matrimoniales formales o informales, las opciones de licencia por maternidad o cuidado infantil inadecuadas o inexistentes, y las crecientes desigualdades salariales y de oportunidades de ascenso entre hombres y mujeres, sin mencionar el sexismo casual y el acoso sexual descarado.

La tercera lección es que las mismas fuerzas que dan origen a una tecnología también pueden acelerar su desaparición cuando llega la siguiente ola de avances. Los usuarios de la tecnología anterior suelen ser víctimas involuntarias de ese proceso.

El dictáfono, la máquina de escribir eléctrica, la computadora e Internet acabaron por eliminar los equipos de mecanografía y relegaron el dictado taquigráfico al olvido.

Con la llegada de la computadora personal de escritorio, la máquina de escribir se convirtió en un "teclado" y se rompió la asociación entre escribir a máquina y el trabajo de las mujeres. Los ejecutivos comenzaron a darse cuenta de que la forma más rápida de plasmar una idea en un memorándum o una carta era teclearla ellos mismos. "Ahora tenemos computadoras, y 'escribir a máquina' se ha convertido en 'teclear'. ¡Y de repente, voilà! … ¡Los hombres saben escribir a máquina!", dijo Gloria Steinem, la activista feminista, en un discurso de graduación de 2007 en su alma máter, el Smith College. "Les da fe en la capacidad de los hombres para cambiar, ¿no es cierto?"

Así pues, el sueño que muchas mujeres albergaron a finales del siglo XIX — que innovaciones como la taquigrafía y la mecanografía les abrirían las puertas del mundo laboral y les permitirían ascender profesionalmente — resultó ser, para muchas, una ilusión. No fue sino hasta la década de 2020 que las gerentes comenzaron a superar en número a las secretarias en la lista de los puestos más comunes para las mujeres en EEUU.

Pero hay una cuarta lección, y más optimista, que se puede extraer del auge y la caída del proletariado secretarial. Las nuevas tecnologías pueden crear oportunidades para que un grupo más reducido de trabajadores desarrolle competencias que le permitan acceder a mejores empleos o diseñar puestos de trabajo más satisfactorios.

Las secretarias se han convertido, por ejemplo, en asistentes personales y ejecutivas de alto nivel, cada vez más solicitadas por su dominio de las herramientas de oficina más modernas.

Rebecca Siciliano, directora general de la agencia Tiger Recruitment, dice que muchos de sus clientes "buscan a alguien con conocimientos sólidos de IA y tecnología".

Estas asistentes deben aportar el toque humano experto necesario para manejar agendas repletas de reuniones virtuales y presenciales, y para representar a su jefe tanto dentro como fuera de la empresa. Deben saber cuándo delegar en los bots las tareas más rutinarias, como redactar actas o actualizar hojas de cálculo. Las mejores ganan sueldos de £85,000 (US$115,000) al año, según Siciliano. Algunas pueden ascender hasta convertirse en jefes de personal y gerentes de operaciones.

Mucho ha cambiado desde que Pierson defendió el papel de las mujeres en el lugar de trabajo. La máquina de escribir manual hace tiempo que desapareció de la mayoría de las oficinas. Los teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial están acabando con los últimos usos de la taquigrafía manuscrita. Y a pesar de los grandes esfuerzos de Tiger y sus clientes por ampliar el grupo de asistentes ejecutivos, sólo una pequeña minoría son hombres.

Andrew Hill. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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