Fui a ver al comediante Louis CK hace unos meses, pero uno de sus monólogos sigue rondándome la cabeza. "La vida es demasiado larga", se quejaba. A mí me gusta la vida, pero como otro hombre cansado y cincuentón, lo entendí. Es más: es probable que Louis haya puesto el dedo en la llaga de una verdad sobre nuestros tiempos: el hecho de que nuestra esperanza de vida se esté alargando tal vez no sea del todo bienvenido.

En 2024, la esperanza de vida mundial alcanzó los 73,3 años, un nuevo récord, superando el máximo prepandémico de 72,6. Los avances médicos en inmunoterapia, fármacos contra la obesidad y —ahora, tal vez— el alzhéimer deberían mantenerla en ascenso. Es posible que Louis y yo lleguemos a los 90 años; creo que mis hijos lo lograrán. Y espero que su generación quiera hacerlo.

Y aunque la vida se está alargando, las cosas que tradicionalmente le daban sentido están en declive. Especialmente entre los jóvenes, cada vez menos personas tienen pareja, hijos, amigos, una religión o (sospecho) fe en el progreso. En vez, tenemos nuestros teléfonos.

Ahora, otro aspecto que le da sentido a nuestras vidas se ha visto amenazado: los trabajos interesantes y cautivadores. La gente ha comenzado a experimentar "choques de IA": momentos en los que repentinamente vislumbramos cómo esta tecnología podría volvernos prescindibles. El mío se produjo cuando tuve una idea para un nuevo libro. Simplemente como estímulo para la reflexión, le pedí a la inteligencia artificial (IA) que generara algunos pasajes de muestra. Pronto me di cuenta de que podría escribir el libro entero ese mismo día. Es cierto que la idea habría sido mía, pero mi único papel en la ejecución podría reducirse a verificar los datos para detectar "alucinaciones".

Si no soy alguien que escribe, ¿quién soy? Muchos radiólogos, abogados, programadores e ilustradores habrán experimentado alguna versión de esa conmoción. Un día, simplemente estorbaremos a las máquinas. Los traductores ya son prácticamente obsoletos. El trabajo humano del futuro será probablemente, ante todo, emocional (terapeuta, instructor de yoga) o físico (peluquero, cuidador), más que cognitivo. Nos hemos convertido en "una especie en declive social", sostiene el escritor Tom Rachman. Una vida en la que nuestras mentes resultan superfluas parece menos digna de ser vivida. Existe la famosa anécdota de un niño que, señalando a Randolph Churchill —hijo del gran hombre—, le preguntó a su madre: "¿Para qué sirve ese señor?". Pronto, todos podríamos ser Randolph.

Podríamos vivir más tiempo, pero con menos propósito y con peor salud. Nuestra esperanza de vida ha aumentado más rápido que nuestros años de vida saludable. Esta discrepancia es más acentuada en EE. UU., donde, en 2019, la persona promedio vivió con alguna discapacidad o enfermedad durante 12,4 años antes de fallecer. "El principal problema de limitarse a aumentar la esperanza de vida es que también incrementa la morbilidad; esto ocurre, sencillamente, porque las personas viven lo suficiente como para desarrollar más enfermedades, discapacidades, demencia y disfunciones asociadas con el envejecimiento", escribe Guy Brown, bioquímico de la Universidad de Cambridge. "Esos años adicionales se añaden justo al final de nuestras vidas y son de mala calidad". Brown sostiene que la muerte ha dejado de ser un acontecimiento puntual para transformarse en "un proceso largo y prolongado, intrínsecamente ligado al envejecimiento".

La prolongada agonía de mi madre a causa de la demencia no le aportó nada. Cuando se les pregunta en encuestas cuánto tiempo desean vivir, la mayoría de las personas dan respuestas que oscilan entre los 85 y los 93 años; sin embargo, afirman que prefieren vivir menos si no gozan de buena salud. "Uno debe morir a tiempo", escribe la científica social Liah Greenfeld, citando a su madre. Mi abuela, que vivió hasta los 92 años, pedía ocasionalmente a sus visitas que la mataran, aunque más por esperanza que por expectativa.

El gran psicólogo Daniel Kahneman optó por la eutanasia en Suiza a los 90 años, cuando aún gozaba de una salud razonable. Explicó que siempre había creído "que las miserias y las indignidades de los últimos años de vida son superfluas". Sentía que su vida estaba completa. ¿Quién querría vivir para siempre en una residencia de ancianos, escuchando los vídeos de TikTok que los demás residentes escuchan sin auriculares?

Gran parte del encanto de la vida reside, precisamente, en el valor de su escasez. Mi amigo, el escritor de tenis Gordon Forbes —quien falleció a los 86 años— tituló sus magníficas memorias A Handful of Summers (Un puñado de veranos). Tomó el título de una antigua anotación en su diario, en la que reflexionaba que los mejores momentos de una vida se hallaban "comprimidos / en una cabeza repleta de pensamientos / y un puñado de veranos". Esos veranos no deberían prolongarse eternamente. La ducentésima vez que se experimenta un momento cumbre —ya sea culinario o romántico— este pierde intensidad. El paulatino agotamiento de la fuerza vital con el paso de los años es, probablemente, inevitable. El sueño de inmortalidad de Peter Thiel resulta espeluznante.

Brown, el bioquímico, sugiere un camino mejor. Recomienda reorientar "la financiación de la investigación médica, alejándola de las principales causas de muerte de las personas mayores —tales como el cáncer y las enfermedades cardíacas— y dirigiéndola hacia las principales causas de morbilidad en la tercera edad, como la demencia, la depresión, la artritis y el propio envejecimiento". De este modo, podríamos honrar por fin el aforismo: añadir vida a los años, y no años a la vida.

(Simon Kuper. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).

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