El gran matemático especializado en la teoría de números G. H. Hardy probablemente no habría estado de acuerdo con el calificativo de "grande". En su libro Apología de un matemático, admitió: "Nunca he hecho nada 'útil'. Ninguno de mis descubrimientos ha marcado, ni es probable que marque, directa o indirectamente, para bien o para mal, la más mínima diferencia en la calidad de vida del mundo". Añadió que había formado a otros matemáticos "del mismo tipo que yo, y su trabajo ha sido tan inútil como el mío".
Dado que Hardy escribió esto en 1940, había un toque de falsa modestia en esta afirmación. El químico Fritz Haber había creado armas químicas para su uso en la Primera Guerra Mundial. Los ingenieros habían fabricado artillería, tanques y bombarderos estratégicos. Oppenheimer y los demás físicos crearían pronto la bomba atómica. Había un consuelo en las protestas de inutilidad de Hardy, pero quizás un consuelo falso.
En la década de 1970, Ron Rivest, Adi Shamir y Leonard Adleman aplicaron algunas ideas básicas de la supuestamente inútil teoría de números. Desarrollaron el algoritmo RSA (llamado así por los tres), que permite la criptografía de clave pública, sin la cual no existiría el comercio electrónico. La criptografía tampoco carece de valor para el ejército. Nunca se sabe cuándo un conocimiento inútil resultará útil después de todo.
La teoría de números de Hardy no fue la única en resultar útil por casualidad. En un famoso artículo publicado por esas mismas fechas —"La utilidad de los conocimientos inútiles" (1939)— el director del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Abraham Flexner, defendió las investigaciones aparentemente inútiles. Flexner partió de la radio y el radiotelégrafo, inventos extraordinarios por los que mucha gente agradecía a Guglielmo Marconi, el ingeniero ganador del premio Nobel.
Flexner argumentó que el "verdadero mérito" debía atribuírsele a James Clerk Maxwell y Heinrich Hertz, quienes habían realizado la investigación fundamental. "Ni Maxwell ni Hertz se preocuparon por la utilidad de su trabajo", escribió Flexner, y agregó que Marconi contribuyó "simplemente con el último detalle técnico… ahora obsoleto".
La Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia (AAAS, por sus siglas en inglés) ha recopilado algunos ejemplos más recientes para sus premios Golden Goose (ganso de oro). Hace diez años, los premios reconocieron el algoritmo de la abeja melífera, que comenzó cuando unos biólogos pintaron números diminutos en el dorso de abejas enfriadas (y, por lo tanto, inmóviles) y luego rastrearon a las abejas individuales para averiguar cómo contribuían a la búsqueda de néctar de la colmena. ¿Por qué? Porque querían saberlo.
Un par de ingenieros se sintieron intrigados, pensando que quizás las abejas habían desarrollado un mecanismo inteligente que los ingenieros podrían usar para… bueno, hacer algo. Quizás podrían utilizarlo para mejorar la circulación del tráfico o algo por el estilo. Las abejas habían desarrollado, sin duda, un enfoque ingenioso, pero los ingenieros no lograban averiguar cómo aprovecharlo.
Finalmente, un informático (de Oxford y de IBM) se puso en contacto con los ingenieros, planteando que tenía un problema para el que ellos podrían tener una solución. Tenía razón. El sistema de recolección de las abejas melíferas se adaptó para distribuir el tráfico siempre cambiante de internet entre muchos servidores diferentes.
Los premios Golden Goose también reconocieron a los microbiólogos que investigaron en los géiseres del parque de Yellowstone para comprender cómo algunas bacterias lograban prosperar a temperaturas muy altas. Los científicos descubrieron enzimas resistentes al calor —las polimerasas— que podían sobrevivir cerca del punto de ebullición. Esto, de forma bastante inesperada, allanó el camino para la reacción en cadena de la polimerasa, una forma de amplificar la información genética que se hizo muy famosa por la prueba de PCR de la covid-19, pero que tiene muchas otras aplicaciones.
Los premios Golden Goose no existen en un vacío político: están diseñados explícitamente para mostrar los beneficios inesperados de la investigación financiada con fondos federales en EE. UU., y fueron concebidos como una reprimenda a los anteriores premios Golden Fleece (despilfarrador), en los que el senador estadounidense William Proxmire se burlaba de lo que consideraba un gasto público innecesario, a menudo en proyectos científicos que sonaban extraños.
Proxmire no estaba del todo equivocado: algunos proyectos gubernamentales son un despilfarro de dinero, y algunos académicos producen investigaciones de escaso valor. Pero la falta de valor no se debe, por lo general, a que la investigación sea "inútil", sino a que se ha llevado a cabo de forma descuidada o incluso fraudulenta. Las afirmaciones que a primera vista parecen interesantes terminan cuajándose en la superficie de un caldero humeante de confusión.
Por desgracia, los políticos no están en condiciones de emitir una opinión fundamentada sobre el valor de la investigación científica. El hecho de que una investigación suene absurda o extraña no es indicativo de su valor. Mi propia corazonada —y es solo una corazonada— es que la investigación que parece obviamente útil es la que tiene más probabilidades de estar contaminada por la mala ciencia. La investigación meramente extraña, impulsada puramente por la curiosidad, tiene menos probabilidades de estar viciada. Por incestuoso que pueda parecer, las personas que se encuentran en mejores condiciones para otorgar fondos para la investigación científica básica son otros científicos.
Esto no quiere decir que la sociedad deba simplemente extenderles un cheque en blanco a los investigadores. Hay muchas formas útiles de guiar la investigación científica.
Una posibilidad es el uso de premios a la innovación, en los que los financiadores especifican un objetivo y los equipos de investigación son recompensados por alcanzarlo. Los ejemplos van desde los premios de la longitud del siglo XVIII (para resolver el letal problema de determinar la posición este-oeste de un barco) hasta los compromisos de mercado anticipados que se han utilizado para subvencionar dosis de vacunas en el siglo XXI. El DARPA Grand Challenge de 2004 y 2005 ayudó a dar un impulso al campo de los vehículos autónomos con unos pocos millones de dólares en premios.
Otra posibilidad es favorecer explícitamente la investigación arriesgada, con altas probabilidades de fracaso, pero con perspectivas reales de lograr un avance importante. Los economistas Pierre Azoulay, Joshua Graff Zivin y Gustavo Manso compararon las subvenciones concedidas por el Instituto Médico Howard Hughes (HHMI, por sus siglas en inglés) con el enfoque más cauteloso de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés). Descubrieron que ambas organizaciones obtuvieron lo que buscaban: una mayor tasa de éxito para los NIH y una combinación de fracasos y avances para el HHMI.
Un ecosistema científico saludable necesita de ambos. Y quizás, sobre todo, necesita de esa investigación que suena extraña, impulsada por la curiosidad, que ningún inversionista de capital de riesgo se atrevería a financiar. El fisiólogo ganador del premio Nobel Archibald Hill dio una vez una conferencia pública en la que un miembro del público, de mal humor, lo desafió a explicar qué valor práctico podría tener su investigación.
"A decir verdad", respondió Hill, "no lo hacemos porque sea útil, sino porque es divertido". Ese es el espíritu.
(Tim Harford. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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