El lugar que ocupará la juventud dominicana en el futuro no puede depender del barrio donde nació, de los ingresos de su familia, de su sexo ni de las oportunidades que encuentre por azar. Al conmemorarse el Día Internacional de la Juventud, el Centro para la Educación y el Desarrollo (CEDUCA) llamó a superar el reconocimiento simbólico y colocar en el centro del debate las condiciones que permiten, o impiden, a las personas jóvenes desarrollar plenamente sus capacidades.
La organización señaló que el desempleo juvenil, las dificultades para acceder y permanecer en una educación de calidad, la limitada incidencia en los espacios donde se toman decisiones y las debilidades de las estructuras locales de juventud continúan marcando la experiencia de miles de jóvenes.
Pero el problema, sostiene CEDUCA, no puede explicarse desde la idea recurrente de una juventud apática o desinteresada. La experiencia acumulada en foros, procesos formativos, encuentros comunitarios y espacios de liderazgo muestra jóvenes que quieren participar, organizarse y construir respuestas, pero que encuentran instituciones locales con recursos limitados, mecanismos de participación discontinuos y políticas que no siempre logran convertirse en soluciones concretas en los territorios.
La propia experiencia institucional de CEDUCA en comunidades históricamente afectadas por pobreza, exclusión social y violencia revela cómo esas desigualdades condicionan los proyectos de vida desde edades tempranas. Al mismo tiempo, muestra que cuando existen formación, acompañamiento, espacios seguros, deporte, arte y posibilidades reales de liderazgo, adolescentes y jóvenes fortalecen su capacidad para participar, definir sus proyectos de vida y convertirse en referentes dentro de sus comunidades.
Oportunidades bajo desigualdad
Hablar de “la juventud dominicana” como si todas las personas jóvenes partieran del mismo lugar termina ocultando una parte esencial del problema. Las posibilidades de estudiar, conseguir un primer empleo, acceder a tecnología, desarrollar una vocación artística o deportiva, movilizarse e incluso disponer de tiempo para participar en una organización comunitaria cambian sustancialmente según el hogar y el territorio de origen.
Aunque el mercado laboral dominicano ha mostrado indicadores generales favorables, las propias autoridades laborales reconocen que la desocupación juvenil continúa por encima de la media nacional y que el empleo de jóvenes y mujeres requiere atención específica. A esto se suma una informalidad que todavía representó el 54.1 % del empleo durante 2025.
Las desigualdades se profundizan cuando se cruzan edad, género y pobreza. La evidencia recopilada por UNICEF ha mostrado históricamente una incidencia mucho mayor de embarazos adolescentes y uniones tempranas entre quienes pertenecen a los hogares de menores ingresos, fenómenos estrechamente relacionados con menores oportunidades educativas y económicas. Los primeros resultados de la ENHOGAR-MICS 2025, publicados por la Oficina Nacional de Estadística en junio de 2026, vuelven a colocar en la agenda la necesidad de identificar y cerrar las brechas que condicionan el bienestar de niñas, niños y adolescentes.
Por eso, una política de juventud no puede agotarse en becas, emprendimientos o actividades puntuales. Requiere mirar las desigualdades acumuladas y preguntarse quiénes pueden aprovechar las oportunidades existentes, quiénes están quedando fuera y qué inversión pública se necesita para reducir esa distancia.
CEDUCA recordó, en ese sentido, que la discusión también es presupuestaria. Como referencia, la organización señaló que para 2025 el presupuesto aprobado del Ministerio de la Juventud fue de RD$754.7 millones y contrastó esa asignación con el mandato establecido en la Ley General de Juventud 49-00, que dispone recursos equivalentes al 1 % del presupuesto nacional para las políticas dirigidas a este sector.
Actualmente, el Ministerio de la Juventud trabaja en el Plan de Acción 2025-2030 del Plan Nacional de Juventudes y ha desarrollado consultas territoriales y mesas interinstitucionales para definir prioridades en educación, empleo, salud, justicia e inclusión social y política. El desafío, más que producir nuevos diagnósticos, será convertir esas prioridades en responsabilidades institucionales, presupuestos, indicadores y resultados que puedan medirse en la vida cotidiana de las juventudes.
Violencias con rostro joven
Las violencias tampoco atraviesan de la misma manera a mujeres y hombres jóvenes. Para muchas adolescentes y mujeres jóvenes, la violencia de género, las uniones tempranas, el embarazo adolescente, el acoso y las agresiones sexuales forman parte de un continuo de vulnerabilidades que, en su expresión más extrema, puede terminar en feminicidio. La persistencia del problema llevó al Estado dominicano a reforzar durante 2026 sus mecanismos interinstitucionales de prevención, protección y respuesta frente a la violencia contra las mujeres, adolescentes y niñas.
Los varones jóvenes enfrentan otra dimensión de esa misma cultura de violencia. Son socializados con mayor frecuencia alrededor de mandatos de fuerza, riesgo, confrontación y demostración permanente de la masculinidad que pueden llevarlos a reproducir violencia, pero también los convierten en una de sus principales víctimas. La ONE incluye entre sus indicadores de seguridad el peso de los homicidios entre hombres de 15 a 35 años y las muertes vinculadas a acciones policiales. En 2025, además, un levantamiento de Diario Libre contabilizó al menos 82 personas fallecidas en los denominados “intercambios de disparos” durante los primeros seis meses del año.
Una política integral de juventud debe ser capaz de mirar ambas realidades: proteger a adolescentes y mujeres jóvenes frente a las violencias machistas y cuestionar, al mismo tiempo, los modelos de masculinidad que colocan a tantos varones en circuitos de violencia como víctimas y como perpetradores, incluyendo su relación con las instituciones responsables de la seguridad pública.
Eso requiere también cambiar la manera en que el Estado conversa con las juventudes. No basta con convocarlas para validar decisiones previamente tomadas. Una mirada no adultocéntrica supone reconocerlas como sujetas políticas, escuchar sus experiencias, incorporar sus lenguajes y permitirles participar con capacidad real de incidencia en las decisiones que afectan sus vidas. La experiencia territorial recogida por CEDUCA confirma que los procesos juveniles tienen mayor permanencia cuando utilizan metodologías cercanas a sus intereses y convierten el arte, el deporte, la cultura y la expresión comunitaria en vehículos de participación y liderazgo.
El país acaba de volver a emocionarse con jóvenes que llevaron la bandera dominicana hasta el podio. Pero quizás una de las imágenes que mejor resume lo que está en juego ocurrió mucho antes de las medallas: Marileidy Paulino comenzó su trayectoria deportiva corriendo descalza, con medias y luego con zapatillas prestadas porque no disponía de recursos para comprarlas. Años después se convirtió en la primera mujer dominicana campeona olímpica.
Su historia no debería servir para romantizar la precariedad, sino para preguntarnos cuántas Marileidy, cuántos científicos, artistas, emprendedores, dirigentes comunitarios y profesionales pueden estar hoy en nuestros barrios y campos sin las condiciones necesarias para descubrir hasta dónde pueden llegar.
Cada joven puede ser la heroína o el héroe de su propia historia. Pero el heroísmo individual no puede sustituir a las políticas públicas. La responsabilidad del Estado es hacer que el talento dependa cada vez menos del sacrificio extraordinario, del lugar donde se nace o de los recursos de la familia, y cada vez más de derechos garantizados, oportunidades y capacidades potenciadas.
Ese es quizás el verdadero desafío del país frente a sus juventudes: dejar de hablar solamente de ellas y comenzar, definitivamente, a construir con ellas.
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