El abuso sexual infantil es necesario analizarlo como una problemática social y cultural, más que un hecho individual. Hacerlo desde una perspectiva individualista se corre el riesgo de reducir el hecho a la maldad de una persona específica, perdiendo de vista las condiciones sociales que permiten que esto suceda.

Así lo plantea la psicóloga María Victoria de la Rosa Paulino, quien explica que es necesario reconocer que este tipo de problemática ocurre dentro de estructuras culturales que en muchos casos normalizan el silencio, la obediencia ciega, especialmente a las personas adultas y perpetúan una desigualdad de poder, así como también la idea de que niños y niñas “no tienen voz propia”.

“Esto es especialmente relevante debido a que lo que define el abuso contra un niño o niña, adolescente, es la asimetría de poder, es un desbalance de poder y este es el que brinda una ventaja de superioridad para el agresor”, sostiene la especialista recordando el caso de la desaparición de la niña de tres años Brianna Genao en Barrero y del cual hay una acusación sobre sus tíos abuelos.

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Psicóloga María Victoria De la Rosa Paulino.

Desde una mirada sociocultural, explica De la Rosa, se entiende que estos hechos no surgen de la nada, sino que están vinculados a formas históricas de organización familiar, así como también a relaciones jerárquicas donde las personas adultas, especialmente hombres, son quienes concentran el poder y también se debe a una cultura que muchas veces minimiza o invisibiliza la violencia contra la niñez.

“Cuando lo analizamos como un problema social, esto nos permite movernos de lo que vendría siendo el caso aislado y nos insta a la responsabilidad colectiva y realmente esto es esencial para la prevención en este tipo de casos”,  dijo la experta con master en Investigación Social.

El abuso infantil debe ser analizado como una problemática social y cultural

Impacto a la familita y comunidad

El abuso sexual infantil, así como otras manifestaciones de violencia, produce ondas de daño social que atraviesan también a la familia y a la comunidad en su conjunto.

A nivel familiar, de acuerdo con la psicóloga, una de las consecuencias más frecuentes es la ruptura del tejido afectivo. Esto es debido a que se generan dinámicas de culpa, de negación y confrontación que van fracturando los vínculos y dividen a las familias.

“En muchos casos también perpetúan el silencio como un mecanismo de encubrimiento. De aquí es que vienen frases culturales como esos son asuntos de familia o mejor no meterse”, destaca De la Rosa

Explica que también la familia puede dejar de ser percibida como un espacio seguro y se convierte un lugar de desconfianza y dolor para las víctimas, y también se instala la estigmatización, porque las familias pueden empezar a ser señaladas, juzgadas o aisladas por la misma comunidad, lo que refuerza también el silencio y dificulta la búsqueda de apoyo.

“Entonces en lugar de acompañamiento, muchas familias lo que reciben es cuestionamientos o reproches y estos están dirigidos especialmente hacia las madres o las mujeres cuidadoras del niño, niña o adolescente, a quienes entonces se les suele responsabilizar por lo ocurrido y con esto se está desplazando la responsabilidad y se le está quitando la culpa a la persona agresora”, sostiene

En el plano comunitario, el abuso sexual infantil genera una crisis de confianza social, porque las personas comienzan a dudar de quienes ejercen roles de cercanía, roles de cuidado o de autoridad. Esta situación, de acuerdo con la experta,  “resquebraja” esa idea de comunidad como una red protectora y se instala una sensación de inseguridad permanente.

Este quiebre, sostiene, debilita la cohesión social y puede generar respuestas polarizadas que van desde el aislamiento, es decir, “que nos desligamos de la situación bajo la creencia de que cada quien se cuida como puede o la indiferencia que aquí es cuando la gente dice o escuchamos comúnmente que refieren no saber. Y ambas posturas son profundamente dañinas”.

Otra consecuencia a nivel sociocultural es la normalización del silencio y de la violencia. “Cuando estos hechos no son abordados de manera clara y colectiva y con esto me refiero a una respuesta articulada a todos los niveles de acción, dígase nivel familiar, nivel educativo, respuesta estatal, demás actores clave;  cuando no se tiene esta respuesta clara y colectiva se está enviando el mensaje de que el abuso es algo que debe ocultarse y que debe gestionarse en el ámbito de lo privado o superarse sin apoyo”.

De la Rosa plantea que esta situación no solo revictimiza a quienes han sufrido abuso, sino que también crea las condiciones ideales para que el ciclo de la violencia se repita en otras familias e incluso intergeneracionalmente.

“El abuso sexual infantil deja una huella profunda, una huella indeleble en la manera en que la comunidad concibe la protección de la niñez”, manifestó

De acuerdo con la psicóloga, si no hay respuestas institucionales claras con procesos de reparación y un acompañamiento social adecuado, se está reforzando la percepción de que la niñez está desvalida o está sola y que la violación es un hecho inevitable, lo que dijo se debe evitar a toda costa.

“Lo ideal es que se aborde desde la colectividad y con un enfoque de derechos humanos, porque esto puede convertirse en un punto neurálgico para el fortalecimiento de las redes de cuidado, de la conciencia social y de la responsabilidad compartida”, sostuvo.

El abuso infantil debe ser analizado como una problemática social y cultural

Señales de alerta

Sobre las señales de alerta que pueden aparecer en el entorno antes de que ocurra un hecho de violencia, la psicóloga considera importante señalar que el abuso infantil suele estar precedido por climas sociales y prácticas culturales que lo hacen posible o lo hacen menos visible.

Uno de los principales indicios es la normalización de las relaciones de poder desiguales dentro de la familia, donde la autoridad adulta no se cuestiona y se espera que la obediencia infantil sea absoluta.

En estos contextos de absolutismo, explica, las niñas y los niños aprenden que callar es una forma de protección y no un riesgo en sí mismo.

Otro indicio es la naturalización del control sobre los cuerpos infantiles. “¿Qué implica esto? Decidir con quién pueden hablar, dónde pueden estar y quién puede tocarlos por cariño sin establecer límites claros ni consentimiento”.

De la Rosa sostiene que cuando la comunidad no problematiza estos comportamientos, se está construyendo un terreno fértil para el abuso, porque cuando no se establecen límites claros, se está enviando el metamensaje de que cualquier persona que quiera vulnerar física y psicológicamente a niños y niñas, es un acto bienvenido.

También aparece como señal la tolerancia social a la violencia cotidiana, como los gritos, los castigos físicos, las humillaciones o comentarios sexualizados hacia niños y niñas.

Lamenta que estas prácticas no siempre son vistas como violencia, sino como formas de crianza, lo que reduce la capacidad colectiva de identificar situaciones de riesgo graves, como es el caso del abuso sexual infantil.

A nivel comunitario, otro indicio es el silencio cómplice, rumores que circulan, sospechas que no se nombran, incomodidades que no se denuncian. “Cuando las personas sienten que no es su lugar intervenir o que denunciar traerá consecuencias negativas, el abuso encuentra protección en ese silencio”, manifestó

Otro factor es la ausencia o debilidad de redes de cuidado, es decir, escuelas desconectadas de la comunidad o muy distantes, servicios lejanos o servicios sociales de salud que son inaccesibles y la falta de espacios seguros para la niñez.

“Estos todos son en sí mismos una señal de riesgo porque el abuso infantil no ocurre solo por la acción de un agresor, sino por la combinación de prácticas culturales, silencios y fallas colectivas que lo permiten, porque se supone que cuando un niño o una niña tiene que desplazarse largas distancias para poder acceder a servicios básicos, se está colocando en una situación de riesgo”, sostiene.

Indignación y compromiso social

La indignación que siente la sociedad con casos de violencia que involucra a la niñez, debería motivar a las personas a cuestionar su tolerancia social al silencio.

“Cada vez que un hecho de esta magnitud ocurre solemos reaccionar con horror o con indignación que es de esperarse, pero rara vez nos preguntamos cuántas señales han sido ignoradas, cuántas veces se ha priorizado la paz familiar o la reputación por encima de la protección de una niña o un niño", advierte la experta.

"Y la indignación es genuinamente comprensible, pero si no se traduce en cuestionamientos profundos, se convierte en una reacción pasajera que no va a transformar nada”, reflexiona.

Sostuvo que también la sociedad debe cuestionarse la forma en que se sigue delegando el cuidado de la niñez casi exclusivamente a las mujeres, mientras que el control, la violencia y el abuso continúan siendo ejercidos mayoritariamente desde posiciones masculinas de poder, lo que obliga a revisar mandatos de género, las formas de masculinidad que naturalizan el dominio y la impunidad y la carga desproporcionada que recae sobre madres, abuelas y otras mujeres cuidadoras cuando algo falla, cuando un niño o una niña experimenta violencia.

Además, dijo "este hecho también nos confronta con la fragilidad de nuestras redes de protección, porque nos obliga a preguntarnos si genuinamente contamos con sistemas accesibles, confiables y sensibles para que una niña o un niño pueda hablar abiertamente o para que un adulto pueda denunciar sin miedo y para que una comunidad actúe también sin temor a las repercusiones".

Asimismo, consideró que estos casos deben llevar a cuestionamientos de cómo se mira y cómo se escucha a la niñez.

Como prevenir las agresiones en la niñez

Para prevenir violencia y agresiones a niños, niñas y adolescentes, de acuerdo con María Victoria De la Rosa, se deben llevar a cabo acciones preventivas aplicadas en su mayoría al contexto educativo o formativo, no solo en el ámbito escolar.

Dijo que es importante establecer un vínculo en el que se tenga la confianza suficiente para que cuando el niño tenga una incomodidad o se les exija ocultar una información dañina, se sienta con la confianza suficiente de hablar y de reportar el caso.

También, enseñarles la diferencia entre un contacto físico adecuado e inadecuado, el reconocimiento de su cuerpo, el desarrollo emocional, mecanismos para pedir ayuda, habilidades de autoprotección y seguridad personal.

Asimismo, establecer diferencias claras entre contactos normales y un tocamiento impúdico, inadecuado,  y cómo reconocer situaciones de abuso, todo enmarcado en función del grupo etario.

Katheryn Luna

Editora de Economía

Editora de Economía. Periodista. Comunicadora Social, con maestría en Comunicación Corporativa. Experiencia en temas educativos, salud, turismo, tránsito, transporte, gestión de desechos, agua y economía. Premios AIRD, Funglode, FIL, Indocal, Unicef, Juan Bosch, Raphy Durán y PEL.

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