Entre Jimaní/Malpasse, Dajabón/Ouanaminthe, Elías Piñas/Belladère y Pedernales/Anse-à-Pitre, los lugares fronterizos por los que se llevan a cabo las repatriaciones de haitianos, tiene que haber decenas, tal vez cientos, de caminos por donde los repatriados vuelven a cruzar y entran muchos otros más.

Según las autoridades dominicanas, en 2024 se repatriaron 276 215 haitianos. Este año, de mantenerse el ritmo de los tres primeros meses, las repatriaciones ascenderán a más de 350 000.

Repatriaciones durante los tres primeros meses del año

Enero 31 213
Febrero 26 695
Marzo 28 534
Toral 86 406

Si sumamos las repatriaciones realizadas entre 2017 y 2025 y las comparamos con el medio millón de inmigrantes haitianos que estableció la Encuesta Nacional de Inmigrantes de 2017 (ENI-17), las repatriaciones superan la población.

Tan solo las repatriaciones realizadas entre 2024 y el primer trimestre del año, 362 621, ascienden a más de la mitad de la población migrante.

Algo anda mal, ni el número de repatriados puede ser superior a la población, ni una reducción de más de la mitad puede producirse sin que eso se note en las calles, lugares de trabajo, escuelas, hospitales.

Todavía olvidando los datos fiables de la ENI-17 y tomando como referencia las estimaciones de los nacionalistas más moderados (unos dos millones), las cifras tampoco cuadran, porque entre 2022 y 2023 se realizaron alrededor de 300 000 repatriaciones (122 748, en 2022, y 174 602, en 2023), y entre 2024 y el primer trimestre de 2025, 362 621, para un total de 662 621 repatriaciones, esta significativa reducción también se notaría.

Dejo de lado la comparación de las repatriaciones con las estimaciones de los nacionalistas más exagerados, unos seis millones, porque esto es un descomunal disparate. Equivale a decir que la parte occidental de la isla está poblada por un 60 % de negros haitianos y un 40% de dominicanos mulatos y blancos, o sea, que los negros no son parte de su configuración racial.

De manera, que por más vuelta que se le dé al asunto, hay que concluir que los inmigrantes haitianos no son tantos como afirman los nacionalistas, y que la única explicación para que, con el ritmo de repatriaciones de los últimos años, se siga notando un crecimiento de esta población migrante, es que los repatriados estén saliendo, por un lado, y entrando por otro, y se agreguen muchos otros más.

¿Para qué ha servido entonces la valla? Parecería que solo para dificultar la entrada de estos migrantes, encarecer su costo, enriquecer a las mafias cívico-militares que les facilitan la entrada y estimular la emergencia de otras redes de traficantes, atraídas por este lucrativo negocio.

Sin los medios tecnológicos de captura, transmisión y tratamientos de datos, que permitan vigilar todo lo que se mueva en la frontera, incluyendo el accionar de la guardia fronteriza (en otras palabras, vigilar a los vigilantes), esta valla de nada sirve.

Esta tecnología para vigilar miles de kilómetros de frontera existe, redes de cámaras y de captores conectados a centros de control, drones y herramientas inteligentes de tratamiento de datos.

Es solo equipándose con estas herramientas que el país podría minimizar el constante trasiego de mercancías, armas, drogas y personas en una frontera compartida con un país sumergido en una crisis de nunca acabar. Y, por supuesto, empleando a fondo los organismos de seguridad del Estado para desmantelar las mafias que allí operan en complicidad con militares y gente del gobierno.

Valdría más la pena tomar los recursos que se emplean en las repatriaciones para adquirir herramientas de alta tecnología que permitan una estricta vigilancia de la frontera, que continuar con la permanente casería y repatriación de haitianos que se sacan por aquí y entran por allá. Con esto, lo único que logra es malgastar recursos, perturbar la paz social, entorpecer el desenvolvimiento de los sectores productivos, cometer tropelías violatorias de derechos humanos y empañar la imagen de un país que tanto invierte en venderse como bello, tranquilo y acogedor.

Carlos Segura

Sociólogo

Master en sociología, Université du Québec à Montréal, estudios doctorales, Université de Montréal. Ha publicado decenas de artículos en revistas especializadas nacionales y extranjeras, sobre inmigración, identidad y relaciones interétnicas. Es coautor de tres obras sociológicas, La nueva inmigración haitiana, 2001, Una isla para dos, 2002 y Hacia una nueva visión de la frontera y de las relaciones fronterizas, 2002. También es autor de tres obras literarias, Una vida en tiempos revueltos (autobiografía) 2018, Cuentos pueblerinos, 2020 y El retorno generacional (novela), 2023.

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