La guerra de la Restauración le brindó la oportunidad a Gregorio Luperón para desarrollar sus condiciones de un hombre bravo y capaz de enfrentarse al mayor peligro en la defensa de la patria, y de ella salió convertido en un líder de tanto prestigio que podía señalar quién debía ser y quién no presidente de la República.

 

En 1879 llegó a la Presidencia, pero solo por un año. Con su apoyo lo sustituyó en 1880 el arzobispo Fernando Arturo de Meriño, y dos años después señaló a su discípulo Ulises Heureaux, Lilís, para la silla de los alfileres.

 

Tan pronto Lilís se instaló, el líder de los azules se marchó a Europa, donde se sentía a gusto, codeándose con altas personalidades del mundo político, artístico y cultural, sin advertir que su partida dejaba el país bajo la influencia absoluta del presidente.

 

Ausente Luperón, los líderes del Partido Azul, deseosos como los rojos de Buenaventura Báez y los verdes de Ignacio María González, de ascender en la escala social y económica, empezarían a adherirse a Lilís, toda vez que era él, y no Luperón, quién con un decreto o una decisión podía cambiar sus miserables vidas.

 

Aún así, ese primer gobierno de Lilís se mantuvo en los parámetros de la ley. Claro, en los parámetros legales de un país donde un presidente es batuta, ley y constitución. El orden fue mantenido sin menoscabo de las libertades públicas.

 

En ese período, personajes influyentes del baecismo de capa caída, empezaron a adherirse al gobierno. El primero y más notable en hacerlo fue el azuano Eugenio Marcherna, quién a su vez se encargó de conquistar al influyente Manuel María Gautier. En poco tiempo, ambos personajes, exrojos, se convirtieron en los principales consejeros del presidente, al extremo de que sus recomendaciones eran muy tomadas en cuentas, lo que generaba celos y malestar en círculos del Partido Azul.

 

Fue entonces cuando esos personajes recomendaron a Lilís separase de la influencia de Gregorio Luperón y a desarrollar su propio liderazgo, aun cuando eso significara una ruptura con su antiguo protector.

 

En la fuerza de los hechos empezó a producirse una alianza entre azules lililistas y antiguos rojos y verdes. En Luperón ese proceder generaba suspicacias, pero era poco lo que podía hacer. Quién tenía la batuta ahora era su discípulo, y este, inteligente y astuto, cualidades que en él eran notables, trataba siempre de calmar las preocupaciones de Luperón, reiterándole una y otra vez, y con la mayor teatralidad, su supuesta e inquebrantable lealtad.

 

En cuanto a la administración pública, a diferencia de la de del padre Meriño, se caracterizó por la corrupción, que era usada para fortalecer su proyecto personal de poder. En realidad, no era nada nuevo. Esa había sido la norma en la política dominicana. Los recursos económicos del Estado fueron usados para agenciarse adhesiones y quebrar voluntades.

 

Definitivamente, para Lilís, el dinero del Estado era suyo, y lo podía usar a su antojo, sin medida y sin control. ¿Qué control podía haber en una nación que apenas empezaba su desarrollo capitalista y sin ninguna institucionalidad? Ninguno.

 

Un sector de los jóvenes liberales del Partido Azul y de las sociedades culturales y cívicas, advertidos del peligro que veían en Lilís, quisieron llamar la atención del país, y de manera muy particular de Gregorio Luperón. Pero nadie les hizo caso. Los generales azules, esos que habían peleado en diferentes guerras, lo que les interesaba era disfrutar de las mieles del poder y punto. Ese no era el caso de Luperón, pero seguía creyendo de corazón en Lilís, y lo seguía queriendo como a un hijo. Por eso, no les prestó oídos a las advertencias de esos jóvenes, y no solo eso, sino que los enfrentó acremente, reiterando su apoyo a Lilís, a quién veía como su representante en el poder.

 

Ingenuo como era, Luperón tardaría un buen tiempo, alrededor de seis años, para saber que Lilís ya solo era leal a Lilís. Pero ya era muy tarde para ablandar habichuelas. Lilís, poco a poco, paso a paso, iba tejiendo con esmero y dedicación su propia red de poder, y al final, cuando llegó la hora del enfrenamiento, ese poder de Lilís aplastó al centauro azul.