El hombre busca desesperadamente la Inmortalidad, lo que sucede en todas las culturas y en el discurrir de la historia, una historia que tiene sujeto, porque no hay historia sin sujeto, dado que inevitablemente el móvil, causa y finalidad de los procesos de la humanidad lo genera Ecce Homo (F. Nietzsche). La Cultura humana constituye una verdadera manifestación de ese hacer polifacética de la conciencia humana.
Si nos ponemos a indagar sobre el hacer del hombre encontraremos como dato curioso su inquebrantable voluntad de construir objetos y eventos a partir de la realidad de su entorno natural y social. Se topa con algo muy sagrado, que es la transformación maravillosa de una realidad que en palabras del español , Miguel de Unamuno, referido en conferencia en Facultad de Humanidades, por Dominico Cieri Estrada, mexicano: la realidad es neutra, pero nosotros la posesionamos en diversas interpretaciones, Desde luego, en función de emociones, intereses, creencias, crianza familiar o cultura establecida.
Somos eso, seres construyendo nuevas realidades para bien o para mal. Sobre la realidad neutra u obvia construimos una realidad imaginaria que mueve nuestro proceder. Por ejemplo, para el pesimista alemán Arthur Schopenhauer, la vida es sufrimiento, pero para F. Nietzsche solo un degenerado no ve la vida como una lucha por la felicidad, por el buen deseo. Aunque su vida fue finalmente un desenlace estrepitoso.
En la creación de los ídolos y la fundamentación de esa idolatría desde los tiempos inmemoriales nace el imperativo de aspirar a la inmortalidad; así el hombre vive en un eterno desafío por encontrar el salto hacia la inmortalidad; crea inventos, descubre leyes científicas, estableces empresas, escribe libros, hace obras, que al margen de alimentar sus necesidades, se preocupa como un imperativo categórico kantiano en su fondo espiritual por dar con la inmortalidad.
Y esa es la esencia ultima y leitmotiv de su existencia. Aunque nadie reconoce esa verdad tan honda en la conciencia humana porque tendría que negarse así mismo, declarándose infeliz e impotente. Hay un rechazo inminente a la muerte, pero ella nos sorprende con su crespón de alas ligeras, como algunos hemos rozado, ausente temporal de este mundo: la extinción de todo lo existente va a la eternidad, solo se transforma, tal como predican físicos, químicos y filósofos, al reconocer la dialéctica inevitable de la vida en otro ente transformado.
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