La historia debe ser un fiel retrato de la verdad. Como disciplina académica debe servir para ayudarnos a comprender el pasado, evitar los errores de antaño y construir la identidad. Pero su utilidad está supeditada a la autenticidad de los hechos reportados. Por eso es tan importante, ante la proliferación de imágenes falsas, conocer el verdadero retrato de Juan Pablo Duarte. Estamos retados a imponer lo autentico en desmedro de las concepciones que prefieren proyectar su juventud y guapeza. Mas abajo explicamos porque estas últimas son toxicas distorsiones de la Historia.
La actual iconografía de Duarte está plagada de desconfiguraciones mostrencas. La gran mayoría de las fotos, pinturas, bustos y estatuas que se han multiplicado por diferentes lugares y latitudes no representan la verdad histórica. Muchos autores y patrocinadores desconocen que existe una normativa jurídica al respecto: la Ley 127-01 establece que su representación iconográfica debe ser previamente aprobada por el Instituto Duartiano. El resultado es que no se transmite a la actual generación y sus descendientes la figura del patricio cuya autenticidad pueda inspirar una merecida veneración o una inspiración de lealtad patriótica. Un reciente evento del Museo de Historia y Geografía se centró en la discusión de estas tergiversaciones.
La mas relevante discrepancia entre retratos la protagonizan el Instituto Duartiano y la Academia Dominicana de la Historia. Mientras la primera entidad despliega y recomienda en todas sus opciones de proyección el retrato pintado por Abelardo Rodriguez Urdaneta, la segunda prefiere el daguerrotipo del fotógrafo venezolano Prospera Rey, el cual fue hecho en el 1873. Mientras la primera prefiere el Duarte engalanado por un rostro relativamente joven y guapo, la segunda prefiere el hombre autentico que, al posar para la foto, estaba ya algo desgarbado y envejecido. (Un enorme reproducción de ese retrato se puede encontrar en la Capilla de la Soledad donde funciona la biblioteca de la Academia.) La divergencia entre estas dos instituciones abona la creencia de que la falsedad entrampa la Historia.
Un articulo del destacado investigador histórico Gabriel Atiles Bido, publicado en la revista “Sociales” de la Academia de Ciencias de noviembre del 2020, ofrece lo que parece ser el mejor rastreo de la verdad histórica. Narra con interesantes datos y fuentes lo que ha sido el devenir del retrato protagonizado por diversos personajes. Destaca el hecho de que, después del daguerrotipo, Prospero Rey pintó a Duarte (porque Rey era tambien pintor). Tambien destaca como Alejandro Bonilla se inspiró en la figura de un príncipe europeo para crear otro retrato, el cual fue corroborado por algunos de los hermanos del patricio (aunque Rosa Duarte notó divergencias con el verdadero rostro y manos).
La década de los 1880 fue cuando el Ayuntamiento de Santo Domingo pidió uno de los tres retratos que pintara Bonilla y este fue exhibido en el Palacio Consistorial. Bonilla logró que Lilis patentizara una de sus versiones de Duarte mediante una aprobación oficial del Senado. Atiles Bido, en una reciente conferencia en el Museo de Historia y Geografía, tambien ha sentenciado: “Sabemos que, en el año 1883, desde Venezuela le fue enviada por la familia de Duarte una copia de la única fotografía del patricio al historiador José Gabriel García. En dicha foto, en exhibición permanente en el Archivo General de la Nación (AGN), merecen atención algunos detalles para la mejor comprensión de los sucesos en torno a ella”.
Sin embargo, en 1970 el Congreso aprobó la Ley No.550 estableció que “para la correcta reproducción de la fisonomía de Juan Pablo Duarte deben tomarse como base la fotografía hecha al Prócer en Caracas en 1873 y el oleo pintado por Alejandro Bonilla en 1887, que lo representa en la época de la Independencia, así como cualquier otro documento iconográfico antiguo de reconocida autenticidad que pudiera aparecer.”
La primera grafica adjunta vemos al Duarte del daguerrotipo de Prospero Rey. “Esta es una fotografía de cuerpo completo, donde vemos a un Duarte acabado fruto de su enfermedad, va vestido elegantemente, aunque por su delgadez (fruto de los achaques), la ropa le queda grande, lleva también un bastón.” Esta versión de Duarte es la preferida de la Academia. Junto a esa foto aparece adjunta la imagen que creo Rodriguez Urdaneta que santifica el Instituto. En la primera se nota la patina irrefutable de los anos, mientras en la segunda se proyecta una romántica juventud.
De evento del Museo mencionado se debe rescatar el aporte de “Orlando Inoa, al disertar sobre “La auténtica fotografía de Duarte”, manifestó que “es importante resaltar que la fotografía autentica de Duarte es un documento de suma importancia para la reconstrucción de su biografía. No debemos inventarnos otra imagen de Duarte ni debemos fabricar otro Duarte distinto al que existió por simple pretexto de acomodar su representación visual a la exigencia física necesaria, para algunos, en la fabricación de un héroe nacional”. Quien escribe se suscribe a este insigne parecer.
Por cuanto, es preciso que se establezca por decreto presidencial una Comisión de la Verdad Histórica sobre la iconografía de Duarte. (El referendo no es una alternativa prudente porque la mayoría de los ciudadanos no estarían bien calificados para decidir el asunto.) Produce escozor y dolor que no se haya consensuado la realidad. Y todavía es más chocante y lamentable que entre las dos venerables instituciones –Academia e Instituto—no haya una coincidencia al respecto. La desidia y mezquindad con que tratamos la memoria del patricio es culpable.
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