Una de las metas más difíciles de alcanzar en los sistemas de salud internacionales es la implementación de esquemas de autocuidado que normalicen hábitos de salud preventiva. Esto es especialmente complicado en países como Estados Unidos, donde existe un fuerte apoyo federal e incluso una gran presión mediática para el uso de fármacos, a menudo para enfermedades asociadas al estilo de vida.
Esta situación frena los esfuerzos de organizaciones como la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS), que buscan el aumento de la salud universal. En medio de este escenario casi utópico, surgieron espacios de esperanza cuando el estadístico médico Gianni Pes comenzó a investigar ciertas áreas del planeta.
En estos lugares, que él denominó "zonas azules", sus habitantes han alcanzado los cien años sin ninguna enfermedad. Una de estas zonas se encuentra en Loma Linda, California, una comunidad adventista donde sus residentes disfrutan de un estilo de vida sin las complicaciones de salud asociadas a la edad. Su bienestar se basa en pilares como el vegetarianismo, el voluntariado, la familia, el ejercicio y la fe.
En 2021, un informe reveló que "los precios de los medicamentos en Estados Unidos eran más de 2.5 veces más caros que en otros 32 países, entre ellos Francia, Australia y Japón". Resulta sorprendente que en este país exista un modelo de desarrollo individual y colectivo, con personas enfocadas en el bienestar de otros a través de un gran sentido de propósito. Esto llama poderosamente la atención en una nación adicta a los fármacos y la comida rápida.
Informes de Fast Food Consumption by Country 2025 señalan que "en 2022, el mercado mundial de comida rápida alcanzó un hito con ventas que ascendieron a $731.65 mil millones". Esto lleva a la pregunta de por qué en EE. UU. no se expanden los programas de conciencia preventiva. Si bien no emularían los casos específicos de lugares como Loma Linda, Ikaria (Grecia), Okinawa (Japón), la región de Ogliastra (Cerdeña, Italia) o la Península de Nicoya (Costa Rica), al menos podría existir una voluntad pública por el bienestar de su gente. El desafío es enorme, ya que se busca suplir las necesidades de un crecimiento demográfico acelerado sin considerar las consecuencias para la salud.
Las zonas azules, más que un mito, son una llamada de alerta para los legisladores y los sistemas de salud pública. Nos invitan a reflexionar sobre qué aspectos se están tomando en cuenta para garantizar que la gente dependa menos de este mundo de apps, tecnologías, "pastillas mágicas" y estilos de vida sedentarios. Las zonas azules podrían ofrecer una respuesta que, si bien no sea la más conveniente, sí proporcione la información necesaria para que los países entiendan los obstáculos que impiden el acceso a la medicina preventiva no tradicional.
Pese a los importantes avances, la inercia estatal se resiste a los cambios que la sociedad demanda. El alto costo para la salud de la gente nos hace vivir en un "paleolítico moderno", actuando como máquinas operadas por el propio sistema.
Las zonas azules no son tan utópicas como parecen. Representan un desafío, especialmente para países como EE. UU. que se resisten a moverse en una dirección contraria. La clave es volver a lo simple: una dieta rica en nutrientes y la construcción de lazos comunitarios.
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