«La irracionalidad de una cosa no es un argumento contra su existencia, sino más bien una condición de la misma». -Friedrich Nietzsche-.
Leí un artículo que hacía referencia a una definición de la antropóloga Beatriz Nates Cruz, donde establece que: “El territorio, se concibe como un principio organizador de la naturaleza desde el cual se simbolizan las cosas”. Esto es, según mi vaga interpretación de las teorías complejas, la personificación de un espacio a partir del conjunto de elementos que unifican un conglomerado heterogéneo de personas, enlazados por fenómenos culturales, históricos, sociales, religiosos e intereses en común, etc.
El Faro de Villa Duarte, construido en homenaje al navegante Genovés de nombre Cristóbal, lejos de ser un elemento unificador de criterios, guarda relación con una década de grandes dificultades, desavenencias sociales y políticas por la incongruencia de un presidente, que ignorando la pobreza extrema de una zona marcada por la escasez de políticas públicas, dirigidas a la creación de infraestructuras estatales que dieran respuestas a sus habitantes, erigió una imponente y fulgurante pirámide que contrastaba con la realidad social de la barriada y cubría con una cortina de piedra y cemento las carencias heredadas de las acciones desacertadas de sus gobiernos anteriores en pos de un aplauso internacional por la obra.
Esa montaña de hormigón, nunca fue ni será puente cultural entre los que habitan y habitaron los sectores marginales de sus alrededores. Mucho menos, símbolo de unidad, hermandad y la fraternidad de las comunidades que cohabitan el sector, sin entender la existencia de una obra espantosa que, en vez de embellecer, restregó y desnudó las miserias de barrios y callejones subyugados a la desgracia material de la otrora Santo Domingo de Guzmán.
En lo único que coincidió todo el espectro social circundante, opinólogos, y figuras de renombre, fue en una crítica permanente sobre la inversión de nuestros chelitos en una obra insignificante para el desarrollo sostenido de la comunidad. Vista y analizada como una construcción de poca importancia social, en la que se consumió gran parte de nuestros recursos, mientras el “Muro”, se tragaba la vergüenza de la administración de entonces.
Soy, desde hace unos años, ciudadano de un desprendimiento territorial del antiguo Distrito Nacional que, por mandato de la ley 163-01, se convirtió en Santo Domingo Este. Un nombre que arraiga el sentimiento de pertenecer a la ciudad más antigua del Nuevo Mundo y agrega ubicación para destacar a cuál de los fragmentos de esa gran metrópolis pertenecemos, y con ello, el orgullo de ser parte de una historia vivida y compartida con orgullo y dignidad.
Hasta donde sé, a menos que un estudio revele lo contrario, no he escuchado a ningún conciudadano mostrar malestar al compartir a qué lado de Santo Domingo pertenece. De ahí mi curiosidad o ignorancia sobre qué parámetros y mecanismos utilizó el flamante alcalde Dioris Astacio, para llegar a la conclusión de que elevaría nuestro orgullo identificándonos con un monumento a la colonización, la esclavitud y del servilismo criollo, sin obviar, que aún vive la muralla que dividió a los depauperados de lo que el caudillo de Navarrete llamaba progreso.
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