Alejandro Nieto hubiese cumplido años el pasado 21 de agosto. Pero se nos fue hace 2 años. Como lo dije en su momento en esta columna y como reitero ahora -reproduciendo ahora casi in extenso mi artículo de la ocasión-, ya Nieto estaba despidiéndose de nosotros. Él mismo lo confesó en su magnífico libro El mundo visto a los 90 años:
“La muerte no es de ordinario un acto súbito porque nos vamos muriendo cada día en la medida en que ininterrumpidamente nos estamos despidiendo de algo entrañable que formaba parte de nuestra vida: de las costumbres, de las compañías, de los amores, de las obras que se empequeñecen paulatinamente hasta desaparecer por completo, de los proyectos inacabados que se abandonan. Día a día, paso a paso todo se va borrando”.
Lo cierto es que, independientemente de esta observación propia de un realista empedernido e impenitente como lo era Nieto, que se mantuvo, sin embargo, activo intelectualmente pasados los 90 años, su muerte no borra el legado imperecedero de su gran obra como maestro del Derecho, que abarca, por solo citar algunos de sus más importantes libros, sin contar sus artículos especializados y en la prensa, el célebre manual Derecho Administrativo Sancionador, sus monografías sobre el desgobierno y la corrupción pública, sus libros sobre teoría del Derecho como El arbitrio judicial y Crítica de la razón jurídica, y sus ensayos históricos.
Pero, además y sobre todo, Nieto dejó una huella indeleble que marcó a sus discípulos, no solo en España, sino en el resto de Iberoamérica. Aquí no puedo dejar de testimoniar lo mucho que significó para mí conocer al gran maestro, en una de sus vacaciones en el país, cuando, gracias a su amigo Olivo Rodríguez Huertas, pude conversar con él por vez primera y tuvo el tiempo de hacerme valiosas observaciones a mi manual de Derecho Constitucional, que ya Olivo le había regalado.
Hay una entrevista en Gaceta Judicial, que le hiciéramos Olivo y este servidor en el año 2006, donde Nieto siembra en los lectores dominicanos la semilla, que luego veríamos germinar en la Ley 107-13 de procedimiento administrativo, cuando afirmaba que “el derecho administrativo también tiene sus garantías. A veces parece que el único que ofrece garantías es el derecho penal. El derecho penal ofrece garantías muy antiguas, esa es la ventaja que tiene, pero el derecho administrativo -y ahí están las leyes de procedimiento administrativo donde las hay- ofrece muchas garantías”.
Enfant terrible, provocador profesional, sublevado contra las estupideces jurídicas, iconoclasta crítico e intelectual incómodo, fue Nieto un “jurista que despotrica de los juristas”, como afirma Sosa Wagner. Fue, en palabras de Juan-Cruz Allí Aranguren, “además de estudioso del pasado próximo, espectador y crítico del presente de la sociedad en que vivió, con la que se comprometió, por la que no se dejó llevar, a la que censuró y a la que criticó”.
Alejandro Nieto fue un grande del Derecho, un sabio irónico, un espíritu radicalmente crítico e incuestionablemente honesto, intelectual generoso e incansable, universitario a carta cabal, amigo fiel, apegado a sus raíces hispanas y como historiador consciente que los dominicanos, del país que tanto visitó y donde tanto se le admira, lucharon siempre, como afirmaba Peña Batlle, “por no dejar de ser españoles”. Fue un maestro inolvidable.
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