En un país donde las torres de cristal crecen más rápido que los aguacates en los patios, la voz del campo corre el riesgo de quedar reducida a postal o recuerdo. Este ensayo es un acto de memoria y resistencia: un canto al campesino dominicano, a su folklore vivo y a la urgente necesidad de que lo tradicional y lo contemporáneo convivan en armonía, como savia de una misma nación. 

Dedicatoria 

A Mae García Portela, bailarina, coreógrafa y actriz, cuyo cuerpo convierte la memoria popular en danza y la raíz en movimiento. Este ensayo también es un homenaje a quienes, como ella, hacen del folklore y lo contemporáneo una corriente del arte, sembrando futuro desde la tradición.  

La semilla olvidada 

En un país donde las torres de varilla y cristal crecen más rápido que los aguacates, el campo se queda como un murmullo apenas audible. Un eco testarudo que sobrevive en los cuentos de los abuelos en mecedoras, en los pregones madrugadores, en los caminos de tierra donde huele a lluvia recién caída y al paso de los potreros. 

Allí, donde la sombra de una caoba fue iglesia y la enramada aula sin pizarras, late todavía la raíz de lo que somos. 

El campesino dominicano ha sido pilar sin pedestal. A pesar de tantos aportes a las luchas heroicas por nuestra libertad, su figura ha quedado en sombra, sin el reconocimiento merecido, aunque de su machete y sudor brotó también la raíz de la patria. Con polvo en las botas y machete gastado en las manos, sembró arroz en los valles, café en las lomas, yuca en los conucos, caña en los cañaverales. Crió chivos en los cerros, gallinas en los patios y vacas en los potreros. Ha sostenido en silencio la mesa del país, aunque rara vez se le mencione cuando se habla de progreso, cultura o nación. 

Mientras la ciudad corre tras el brillo del asfalto y el espejismo del consumo, el campo guarda otro reloj: el del amanecer al canto del gallo, la oración bajo una caoba, el café colado en greca de aluminio sobre el fogón que reparte humo y pan. Cada surco es poema callado, cada cosecha lección de paciencia, cada mano curtida historia que no cabe en informes de desarrollo. 

Este ensayo es un acto de memoria y justicia. Un llamado a mirar de frente esos rostros quemados por el sol, esas uñas negras de tierra que nos alimentan sin pedir aplausos. Una siembra de futuro para que la dignidad rural no sea estampa folclórica, sino raíz viva de la República.  

La tierra habla sin micrófono 

Allá en la loma, donde el celular apenas tiene señal, aún se curan males con yerbas que no están en Google. Todavía se cuentan historias que no caben en TikTok. Aún se ora y se canta con el café colado, se escucha el gallo mañanero y se aguarda la lluvia esperada. 

El campesino sabe del tiempo por el olor de la tierra. No necesita calendario para sembrar ni reloj para ordeñar. Su cultura no está en vitrinas: está en la voz, en la práctica, en la mirada. Y sin embargo, esa sabiduría no se enseña en aulas, no se invita a congresos, no se escribe en decretos. Como si lo que no entra por un micrófono no mereciera ser escuchado. 

El folklore del campesino no cabe en los libros de texto: vive en la décima improvisada, en los cantos de los convites, en el pri-prí que enciende las fiestas, en la tambora repicada y el güiro sobao. Late en los palos que velan a los muertos y en los refranes que resumen siglos de sabiduría. Está en la junta, en la solidaridad del trabajo compartido, en el pregón de madrugada que anuncia la cosecha, en la promesa a la Virgen de la Altagracia, en el rezador que acompaña al enfermo. Ese folklore no es ornamento: es un tejido de resistencias invisibles que ha dado carácter al país.  

La ciudad que no ve la dignidad 

Desde la capital, el campo parece lejano: paisaje de carretera a Santiago o fondo de foto en Punta Cana con sombrero prestado. Se dictan leyes sin lodo en los zapatos, se hacen planes sin sentir la lluvia de agosto. Y desde oficinas con aire frío se decide la suerte de quienes sudan para que el país coma. 

La mirada urbana ha sido altiva: ha visto al campesino como “el que no llegó”. Como si vivir cerca del monte fuera falla. Pero detrás de cada plato de comida hay sacrificios. Hay una mano invisible que cree, se arriesga y sostiene sueños en siembras y cosechas. 

El campesino, desplazado, camina hacia la ciudad con los brazos vacíos y la dignidad intacta… pero arrinconada.  

Plantaciones de arroz.Foto:Cesar de la Cruz.

El cemento que borra memoria 

Las ciudades crecen como si la tierra fuera infinita. Se levantan torres donde antes había árboles centenarios, testigos de generaciones, se rellenan cañadas con promesas de progreso. El campo, mientras tanto, se vacía. 

Los jóvenes se van, no porque no amen la tierra, sino porque se les enseñó que sembrar no tiene futuro. Y así, la urbanización sin alma copia modelos ajenos, olvida el patio, el fogón, la sombra de la mata. Nos venden plazas con nombres en inglés y luces frías de mall, mientras los pueblos pierden sus casas de madera, sus caminos de tierra, sus fiestas y sus voces. 

Una ciudad sin alma no es desarrollo: es olvido con luces LED.  

Volver la mirada al surco 

No escribo desde un escritorio en la capital. Lo escribo desde el amanecer en Los Palos Altos, un campo de San José de Ocoa donde la neblina llega antes que el sol. Aquí vivo. Aquí siembro palabras como siembro aguacates. 

Aquí aprendí que el campo no es carencia: es estilo de vida, es carácter. Es sabiduría sin micrófono. 

El error ha sido mirar lo folclórico como postal de museo o recuerdo de abuelos. Lo folclórico puede convivir con lo contemporáneo sin perder su raíz: un merengue típico que dialoga con fusiones urbanas, un artesano que vende sus piezas por internet sin dejar de tallar la madera como su padre. Del mismo modo, el campesino que siembra siguiendo los ciclos de la luna, práctica heredada de la sabiduría rural, consulta ahora el clima en su celular antes de decidir la siembra. 

Lo contemporáneo sin folklore es un árbol sin savia; el folklore sin contemporaneidad corre el riesgo de fosilizarse. Lo contemporáneo sin sustento del folklore, en la vida y en el arte, es un edificio sin cimientos: puede brillar en la superficie, pero se derrumba ante el primer viento. Solo en su diálogo se construye un país y un arte que respiren tradición y futuro al mismo tiempo. 

Por eso escribo: porque no quiero que el campo sea solo recuerdo bonito.

Tenemos que volver la mirada al surco 

Propongo archivar la memoria campesina en voces, cantos y videos por regiones; llevar al aula no solo la historia política, sino la del conuco, el arado y la faena; fundar casas de cultura rural donde se respire humo de fogón y se bailen convites; financiar al joven agricultor que quiere quedarse; crear un sistema nacional de artesanos del campo que conserve y reinvente técnicas ancestrales; estimular un arte que cuente al campesino con dignidad y no con lástima. 

Pero no basta con preservar: urge proyectar. Que las artes —la danza, el teatro, la música y las artes visuales— encuentren en el folklore campesino no un vestigio, sino fuente viva de creación. Que un coreógrafo dialogue con los pasos de un baile de palos, que un dramaturgo escriba desde la memoria del fogón, que un pintor rescate en su lienzo la geometría de los surcos y que un músico haga del acordeón, la tambora y el güiro aliados de lo contemporáneo. 

Así, la cultura campesina dejaría de ser reliquia y pasaría a ser semilla: semilla que educa, que alimenta y que inspira al país a reconocerse en lo propio mientras dialoga con lo universal.  

El país que se queda sin tierra en el alma 

Un país sin arraigo en el campo es un país sin voz grave. 

Un país donde el campesino dominicano es reemplazado por el trabajador haitiano es un árbol arrancado de raíz. No es solo pérdida de manos en la tierra: es la desaparición de un sujeto histórico que, con su conuco, su machete y su sabiduría, sostuvo la identidad nacional. Nos puede sobrar cemento, señal o inglés perfecto; pero si falta el surco abierto por el campesino propio, falta el alma. Entonces la patria corre el riesgo de ser apenas un nombre en el mapa: tierra sin raíces, pueblo sin voz, país sin sí mismo. 

No hay torre que alimente, ni plaza que abrigue como la sombra de una mata de plátano. No hay supermercado que reemplace el sabor de lo sembrado con fe. Ni algoritmo que entienda al que sabe leer el cielo. 

Lo repito desde mi propia tierra, desde el amanecer de Los Palos Altos: donde cada mañana es poema escrito con gallos y neblina, donde la tierra huele a promesa, donde el silencio no es vacío: es respeto. 

He visto a un viejo partir el día con su azada, 

a una mujer cargar la cosecha como a su hijo, 

a un niño aprender a sembrar antes de leer. 

He escuchado bendiciones que no están en ningún libro y cuentos que salvan más que cualquier manual. 

La ciudad sube, pero el alma se hunde si olvida de dónde viene. 

Cada árbol talado para levantar una torre, cada conuco perdido para hacer un solar, es un pedazo de patria que muere. 

Por eso este canto no es nostalgia: es siembra. 

Este ensayo no es lamento: es resistencia. 

Esta palabra no es adorno: es machete, semilla y puño lleno de tierra. 

Porque no hay contemporaneidad verdadera sin raíz. 

Y no hay patria viva sin campo digno. 

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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