En la sociedad contemporánea asistimos a la muerte de muchos rituales del pasado. En virtud del vértigo de la comunicación, los ritos cotidianos y tradicionales se han hecho cada vez más obsoletos frente a las modas. No son pocos los rituales que han desaparecido, y que representaban símbolos de la sociedad y del mundo. Y eran importantes porque funcionaban como costumbres para cohesionar la vida social, y como vínculo o hilo con la memoria. Dichas desapariciones llevan consigo un progresivo desgaste de la vida comunitaria y de sus individuos. Buena parte de las formas de cortesía como ceremonias rituales han desaparecido, y acaso han muerto porque no poseen una función material o productiva, sino una función ritual. Algunas se han esfumado porque solo encarnan juegos simbólicos improductivos. El capitalismo es, en gran medida, el asesino de los rituales sociales porque no pertenecen a la “economía del deseo”, en que se fundamentan. De ahí que el capitalismo como sistema económico, político y social se transfigure en enemigo del juego ritual y de las ceremonias culturales improductivas. Se debe a que los rituales no desean nada: no buscan nada, ni tienen ninguna finalidad práctica; y porque los ritos están más ligados al arte que a las ciencias o a la moral del trabajo. El juego es peligroso para el orden capitalista porque rompe las reglas. Es un signo que contamina y transgrede el tiempo real. Al morir los gestos de cortesía y los rituales morales de la sociedad, esta se embrutece: se deshumaniza y banaliza. El culto a la elegancia, al orden, a la belleza, a la higiene, a la pulcritud, al silencio, al buen vestir, a la gracia y al saludo, ha sido desplazado por el desorden, el mal gusto, el cinismo, el ruido, la fealdad, lo cursi, lo kitsch. Es decir, se desprecian y echan por la borda los buenos modales de la cortesía humana, que fueron progresos y signos de civilización. Practicamos, en cambio, la hostilidad, la ironía y la censura hacia la moral social tradicional. “Frente a esta moral amorfa hay que defender una ética de las bellas formas”, afirma Byyng-Chul Han.
Vivimos una crisis de símbolos que, en el pasado, daban unidad a la comunidad: han creado un vacío de significados, que le imprimían sentido al mundo social. Los rituales, en efecto, cumplen una función estabilizadora en la comunidad de individuos. Al repetirse cotidianamente, se transforman en un mantra de lo mismo, que los convierte en una catarsis del trabajo. Las ceremonias rituales representan festividades que hoy día se des-ritualizan por la presión de la modernidad. A menudo, los ritos sagrados se transfiguran en ritos profanos. El reposo era la costumbre ritual del hombre primitivo y antiguo; en cambio, el hombre moderno, asumió el movimiento como forma de sociabilidad, de acción y de participación, a través del trabajo y del juego. Así pues, el reposo es sagrado y el movimiento es profano, desde el punto de vista antropológico. Es decir, el trabajo profana el espacio sagrado. Los rituales del trabajo trascienden el reposo del ocio. El trabajo productivo y útil mata el reposo sagrado, profanando la vida ociosa: individualiza al hombre trabajador, contrario al juego improductivo, que se convierte en fiesta gregaria, en ceremonia ritual. La fiesta representa un eje de mediación entre los hombres y la comunidad. En síntesis, todo ritual es improductivo. Para hacerse sociales y comunitarios, los rituales tienen que ser repetitivos, es decir, circulares, cíclicos e intemporales. O sea, los rituales trascienden el tiempo sagrado. El juego, al ser un ritual, no tiene principio ni fin; el trabajo, sí. La fiesta del reposo se opone a la contemplación del trabajo. Los rituales siempre son narrativos, es decir, representan una narración o relato del discurso antropológico de una comunidad. Las religiones y las mitologías son pues narraciones sagradas: adoptan una dimensión mítica y lúdica en sus ceremonias y “ritos de pasos”. El silencio y el reposo alimentan sus rituales. En cambio, al trabajo lo estimula el movimiento, a saber, la producción en serie.
El mundo capitalista niega al juego y en cambio, se basa en la producción, el trabajo y el consumo: alimentos de la mercancía. El afán de la productividad profana los rituales cotidianos y el tiempo sagrado del reposo improductivo. La sociedad capitalista de producción tiene como filosofía el rendimiento y la utilidad de las cosas y de las mercancías. Así pues, entre el juego y el trabajo se produce una dialéctica de la eficacia y lo útil. La fiesta niega, en efecto, el trabajo. Tanto el trabajo como el juego son formas humanas de vida para combatir y disipar la muerte. “Proscribir la muerte expulsándola de la vida es constitutivo de la producción capitalista”, dice Han. Se vive a un tiempo para el juego y el trabajo. Solo que este se asocia a la niñez y el segundo a la adultez: el primero a la improductividad y el segundo a la productividad. Sin embargo, la vida humana es, a la vez, juego y trabajo. Así pues, el juego está vinculado al origen del arte (homo ludens, según Johan Huizinga) y el trabajo, a la ciencia y a la técnica. No obstante, tanto los trabajadores como los jugadores le imprimen sentido a la vida. Vivir es producir y jugar. Trabajar es también jugar y jugar es la madre de la cultura. Ya lo dijo Huizinga: “El juego es anterior a la cultura”. Y, si lo antecedió, entonces engendró el arte, la ciencia y la tecnología. Vivir es así, por decirlo de algún modo, un juego a muerte contra la inercia: una energía vital, que lucha y combate contra el reposo no de la mente sino del cuerpo. Soñar es jugar; pensar es trabajar y jugar. El sueño, el pensamiento y el trabajo conforman así los agentes o factores humanos que alimentan la vida y la sociedad. Se sueña en duermevela y se piensa despierto. El trabajo le da forma y vitalidad al espíritu innovador. El juego, en cambio, le inyecta aire y sustancia al espíritu creador. Cuerpo y espíritu a un tiempo trabajan y juegan. El juego es libre. No así el trabajo. La libertad, por tanto, es intrínseca y define incluso el juego. Para Marx, la historia misma se inicia con el trabajo como primado de la sociedad. Para Engels, el trabajo contribuyó incluso a la “transformación del mono en hombre”, en su antropología filosófica del “origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. Es decir, que para él, el trabajo dio nacimiento a las tres organizaciones humanas. Pero el hombre es tal, en tanto a que trabaja, no a que juega: el trabajo lo ha hecho un ser social. Solo el hombre sueña. El animal no sueña sino que duerme. Mientras el hombre juega con conciencia, el animal juega instintivamente.
Solo el hombre trabaja pues lo hace con una finalidad productiva. El animal –ni siquiera las aves que hacen nidos y los animales que hacen madrigueras (como las abejas, por ejemplo, que hacen miel, cera y panales) –no trabaja sino que juega porque no sabe trabajar. Pero solo el hombre hace historia –o tiene historia—porque trabaja –además de que juega, racional y lúdicamente–, y, al hacerlo, construye hechos, acontecimientos, cosas y objetos, y de ahí que sea un ser histórico. En cambio, el animal no es un ser histórico porque no fabrica hechos. Si el juego es el padre de la cultura y del arte, no debe confundirse con la pereza, madre del ocio improductivo y de la falta de seriedad. Así pues, el trabajo motoriza la historia y crea el tiempo del hombre. Es decir, el hombre emplea el trabajo para construir la historia y fundar el tiempo como progreso. Por eso no es el jugador el sujeto que transforma la historia sino el trabajador. El trabajo es el principio y el final de la historia. La presión social para producir a través del trabajo nos limita la posibilidad de jugar. Muchos juegos, que eran ritos y ceremonias, han muerto, sepultados por la premura y el vértigo de la modernidad. Los juegos infantiles, que eran parte de la identidad de un pueblo, época o país, se han perdido en el laberinto del tiempo, del olvido y de la utilidad práctica. El lenguaje simbólico del juego se ha convertido en simulacro de lo real. No hacemos un empleo lúdico del lenguaje. Trabajamos sin sentido lúdico: solo lo hacemos con sentido de productividad, eficacia y rentabilidad. La guerra y las competencias deportivas fueron, en sus orígenes, juegos, formas lúdicas de la vida social. Luego, la guerra se convirtió en la forma más seria, pues pone en juego la vida humana, en su meta de conquista de poder y territorio. Así pues, la guerra se volvió destructiva y mortal: engendro de muerte. Si el juego es mentira, el trabajo es la verdad. En el primero moran la fantasía, la ficción, la imaginación y la creación; en el segundo, la realidad real y el mundo social. El paso del juego al trabajo es directamente proporcional al paso del mito a la verdad. El pensar como acción nació del juego del intelecto, pero se alejó hasta convertirse en trabajo intelectual frente al trabajo manual. El juego posee un fin en sí mismo: se vuelve un círculo vicioso, en razón de su repetición lúdica y desinteresada. Para Kant, la música es “un juego de sensaciones”; y de ahí que la evitara porque “no se ocupa del pensamiento” ni se vincula al trabajo intelectual.
En la vida actual, todas las formas de convivencia social, los usos y costumbres, se están extinguiendo. Desde el duelo hasta la seducción sexual, desde las tradiciones hasta las modas, prácticamente todas las ritualidades han experimentado mutaciones reales y giros simbólicos. Los ritos sagrados han sido profanados por el espectáculo de la sociedad, que enmascara sus deseos y sus voluntades. Si no están desapareciendo, al menos están en vía de extinción o, a lo sumo, transformándose. Buscamos con más rapidez y celeridad las satisfacciones de nuestros deseos, en todos los órdenes, pues andamos de prisa. Todo obedece a lo inmediato. Nada se deja a lo mediato o lejano. Todo debe satisfacerse sin mediaciones, sin palabras ni silencios, y sin protocolos rituales. Predomina el reino de la inmediatez: de la urgencia. De ahí que se salten las etapas y todas las formas de reposo, a cambio de la velocidad y vértigo del movimiento. El amor ha sido desplazado por el sexo sin seducción ni persuasión. “Somos una cultura de la eyaculación precoz. Cualquier seducción, cualquier forma de seducción, que es un proceso enormemente ritualizado, se borra cada vez más tras el imperativo sexual naturalizado, tras la realización inmediata e imperativa de un deseo”, dice Jean Baudrillard, en De la seducción. Es decir: el erotismo se tragó al amor; la sexualidad al erotismo y la pornografía a la sexualidad. En la época post-sexual que vivimos –al decir de Han–, la pornografía destruyó la vida sexual. La cultura del exceso representa la negatividad del mundo y el exceso de positividad se ha vuelto una patología: una enfermedad no de la carencia sino del exceso. Al decir de Han: “Lo que la enferma no es la carencia, sino la demasía”.
En la antigüedad, el trabajo tenía menos importancia y trascendencia que en la modernidad. Es con el desarrollo del capitalismo que el trabajo se convierte en motor de avance y transformación de la sociedad. La lógica del capitalismo descansa justamente en el trabajo como productividad, y, por tanto, como dinamo de la historia. En fin, la desaparición de los rituales cotidianos y tradicionales nos llena de nostalgia, y aun de melancolía del pasado: nos sumerge en un limbo del presente.
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