Por Marine Jeannin
Los uniformes, apenas usados, volverán a los armarios. En una entrevista con la prensa regional a finales de agosto, el ministro de Educación Nacional, Édouard Geffray, confirmó el fin de la iniciativa, aunque relativizó su balance: “No es ni un fracaso ni un desperdicio. Pero la experiencia demuestra que, en general, el efecto ha sido bastante débil. En cuanto a los resultados académicos, no se han percibido cambios particularmente claros. En cuanto al ambiente escolar, los efectos han sido bastante desiguales”. Y agregó: “Si no funciona, no vamos a insistir. Pero si algunos quieren continuar con el experimento a nivel local porque les está funcionando, son libres de hacerlo”. A pesar de que la agencia de prensa AFP se comunicó en varias ocasiones con el ministerio para conocer la financiación prevista para 2026-2027, no hubo respuesta.
Una implementación generalizada prevista inicialmente para 2026
En la práctica, las autoridades locales están sacando conclusiones una tras otra. En Metz, las seis escuelas participantes, que representan a 800 alumnos, han puesto fin al programa: la ciudad había anunciado ya en 2024 que seguiría al Estado “mientras este llevaría a cabo” el experimento, pero que su suspensión implicaría de hecho la de la ciudad. En Florange, una consulta realizada el 4 de junio reveló que casi el 90 % de los padres y profesionales de la educación se pronunciaron a favor de la suspensión, a pesar de la voluntad del alcalde (LR, derecha) Rémy Dick de continuar: “No sirve de nada querer un uniforme único si hay que imponerlo”, reconoció finalmente. Tampoco en Niza, Reims ni Châlons-en-Champagne se renovará la iniciativa. La única excepción notable es en Béziers, donde el alcalde ultraderechista Robert Ménard decidió extender el uniforme a todas las escuelas de la ciudad, pero haciéndolo opcional y sin esperar más a recibir financiamiento del Estado.
El proyecto fue una de las medidas emblemáticas del gobierno del entonces primer ministro Gabriel Attal. Desde el inicio del año escolar 2024, alrededor de 100 escuelas y centros educativos voluntarios han puesto a prueba, junto con su autoridad local correspondiente, un uniforme común, cuyo corte y color variaban según cada escuela. Financiado a partes iguales por el Estado (hasta un máximo de 100 euros por alumno) y las autoridades locales, el programa nunca le costó ni un centavo a las familias: en 2024-2025, el Estado destinó 1,6 millones de euros a este fin. Por lo tanto, nunca se ha puesto a prueba la aceptación de los padres en una situación en la que ellos mismos hubieran tenido que pagar el uniforme. Las promesas, por su parte, eran atractivas: cohesión, sentido de pertenencia, lucha contra el acoso y la discriminación, mejora del ambiente escolar y, por extensión, de los resultados. Se preveía una implementación generalizada para 2026, siempre y cuando la prueba piloto fuera concluyente.
Directores de escuela satisfechos, alumnos hostiles
No fue así. La evaluación oficial de la Dirección de la Evaluación, de la Prospectiva y de la Performancia (DEPP), publicada el 12 de mayo de 2026, presenta un balance positivo, aunque limitado: tres de cada cuatro directores de escuela primaria reportan una evolución positiva en el sentido de pertenencia, al igual que 13 de cada 16 directores de escuela de nivel secundario. Sin embargo, los efectos son claramente menos convincentes en cuanto al aprendizaje: solo cinco directores de escuela de 16 perciben una evolución positiva en los logros de los alumnos, y cuatro de 16 en cuanto a su compromiso escolar. La DEPP recopiló 87 cuestionarios de directores de escuela y 16 de directores de instituciones educativas (tasas de participación cercanas al 90% y al 80%): una medida de la percepción de los equipos educativos, no una demostración de un efecto causal del uniforme.
Estos resultados contrastan con la encuesta realizada por los investigadores Julien Garric y Christine Mussard, de la Universidad de Aix-Marsella, en tres escuelas de la academia, publicada en noviembre de 2025 entre aproximadamente 1.200 alumnos y 1.100 padres. Entre los alumnos, el rechazo es masivo: el 70% afirma haber vivido el anuncio como “horrible”, especialmente los de preparatoria y aquellos que más cuestionan la idea de que el uniforme mejore su vida escolar. Para ellos, el uniforme no hace desaparecer las diferencias sociales, que siguen siendo visibles a través de los zapatos, las mochilas o los accesorios. En cuanto al acoso, el escepticismo es aún más marcado entre los estudiantes que se declaran víctimas del mismo. Parte del rechazo se debe al método, según Julien Garric, entrevistado por RFI: los estudiantes ya habían expresado su oposición en una encuesta previa, pero luego nunca se les consultó sobre la decisión de participar en la iniciativa.
Los tres centros estudiados no fueron elegidos por ser representativos, aclara el sociólogo: el experimento se llevó a cabo en “territorios conquistados desde un punto de vista ideológico”, que ya estaban a favor de la medida. Por lo tanto, la encuesta no permite afirmar que todos los alumnos franceses rechacen el uniforme, pero revela una clara brecha entre las expectativas de los adultos y la realidad vivida por los adolescentes. Los padres, por su parte, siguen alineados con los directores: entre el 75 % y el 85 % se muestran a favor, según los centros, sin grandes cambios a lo largo del tiempo. Pero “no se hacen ilusiones de que el uniforme mejore los resultados académicos o combata el acoso”, precisa Julien Garric. “Más bien lo ven como la defensa de una cierta visión de la escuela republicana, de la laicidad y de la autoridad”, agrega.
Por parte de las federaciones de padres, el escepticismo es aún más marcado. “El uniforme escolar no tiene éxito porque no responde a ninguna necesidad concreta”, resumía ya en 2024 Grégoire Ensel, entonces presidente de la FCPE, principal federación de asociaciones de padres de alumnos. En Isère, su homólogo local, Gilles Nogues, denunciaba “efectos positivos exagerados”: las desigualdades entre los alumnos, según él, “se trasladan a otras cosas: el peinado, los accesorios, los zapatos, la mochila…”
Al final, fue el dinero lo que acabó con el proyecto. Ya en 2025-2026, el ministerio tuvo que reasignar fondos no previstos en el presupuesto inicial para mantener la prueba piloto. En Reims, la municipalidad explicó que no podía asumir por sí sola el costo de una implementación generalizada sin el apoyo del Estado. A esto se sumaron dificultades de gestión muy concretas: la elección de la ropa, las entregas y la renovación de las tallas a medida que los niños crecían.
Una historia balbuciente
Contrario a lo que se suele creer, Francia nunca ha tenido una política nacional que impusiera el uniforme a todos sus alumnos. Napoleón impuso uno en 1802, pero solo para los alumnos internos de sus institutos, una costumbre que se extinguió ya en el período de entreguerras. Lo que a menudo se asocia con el “uniforme” de antaño es, en realidad, la bata, una simple protección contra las manchas de tinta, que desapareció en la década de 1960 con la llegada del bolígrafo. Solo algunos centros selectivos mantuvieron un verdadero atuendo idéntico, hasta que el Mayo del 68 los obligó a abandonarlo. Hoy en día sigue siendo obligatorio en casos excepcionales: los institutos de la Defensa, algunos prestigiosos centros privados, las Antillas y la Guayana desde finales de la década de 1980.
A nivel europeo, existe una clara división entre Reino Unido, Chipre y Malta —donde el uniforme sigue siendo la norma sin que jamás haya sido necesario justificarlo— y la mayor parte del continente (Alemania, Bélgica, los países escandinavos), donde ha desaparecido sin generar debate. La literatura internacional tampoco se pronuncia a su favor. Una síntesis de más de 800 metaanálisis realizada por John Hattie (2008) concluye que existe una relación “insignificante, o incluso inexistente” con los resultados académicos, mientras que los datos estadounidenses de Ryan Yeung (2009) no muestran ningún efecto, ni en la primaria ni en la secundaria. Un estudio más detallado (Gentile e Imberman, 2012) documenta un ligero aumento en la asistencia de las niñas en la secundaria, sin que ello afecte los resultados. En Estados Unidos, solo el 16 % de las escuelas públicas exige hoy en día el uso de uniforme.
Queda una objeción de fondo, resumida por Julien Garric: la idea de que el uniforme borraría las diferencias sociales se basa en un malentendido. “El principal problema de la mezcla social en las escuelas es que no existe”, observa el sociólogo. Los alumnos pobres y ricos ya no asisten a las mismas escuelas. Eliminar la diferencia en la vestimenta entre niños que nunca se cruzan no será suficiente para acabar con la segregación del sistema educativo francés.
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