Todo había comenzado horas antes, con una facción de las Fuerzas Armadas secuestrando al jefe del Estado Mayor e intentando tomar el control de las principales instituciones del Estado.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, que se encontraba de vacaciones y no fue avisado hasta ya iniciada la asonada, llamó a la población a salir a las calles, a presentar batalla a los tanques y soldados: "Llamo a la nación a las plazas, la invito a los aeropuertos, y que esa facción minoritaria venga con sus tanques, con su artillería, y veremos qué se atreven a hacer delante del pueblo", afirmó Erdogan.
Finalmente, tras una noche de combates entre fuerzas de seguridad leales y golpistas, con los propios seguidores de Erdogan enfrentándose a los soldados y tras en torno a 300 muertos, el Gobierno recuperó el control.
Una oportunidad de reforzar su poder
Erdogan vio este intento como una oportunidad de reforzar su poder: "Ahora mismo, este movimiento, este alzamiento, es un gran regalo de Dios, porque nos da la oportunidad de limpiar unas Fuerzas Armadas que deberían ser totalmente inmaculadas", aseguró el presidente turco.
Y efectivamente fue un regalo, porque el trauma del golpe fallido y su victoria sobre este le permitió imponer el estado de excepción, iniciar unas profundas purgas de la administración y las fuerzas de seguridad y cambiar la arquitectura institucional del país hacia un sistema hiperpresidencialista en el que él controla todos los resortes.
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