Nadie sabe qué va a pasar este martes 30 de junio en las calles de Sudáfrica, pero desde hace varios días, todo el mundo solo habla de eso. "No voy a trabajar por la mañana, voy a esperar a ver cómo se desarrollan las cosas", comenta, por ejemplo, este conductor de un coche de alquiler. Mientras algunos piensan que el país va a estallar, otros consideran que el dispositivo policial de gran envergadura previsto para la ocasión evitará la violencia.

Sin embargo, cabe señalar que, en las últimas semanas, esta nueva ola de xenofobia que azota al país ya ha dejado cuatro víctimas. Y que en los carteles de March and March, una de las organizaciones a la vanguardia de la movilización de este martes, si bien se lee "armas prohibidas", pero reza "hasta la victoria".

Evitar el caos

En cualquier caso, el gobierno quiere evitar a toda costa que lo tomen por sorpresa, como ocurrió en 2021, cuando las manifestaciones contra el encarcelamiento del presidente Jacob Zuma se convirtieron en disturbios y dejaron más de 350 muertos.

Por lo tanto, se desplegarán miles de policías por todo el país, principalmente en zonas conflictivas como Durban y Johannesburgo. En cuanto al ejército, también está listo para intervenir, en caso de que las fuerzas de seguridad se vean desbordadas.

El gobierno también se ha asociado con numerosas empresas de seguridad privada que participarán en las medidas de seguridad, con una amplia red de cámaras de vigilancia y helicópteros que patrullarán los cielos durante todo el día.

Veinticinco mil desplazados

Ante este nuevo brote de violencia xenófoba, 25.000 personas ya han huido de Sudáfrica en las últimas semanas, según las autoridades. Se trata principalmente de ciudadanos de Malaui. Desde entonces, el Ministerio del Interior ha cerrado el centro de repatriación voluntaria de Durban, a un paso del mar, que se había instalado en un estacionamiento en desuso, y lo ha trasladado a unos 1.000 kilómetros de distancia, al norte del país. De esta manera, los malauíes que aún esperan su repatriación no se encontrarán en el centro de la ciudad, lugar donde se realizan las manifestaciones.

Para los migrantes indocumentados que se han quedado en el lugar, la angustia es tal que algunos ya ni siquiera tienen miedo. Tal es, por ejemplo, el caso del pastor Raphael Bahebwa, quien lleva más de un mes supervisando un campamento de refugiados frente al edificio del Ministerio del Interior de Sudáfrica: "Estamos a la espera de ver qué va a pasar. Ellos [las autoridades] dijeron que desplegarían un importante dispositivo policial para garantizar nuestra seguridad. Pero ya no tenemos miedo a la muerte. Si morimos, al menos el mundo sabrá lo que está pasando, que estábamos aquí legalmente pero que nos mataron. No tenemos miedo de eso", afirma.

Tiendas cerradas

En el centro de Durban, donde algunas calles albergan numerosos comercios de extranjeros, el ambiente es tenso. Y la consigna es muy clara: todos deben cerrar sus tiendas para evitar ataques, ya que los manifestantes son conocidos por realizar controles de identidad violentos, al margen de cualquier marco legal, así como por saqueos y altercados verbales o físicos.

Aunque sus documentos estén en regla, estos comerciantes no quieren correr ningún riesgo ante una situación muy incierta cuyo desenlace nadie conoce.

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