A tan solo dos meses y medio de las elecciones generales y cuando los estudios de opinión le son desfavorables, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, enfrenta un delicado malabarismo político.
Abriendo la reunión semanal del gabinete, Netanyahu rechazó la hoja de ruta de 15 puntos para la Franja de Gaza propuesta por el Consejo de Paz y avalada por el Presidente Donald Trump.
El primer ministro declaró que el ejército israelí no se retirará de la zona sin un desarme real de Hamás, reafirmando además su negativa tajante a la creación de un Estado palestino.
Las fuerzas israelíes "no llevarán a cabo ninguna retirada hasta que Hamás esté realmente desarmado y continuarán neutralizando las amenazas contra nuestras fuerzas y nuestros ciudadanos", declaró.
Sin embargo, tras esta firme retórica se esconde una intensa encrucijada política. Por un lado, la Casa Blanca y el presidente Donald Trump presionan para avanzar en la reconstrucción de Gaza y acelerar la estabilización de la región. Por el otro, sus socios de coalición de extrema derecha amenazan con retirar su apoyo si concede el más mínimo terreno.
Aunque el estamento de seguridad prepara retiradas parciales en zonas como Rafah, para permitir la entrada de fuerzas internacionales, Netanyahu intenta frenar los costes políticos de cara a unos comicios, donde la derecha le exige máxima firmeza.
Mientras tanto, la evidente frialdad de Washington complica aún más su campaña electoral, dejándolo acorralado entre las exigencias diplomáticas de su principal aliado y su supervivencia en el poder.
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