Su peluca roja y obras vibrantes nunca pasaron desapercibidos. La japonesa Yayoi Kasuma era sencillamente una de las creadoras más prolíficas y cotizadas del mundo. En los años 60 y 70 se impuso en el mercado del arte cuando pocos apostaban por las artistas mujeres y asiáticas.
Ella, Yayoi Kasuma sedujo con un patrón reconocible que comenzó a explorar cuando tenía apenas 10 años: la repetición obsesiva de motivos como flores, formas fálicas, lunares y redes. Su arte era en realidad la expresión de su lucha contra la enfermedad mental. De hecho, fueron las visiones y alucinaciones de su infancia las que definieron el estilo repetitivo y obsesivo que desarrolló durante su vida.
Kasuma nació en 1929, en Matsumo, una ciudad montañosa. Era hija de un acomodado matrimonio de comerciantes de granos. Desde pequeña sufría de alucinaciones, decía que las plantas de hablaban y desarrolló un interés especial por las flores.
Estudió Bellas artes en Japón, y a finales de los 50 se instaló en Estados Unidos. Allí se dio a conocer por sus “love happenings” orgiásticos contra la guerra de Vietnam, por sus experimentaciones con la pintura corporal y sus características obras forrados de lunares. Sus esculturas de calabazas fueron otra faceta de su trabajo.
En los 70, exhausta y deprimida, regresó a Tokio y decidió ingresar de forma voluntaria en un centro psiquiátrico, donde vivió y trabajó hasta el final de su larga vida. En la capital japonesa se erige un Museo Yayoi Kusama fundado por la artista, en donde se despliegan cientos de obras e instalaciones psicodélicas.
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