Por Anissa El Jabri, corresponsal de RFI en Moscú
Cuando habla, baja la voz y elige con cuidado cada una de sus palabras. Visiblemente tenso por el riesgo que corre, quizá también por la emoción, pero tratando de controlar cada una de sus palabras, Ilya (su nombre ha sido cambiado a petición suya por evidentes razones de seguridad) está, a pesar de todo, decidido a hablar. De unos veinte años, nació en el oeste de Ucrania. Fue su madre, tras divorciarse y volver a casarse, quien se lo llevó a vivir con ella a Rusia hace unos quince años. Ilya nunca perdió el contacto con los suyos que se quedaron en Ucrania. “Nunca dejé de comunicarme con ellos”, afirma. Pero cuando estalló el conflicto, “tuve que reducir al mínimo el contacto con mi padre en algunos momentos”, explica. “Al principio de la guerra, sin embargo, hablábamos mucho. Pero desde el otro lado (de Ucrania), se pidió que limitáramos las comunicaciones porque yo estoy en Rusia. Después de eso, interrumpimos nuestras conversaciones. Él no puede hablar conmigo, es militar”. Su padre fue reclutado en 2022.
Conversaciones por teléfono con su familia, que se ha quedado en Ucrania
Las conversaciones entre ciudadanos de dos países envueltos en el conflicto más violento y devastador del continente europeo desde 1945 son, evidentemente, a veces un auténtico malabarismo técnico y, a menudo, un delicado equilibrio por motivos de seguridad. También se han dado casos de rupturas familiares, ya que algunos ucranianos residentes en Rusia han abrazado la causa del Kremlin. Otros evitan abordar estos temas y se centran en las noticias de la vida cotidiana, una mudanza, el tiempo… “No tengo ningún problema con la familia de mi madre”, afirma, por el contrario, Ilya. “Siempre se han comunicado con calma. Por parte de mi padre, es más o menos lo mismo, aunque siempre han estado un poco preocupados. No es hostilidad, sino que realmente temen por mi seguridad. Hay cierta paranoia, quizá justificada, de que pueda meterme en problemas por haberme comunicado con ellos. No es una familia ucraniana cualquiera, sino la familia de un militar ucraniano. En cualquier caso, hasta ahora no he tenido ningún problema”.
Sin embargo, en una frase de pasada, Ilia comenta con discreción que su padre dejó de enviar breves noticias hace poco más de un año. Por entonces se encontraba en la región de Donetsk, una de las zonas del frente donde se libran los combates más encarnizados.
En territorio ruso, Ilya tiene su trabajo y sus amigos, pero su situación de residencia es precaria. “Podría solicitar la nacionalidad rusa, pero no lo he hecho porque no quiero”, confiesa. “No bajo este régimen. Y tampoco quiero tener que alistarme en el ejército”.
Una vida suspendida entre dos fuegos
Sobre el papel, Ilya también está sujeto hoy a la conscripción en Ucrania, pero no vive allí y, por lo tanto, no pueden enviarlo a combatir. Y dice que no lo desea. Su situación la resume hoy así: “Creo que desde el primer día comprendí que las cosas iban a ser así. Que acabaría siendo un extranjero en un país extranjero, y también un extranjero entre los míos. Me he resignado a ello”.
Según las cifras oficiales rusas, que no se han actualizado desde entonces, había cerca de 900.000 ucranianos en Rusia antes de 2022. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), desde entonces, al menos 1,2 millones de personas han abandonado Ucrania, principalmente la zona oriental rusófona, epicentro de los combates, para dirigirse a Rusia. La agencia no especifica cuántos de ellos se han establecido definitivamente.
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