Camilo Castro es francés, de origen chileno. Su padre se instaló en Francia huyendo de la dictadura de Augusto Pinochet. Creció en Toulouse, en el sur de Francia, pero su atracción por América Latina lo llevó a vivir en México del 2010 al 2016 y luego a asentarse en Colombia, donde decidió instalar su proyecto de vida como profesor de yoga y con la construcción de una casa. Todo eso se vino abajo ese 26 de junio de 2025; lo que parecía una gestión administrativa simple para renovar el visado se conviertió en el inicio de un calvario que duraría cinco meses, encerrado en la prisión El Rodeo 1, en Venezuela, país en el que nunca había puesto un pie.
RFI: ¿Cómo se encuentra emocional y físicamente?
Camilo Castro: Físicamente, dejé de luchar y de sobrevivir como lo hacía en la cárcel. Entonces, la verdad, no me estoy cuidando mucho, pero necesito este tiempo de break y de cambio. Tengo que reapropiarme de la práctica de yoga y meditativa y, mentalmente, psicológicamente, me siento muy fuerte y, a la vez, extremadamente sensible todavía.
RFI: Fue a la frontera con Venezuela para renovar el visado y lo detuvieron. ¿Cómo fueron esas primeras horas?
Camilo Castro: Yo llego a la frontera del lado venezolano. Antes no tenía por qué ir del lado venezolano, pero ese año las autoridades me obligaron a hacerlo. Las autoridades colombianas antes me protegían y me decían que no fuera del lado venezolano para mi propia protección. Este año no, y al minuto que llego del lado venezolano, me agarran mi pasaporte y todas mis pertenencias, luego me las regresan ya sin mi plata, sin las llaves de mi moto.
RFI: ¿Le roban?
Camilo Castro: Me roban y ahí empieza el secuestro. Me dejan ahí todo el día y luego paso mi primera noche en otro lugar, en Maracaibo, en un sótano, en un lugar terrible, donde habían torturado a mucha gente, y empieza un interrogatorio con un agente de la DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar) que, de una, me avisa que me voy a quedar muchos años aquí en Venezuela, que soy un espía, un terrorista, y empieza el maltrato. Pasé cinco días encerrado en un sótano, esposado, encapuchado, donde tengo interrogatorios, donde a cada momento, cuando pregunto la hora, me dicen que son 21:00 y, después de cinco días de maltrato durmiendo en el piso, como le acabo de decir, encapuchado, sin poder bañarme, sin poder ir al baño cuando lo necesitaba, me llevan a mirar el sol un minuto. Fue uno de los momentos más increíbles de mi vida y de ahí me llevan supuestamente al aeropuerto para que regrese a mi casa y, en el momento que me sacan la capucha, estoy frente a una cárcel.
RFI: Era la cárcel Rodeo 1, donde estuvo encerrado casi cinco meses. Ha denunciado que sufrió torturas psicológicas y también físicas en el Rodeo. ¿Nos puede explicar de qué manera le torturaban y también qué torturas físicas pudo ver en sus compañeros de celda?
Camilo Castro: Para mí una de las cosas más difíciles fue la primera semana porque estaba totalmente aislado, encapuchado, esposado en el piso y en condiciones muy difíciles. Después, en el Rodeo 1, al principio, cuando yo llego, las primeras horas, para mí es una liberación, porque veo luz, porque veo rostros, veo sonrisas y me explican los compañeros que ya están ahí desde hace meses lo que les tardó a ellos entender. Es decir, no te preocupes, estás secuestrado, es un tema político, eso no tiene nada que ver contigo, es un teatro y me explican todo por lo que yo iba a pasar también. Es decir, los falsos procesos judiciales, las humillaciones, el polígrafo, las diferentes torturas… Y entonces llego de alguna forma en un contexto donde me preparan a lo que voy a vivir.
RFI: ¿Y qué vivió?
Camilo Castro: Todos los movimientos ahí se hacían de noche, tanto los falsos procesos judiciales. Nos llevaban a todos encapuchados, esposados, teníamos que estar en el piso, nos gritaban, nos insultaban, nos amenazaban de tortura, de muerte. Fuimos torturados también afuera en el patio, durante varias horas bajo el sol. La gente se desmayaba. Yo siempre escapé a las más grandes torturas físicas. Obviamente, tuve maltrato físico, pero, comparado con otros, fui, entre comillas, privilegiado. Y también porque, después de una visita consular, después de casi tres meses, yo denuncié muchísimas cosas y eso generó una gran tensión en la cárcel y de ahí nos comunicaron directamente los custodios. Después de esa visita consular, tenemos ahora que tratarles a ustedes, los extranjeros, mejor porque si regresan las embajadas y que ustedes se quejan otra vez, eso no nos conviene a nosotros.
RFI: Hay un caso que le impactó especialmente, que fue el de un compañero de celda llamado Juan Farias. ¿Es duro?
Camilo Castro: Sí, es muy duro. Hay momentos que no, pero hay veces que sí. Juan Farias fue mi bienvenida al Rodeo 1. Ya me hablaban de él antes de conocerlo. A ciertos compañeros los obligaron a mirar cómo Juan Farias era entubado, es decir, la tortura que él vivió [NDLR: Introducción de tubos por nariz, boca o recto para forzar alimentación o castigar, causando vómitos, hemorragias y trauma psicológico]. Me hablan de Juan también como de una persona muy inteligente, muy sabia, llena de espiritualidad, de una gran cordura. Este sistema lo destruyó. Luego tenían miedo de él y lo llamaban Juan Loco. Pasó de ser una persona increíble a una persona destruida. Y así es como lo recibo. Después de sus tres días de tortura de intubación.
RFI: Usted ha denunciado también que sufrió agresiones sexuales por parte de agentes de la Dirección General de Contrainteligencia Militar.
Camilo Castro: Durante el traslado de Maracaibo al sótano de la DGCIM, estoy encapuchado y esposado. Fueron varias intimidaciones y me drogaron antes de entrar en ese coche, imagino que con escopolamina. Y el agente militarizado que estaba a mi izquierda era una mujer. Pasó un par de horas tocándome, tocando mi cuerpo, empujando y apoyándose sobre mis genitales, diciéndome cosas obscenas en la oreja, jugando con mis labios y al mismo tiempo manipulándome con mucha violencia.
RFI: ¿Cuál fue el momento más difícil de esos casi cinco meses?
Camilo Castro: Uno de los momentos más difíciles fue la supuesta llamada con mi familia, que se hizo muy tarde en Venezuela, es decir, en Francia. Eran las tres o cuatro de la madrugada. Insistí en no hacer esa llamada en ese momento y se burlaron de mí y de mi familia. Y efectivamente, ese día es el único día que mi familia había apagado su teléfono para descansar. Fue una bendición, en el sentido de que pude mandar un mensaje y que tuve la suerte de que les dio las ganas de mandarlo. De eso me enteré mucho después de mi liberación. Pero cuando salgo de ese intento de llamada, que fue para mí la única oportunidad de comunicar con el mundo exterior y de decir que estoy vivo, no lo puedo hacer directamente y regreso totalmente destruido a mi celda, llorando y pidiendo a Dios que ayude a América Latina. ¿Por qué tanto sufrimiento?
RFI: ¿Qué sabe de su liberación? ¿Qué transacciones se hicieron?
Camilo Castro: El mismo director de la cárcel, que también torturaba y que le daba gusto hacerlo, nos avisó y nos dijo: ‘Ustedes no se preocupen. Ustedes van a salir de aquí. Son nada más que monedas de cambio. Alguien que estuvo trabajando sobre mi caso me confesó que, efectivamente, Venezuela, su gobierno, esa dictadura, seguía con esa política de los rehenes porque le sacaban un provecho. Es decir, estamos ante unos criminales que sacan un provecho, ya sea político, económico u otro, con los rehenes extranjeros.
RFI: El 3 de enero Estados Unidos capturó a Nicolás Maduro. Desde entonces, la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, está anunciando muchas medidas, presionada por Washington, que tutela en realidad el país. Entre estas medidas está la liberación de decenas de presos políticos y también la amnistía. ¿Qué opinión le merecen estas medidas?
Camilo Castro: Bueno, estamos frente a gente que desde decenas de años trata de salvarse y de pintar una imagen de ellos como bonita y cool. Pero sabemos que son gente cuya base de su discurso es la mentira y la manipulación. Hoy en día intentan salvarse. Vendieron a su amigo a Maduro, ahora intentan salvarse y sabemos que esa amnistía puede ser muy peligrosa en el sentido de que, si no hay una liberación de todos los presos políticos y de toda la gente que fue perseguida políticamente o víctima de detención arbitraria, no es una verdadera amnistía. El temor es que intenten salvarse y que usen eso como pretexto para una amnesia de crímenes de lesa humanidad y violación de derechos humanos. Para que haya un proceso de reconciliación y de paz en Venezuela, es importante que se reconozca a las víctimas y que haya reparación. Que se reconozcan los crímenes y que se confronte a los responsables.
RFI: Está trabajando con otros exprisioneros y la ONU para documentar esos crímenes. ¿Qué están haciendo exactamente?
Camilo Castro: No es un trabajo fácil porque pasar tres, cinco o siete horas explicando con detalles las diferentes torturas y todo el proceso de injusticia, los falsos procesos judiciales, el teatro de esos procesos judiciales no es fácil en sí. Para muchos es muy difícil psicológicamente y es un trabajo largo. La dificultad es el reconocimiento para nosotros como víctimas de todas estas instituciones. Hasta el día de hoy no nos firman y no nos dan certificados que confirmen que fuimos víctimas de detención arbitraria y no solo de detención.
RFI: ¿Es el caso del Estado francés? ¿Considera que no recibe el apoyo necesario? ¿No le reconocen el estatuto de víctima?
Camilo Castro: Hasta el día de hoy no tengo respuesta. De forma oficiosa, me dicen que recibieron los correos. Hemos escrito una carta directamente al presidente, Emmanuel Macron, firmada por decenas de exprisioneros y familiares, entre las que está Ingrid Betancourt |NDLR: Secuestrada por las FARC entre 2002 y 2008]. Pero hasta ahora no hemos recibido respuesta.
RFI: Usted había hecho su vida en Colombia. ¿Planea volver? ¿Puede volver?
Camilo Castro: Ahora no puedo volver. Estoy en peligro. En la zona donde vivo, a mis amigos les sacaron plata. Mucha plata. Estoy a dos horas de la frontera y sabemos que hay una comunicación y una colaboración entre las autoridades colombianas y venezolanas corruptas con los grupos paramilitares que hay en Colombia. Sería muy peligroso para mí regresar hoy en día a Colombia, pero obviamente estoy lleno de esperanza. Nosotros, como latinoamericanos, tenemos que tener esperanza. Es nuestra gran fe: que haya un cambio en todos los países latinoamericanos. Espero poder regresar a Colombia y, obviamente, espero conocer Venezuela.
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