Aquí, en el centro de convenciones Bharat Mandapam, Nueva Delhi, donde mañana se abre la cumbre, lo que más se ha repetido hoy en el foro empresarial no es la guerra ni los aranceles: es cómo pagar.
India llega con una propuesta concreta de su banco central: conectar entre sí las monedas digitales del bloque, para que las empresas se paguen en rupias, yuanes o rublos sin pasar por el dólar. No es una moneda común, esa idea está aparcada. Es una tubería.
La urgencia no es teórica. Con el estrecho de Ormuz cerrado desde febrero y el crudo otra vez por encima de los 100 dólares, varios miembros de este grupo necesitan cobrar y pagar por canales que sobrevivan a las sanciones.
La otra pata es el banco del bloque, presidido por la brasileña Dilma Rousseff, con quien Putin se ha reunido hoy. Quiere prestar un tercio en monedas de sus miembros y prepara una emisión de bonos en rupias.
Rusia afirma que ya liquida cerca del noventa por ciento de su comercio con el grupo en monedas nacionales. El Kremlin lo presenta como flexibilidad, no como una campaña contra el dólar.
Nueva Delhi repite esa distinción casi palabra por palabra. No es casualidad: India acaba de negociar con Washington una rebaja de aranceles del cincuenta al dieciocho por ciento, y no va a arriesgarla por un titular sobre el fin del dólar.
Los obstáculos, además, son técnicos y políticos. Ningún miembro tiene aún su moneda digital en circulación plena. Emiratos cortó sus lazos financieros con Irán por la guerra. Por su parte, India frenó la conexión de un sistema de pagos chino alegando seguridad nacional.
Once países que suman el cuarenta por ciento del PIB mundial llevan años anunciando esta arquitectura. De momento avanza más rápido en los discursos que en las transferencias.
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